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Juan de Dios Ramírez Heredia
Juan de Dios Ramírez Heredia
Baxtaló to dives, thaj śel berśa te dyives, Thagarní

Si alguien me pidiera una fotografía instantánea de Doña Sofía, la Reina emérita de España, sería la que ella misma le ofreció a Pilar Urbano y que aparece recogida en su libro sobre la Reina. “¡Me encanta el sol! Soy mujer de verano: de mayo a octubre, revivo”. Y añadió que lo que le gustaría sería “llevar el pelo bien estirado y un moño aquí atrás… Sí, ¡un buen moño de gitana!”.


Hoy la Reina emérita de España cumple 80 años y quiero aprovechar la oportunidad para manifestarle nuestro respeto y, por qué no decirlo, nuestro cariño también. Cumplir 80 años es haber alcanzado la plenitud de toda una vida. Y lo hace pudiendo reconocer que ha cumplido con la misión suprema de haber sido una buena madre, una esposa fiel y sacrificada y una abuela que mira a sus nietos con la ternura de ver en ellos la prolongación de su propia vida. 


 A mi juicio doña Sofia ha cumplido fielmente las obligaciones que nosotros, los gitanos, entendemos que son inherentes al papel que le corresponde jugar a la madre en el seno de la familia. Y no solo eso, yo me atrevería a decir que la inmensa mayoría de los españoles, al margen de si son monárquicos o republicanos, le profesamos a esta extraordinaria mujer un gran respeto y una sincera gratitud por haber cumplido fielmente las obligaciones que nuestra Constitución asigna a la institución que representa.


Nuestra felicitación gitana

He querido formular nuestra felicitación también en rromanò, que es el idioma propio de los 14 millones de gitanos y gitanas que vivimos en el planeta. Y seguidamente les diré por qué.


“Baxtaló to divés” quiere decir literalmente “Que tengas un día feliz”. Y a continuación se suele añadir: “thaj śel berśa te dyives, y que 100 años vivas”. “Thagarní, Majestad.”


La Reina doña Sofía ha tenido siempre una especial preocupación por nuestras condiciones de vida. Algún día referiré con detalle algunos pasajes de mi actividad política o parlamentaria que me han permitido tener con ella una relación personal muy intensa. Su interés por nuestra comunidad y la preocupación con que seguía los ataques racistas que a veces se producen contra nosotros, me demostraban que no era una “pose” de buenismo sino una verdadera inquietud porque lográsemos superar las barreras que todavía hoy nos impiden alcanzar una igualdad plena con el resto de los españoles.


Recuerdo con ternura la siguiente escena. Un día estábamos en el palacio de la Zarzuela en un acto oficial al que siguió un rato de conversación distendida entre los asistentes. La Reina se ocupó en cuanto pudo de decirle al militar que la asistía que me dijera que Su Majestad quería hablar conmigo. Me acerqué a ella e inmediatamente empezó a preguntarme por nuestras condiciones de vida, especialmente en el ámbito de la vivienda y la educación de nuestros niños. Le respondí dándole algunos datos hasta que me interrumpió con el gesto ilusionado de quien ha descubierto algo importante y me dijo:

―Oiga, Juan de Dios. Se me ocurre que estando aquí el Ministro de Trabajo y Servicios Sociales, podríamos llamarlo y pedirle algo. ¿Qué le parece?

―Majestad ―le dije sorprendido― creo que no es necesario. El Ministro es muy amigo mío y estamos trabajando en el diseño de algunos programas muy interesantes.

―Bueno, de todas formas, yo quiero apoyar sus peticiones. Así que le vamos a decir que se acerque a hablar con nosotros.

Y así lo hizo. El Ministro que a la sazón era Jesús Caldera, no pudo evitar decirme luego que le había sorprendido el interés y el conocimiento que tenía la Reina de nuestra situación.


Mi personal homenaje a doña Sofía

Todos sabemos que la Reina es griega y que los gitanos, cuando llegamos a Europa procedentes de la India, nos asentamos durante mucho tiempo en Grecia. Tanto que el documento más antiguo demostrativo de nuestra presencia europea está en la isla de Corfú fechado en el año 1302.


Pues bien, lo que tal vez la Reina ignore es que de nuestra estancia en territorio heleno incorporamos a nuestra lengua la forma de contar de los griegos del lugar. Así todos los gitanos del mundo, cuando decimos uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, lo expresamos en griego antiguo, es decir: Jekh, duj, trin, shtar, pandy, shov, efta, oxto, eniá, desh.


Pues, Majestad, con la cifra inmensa que todos esos números expresarían, le deseamos que disfrute siempre de los bienes que los gitanos más valoramos: Sastipen thaj Mestipen, Salud y libertad.

Artículos del autor

​Esta mañana, mientras desayunaba, oía la radio, cosa que hago desde hace tantos años. Bueno, en realidad oigo la radio a casi todas las horas del día. Y como es fácilmente deducible, los programas que más interés me suscitan son las tertulias políticas. Y las oigo casi todas gracias a ese invento genial que es el podcast.
​Sin gitanos y sin gitanas. Esa es la verdad. Ese es el gran agravio que se nos infringe a los más de 350.000 ciudadanos que somos andaluces de pleno derecho.
​Dicen que Dios tras la creación del mundo contemplaba un día su maravillosa obra mientras detenía su poderosa mirada en lo que Él consideraba el sumun de la perfección: el género humano.
Pusimos nuestra esperanza en que el poder independiente que supone en un Estado de Derecho el Poder Judicial, sentenciara quién llevaba razón.

Los conflictos latentes en su tierra y los que han sembrado de dolor a millones de africanos inmensos en guerras civiles, muchas de ellas tribales y racistas, le dieron al líder negro, que estudió economía en los Estados Unidos, el carisma de ser un hombre providencial.

​Fui uno más de los casi cuatro millones de españoles que en algún momento sintonizamos la 1 de TVE para ver el programa estrella de la noche: “Lazos de Sangre” que en su segunda emisión estuvo dedicada a la familia Flores.
¡Que diferencia, Señor, con el comportamiento racista de otro alcalde, de un importante pueblo de una de las ocho provincias andaluzas, que arengó a sus conciudadanos desde el balcón de su ayuntamiento.
Nos vamos a manifestar allí para recordar los 2.897 mujeres, hombres y niños gitanos muertos todos ellos en la noche del 2 de agosto de 1944 en el Zigeunerlager de Auschwitz-Birkenau.
 
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