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Javier Arrieta Ferraz
Javier Arrieta Ferraz nacido en Bilbao en 1985, estudió Derecho Económico en la Universidad de Deusto, cursando un año en la Universidad de Aberdeen (Escocia) y otro en ICADE. Continuó sus estudios en este último centro realizando un posgrado en International Affairs y a día de hoy amplía su formación hacia el comercio exterior y el marketing, compaginándolo con su trabajo para una importante multinacional.

Su dedicación y contribución a este periódico viene dada por su interés en la reflexión y el análisis, en especial sobre los países de Oriente Medio y el mundo árabe, pero antes que todo por su incansable ánimo de informarse y poder informar.
Javier Arrieta Ferraz
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La trascendental cuestión de los Balcanes
Entre 1991 y 1999 cientos de miles de personas bosnias, croatas, serbias y albanesas fueron asesinadas, violadas o torturadas por sus conciudadanos
La catástrofe que supuso la desintegración de Yugoslavia supuso la vuelta a Europa de unas masacres y de un conflicto de magnitud olvidada desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Yugoslavia estaba compuesta por seis repúblicas, cinco naciones, cuatro lenguas, tres religiones y dos alfabetos; y su historia estaba marcada por numerosos conflictos y un territorio ocupado, dividido y explotado en beneficio de países como Turquía, Reino Unido, Francia, Rusia, Austria, Italia o Alemania. Cuando en 1980 murió Josip Broz Tito, Yugoslavia era la que él había creado en 1945, un Estado Federal compuesto por seis repúblicas y dos regiones serbias autónomas (Voivodina y Kosovo) pero con una historia bien distinta. Mientras que el norte esloveno y croata católico perteneció al Imperio Austrohúngaro; Serbia, Montenegro, Macedonia y Bosnia estuvieron siglos bajo el dominio otomano, por lo que además de los serbios ortodoxos había multitud de musulmanes. Los albaneses eran el grupo que más rápido crecía, con una tasa de natalidad once veces superior a la de croatas o serbios, sirva de ejemplo que en 1931 constituían el 3,6% de la población de Yugoslavia y en 1991 constituían el 82% de la población de Kosovo, una región de gran importancia para los nacionalistas serbios por haber sido el último bastión de resistencia frente a los otomanos en el siglo XIV. Este auge musulmán, unido a las minorías instaladas en Bosnia, se veía como una amenaza por parte de la comunidad serbia.

Por otro lado, desde el norte próspero aumentaba una cierta aversión hacia el sur más pobre. Eslovenia y Croacia estaban al nivel de algunos Estados de la Comunidad Europea mientras que Kosovo, Macedonia y grandes partes de Serbia parecían una prolongación del continente africano. Las cifras de exportaciones, el PIB (el esloveno multiplicaba por dos el serbio, por tres al bosnio y por once al kosovar), o las tasas de analfabetismo o mortalidad infantil no daban ni mucho menos la idea de un Estado compacto. Desde finales de los años 70, el país entró en una dinámica de hiperinflación (mayor al 1000% anual) debido a su política monetaria expansiva, que se decidía en Belgrado pero afectaba por igual a Zagreb o Liubliana.

En medio del vacío de poder político posterior a la muerte de Tito, las exaltaciones nacionalistas fueron el arma que muchos líderes utilizaron para ganarse al pueblo. Es el caso de Slobodan Milošević, presidente de la Liga de los Comunistas de Serbia, que gracias al patriotismo se convirtió en presidente de Serbia en mayo de 1989 y que, con el objetivo de fortalecer la influencia serbia en el conjunto de Yugoslavia, comenzó por privar de su autonomía a Kosovo y Voivodina para construir un Estado más unitario. La salida del comunismo no se produjo por tanto como en la mayoría de los Estados a través de la democracia, sino que la gran diversidad étnica mezclada y las numerosas minorías establecidas en un país ajeno desembocó en una transición marcada por la exacerbación de las identidades nacionales.

El detonante fue Kosovo, donde la etnia albanesa venía sufriendo la clausura de sus instituciones, la represión policial, la privación de toda representación política y el toque de queda. A finales de 1989, Belgrado clausuró la Asamblea regional y pasó a gobernar directamente Kosovo. Esto, unido a la absorción de poder económico por parte de los líderes serbios propició que en enero de 1991 el Parlamento esloveno proclamara la independencia de la República, y en febrero lo hiciera Croacia, seguida de Macedonia. En junio, Eslovenia y Croacia asumieron el control de sus fronteras e iniciaron la secesión.

En Eslovenia el ataque yugoslavo sólo duró unas semanas, pero en el resto de regiones la disgregación fue mucho más sangrienta. Se desataron guerras entre Croacia y la minoría serbia respaldada desde Belgrado que finalizó a principios de 1992, entre la Bosnia recién independizada en marzo de 1992 y los serbios que allí residían; y en enero de 1993 entre los croatas y los musulmanes de Bosnia por un pequeño territorio herzegovino. Los serbios de Bosnia, que proclamaron la República de Srpska con Radovan Karadžić al frente, armados por Belgrado, constituyeron verdaderas tropas irregulares dirigidas o por delincuentes o por ex militares yugoslavos como Ratko Mladić. Practicaron la más criminal de las limpiezas étnicas que se produjeron en la región (300.000 muertos y millones de exiliados).

Finalmente, llegó la guerra de Kosovo, donde se centró Milošević tras ser derrotado en los demás frentes. En junio de 1991 el ministro de Exteriores luxemburgués dijo que era “la hora de Europa”, pero lo cierto es que la Comunidad Europea fue bastante inoperante, en gran medida a causa de la división entre los partidarios de la secesión (Alemania a la cabeza) y los proclives a mantener las fronteras (dirigidos por Francia). Francia y Reino Unido defendían que un acuerdo de paz en contra de los intereses serbios no sólo era injusto sino que sería contraproducente, vista su fuerza y decisión. Esto sin duda fomentó que los serbios abusaran de la situación. EEUU se mantuvo al margen y las Naciones Unidas poco podían hacer pues no había ninguna paz que mantener sobre el terreno. A partir de 1995, y tras haberse remitido los combates, se desplegaron miles de soldados de la Fuerza de Protección de la ONU.

En mayo de ese mismo año, las tropas serbias bombardearon Sarajevo, a lo que la OTAN respondió con ataques a instalaciones serbias en Bosnia. Los serbios entonces tomaron cientos de rehenes de las Fuerzas de Paz de la ONU. La intervención internacional lejos de amedrentar a los serbios, les relanzó. De esta forma, en julio avanzaron hasta una de las denominas “zonas seguras” protegidas por la ONU, que no opuso resistencia alguna, y abandonó el lugar. Se produjo entonces la mayor matanza en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial: Srebrenica.

La OTAN se limitó a hacer una advertencia oficial que no contuvo a los serbios, que volvieron a bombardear Sarajevo. Al fin la OTAN actuó, Bill Clinton autorizó los bombardeos y esto propició un rápido cese de los combates y desembocó en un acuerdo de paz firmado en París, pero fraguado en Dayton (EEUU), el 14 de Diciembre entre Croacia (representado por Tudjman), los musulmanes de Bosnia (bajo la voz de Izetbegović), y Yugoslavia y los serbobosnios (comandados por Milošević). Se consiguió que el acuerdo no conllevara la partición de Bosnia, lo que habría avalado la limpieza étnica, y se instauró un sistema tripartito de gobierno. Más de quince años después de Dayton las tropas internacionales y el alto representante nombrado para supervisar sobre el terreno siguen en Bosnia, quizá una revelación de la confianza y coordinación entre las tres comunidades.

Finalizada la guerra en Bosnia la comunidad internacional, preocupada por otros asuntos (EEUU elecciones y relaciones con Rusia, UE como siempre con preocupaciones internas), se olvidó de la región. Si bien Milošević había reforzado su posición de cara al exterior, y se veía por los nacionalistas serbios como el culpable de la cesión, lo que promovió que se volcara en Kosovo. La creciente represión hacia los albaneses motivó que muchos se unieran a la resistencia armada en el Ejército de Liberación de Kosovo (ELK), y el auge de sus ataques dio argumentos para una política cada vez más violenta por parte yugoslava, que simplemente se “defendía del terrorismo”. La comunidad internacional no tardó en involucrarse pues la presencia albanesa en la vecina y no tan estable Macedonia podía arrastrar al conflicto a Albania, Bulgaria, Grecia o incluso Turquía.

La secretaria de Estado Madeleine Albright, el presidente francés Jacques Chirac y el secretario general de la OTAN no tardaron en advertir a Milošević. La catástrofe bosnia había aleccionado a la comunidad internacional y los derechos humanos eran una prioridad. Puede que lo más relevante en la escena internacional fuera la creación en La Haya del Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia para enjuiciar los evidentes crímenes de guerra que se cometían a pocos kilómetros de las grandes capitales europeas. En 1998 se declaró competente para enjuiciar los crímenes de Kosovo y el Senado estadounidense le instó a acusar a Milošević de crímenes de guerra, contra la humanidad y genocidio. Pese a la oposición de China y Rusia, Grecia, Ucrania o Bielorrusia a intervenir en Yugoslavia, los asesinatos masivos impulsados por Belgrado a principios de 1999 llevaron a una infructuosa negociación entre Albright y Milošević, que se opuso a retirar sus tropas de la región y a dejar entrar a un contingente extranjero. La guerra llegó el 24 de marzo de 1999. Las tropas de la OTAN causaron un grave daño a Serbia y el 9 de junio Belgrado aceptó retirar sus tropas y fuerzas policiales de Kosovo. La ONU dispuso que una fuerza denominada KFOR bajo el mando de la OTAN ocupara la región. Esta ocupación supuso el final de la década bélica, Milošević fue derrotado en las urnas por Vojislav Koštunica y el nuevo Gobierno, necesitado de ayuda y legitimidad exterior, decidió entregarlo al Tribunal de la Haya.

No cabe duda de que no sólo histórica sino también actualmente esta región europea sea el mayor foco de inestabilidad y tensiones; y por tanto la mayor amenaza para el próspero y unido futuro del viejo continente. Su historia reciente, desde el desmoronamiento de Yugoslavia hasta la actual situación kosovar, ha de recordar a los europeos lo importante de los esfuerzos a realizar en pro de su estabilidad, desarrollo y seguridad. Los Balcanes siguen siendo un mosaico de etnias, religiones e identidades en las que pervive un histórico rencor. Y la respuesta a todos los males es inevitable: el sueño europeo de un futuro común, próspero y sostenible, la integración en la Unión Europea, el mejor ejemplo contemporáneo de que el perdón y olvido son posibles.

La UE es “el” ejemplo a seguir, siendo el continente que ha conseguido minimizar los conflictos, consolidar las democracias, los derechos humanos, y uno de los últimos escollos es este. Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia, buena vecindad, refugiados, minorías o reconstrucción son términos que no hacen necesaria mayor explicación para demostrar que los Balcanes Occidentales, y en especial Serbia y Kosovo deben ser el foco de atención prioritario de los esfuerzos comunitarios, no sólo para convencerse de los éxitos conseguidos, sino también para demostrar al resto del mundo y demostrarse a sí misma que el trauma de los conflictos en el continente europeo está olvidado y que la Unión Europea es lo suficientemente madura para velar por la seguridad y estabilidad más allá de sus fronteras.

Conviene recordar esta parte tan importante de la historia europea, tan reciente pero tan lejana, más aún en la semana en que ha comenzado el juicio por genocidio contra Ratko Mladić. Lamentablemente no parece que haya ningún signo de arrepentimiento por su parte, su expulsión de la sala sugiere más bien lo contrario.

jueves, 7 de julio de 2011.
 
Serbia y Kosovo, comunitarios
Siguiendo lo dispuesto en el Enfoque regional de la UE para los Balcanes Occidentales de 1997, la Comisión Europea definió en 1999 las bases para desarrollar su estrategia para la región
Los instrumentos del proceso de estabilización y asociación con los países de la región se formularon en la Cumbre de Zagreb del año 2000 y la Cumbre de Salónica de 2003 completó la Agenda para acercarlos a la UE. El programa de Salónica contiene un doble objetivo: por un lado reforzar estabilidad y seguridad mediante la reconciliación y cooperación regional, y por otro, acercar a estos países a la Unión Europea.

En el marco de las asociaciones en favor de los países de los Balcanes Occidentales, el Consejo aprobó en 2006 la Asociación con Serbia incluido Kosovo, tal como se define en la Resolución 1244 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, con el objetivo principal de concretar la perspectiva europea de esta región, foco del último conflicto interno en tierras del viejo continente. Este se completó con la firma en abril de 2008 en Luxemburgo del Acuerdo de Estabilización y Asociación, que ratificó la apuesta común por una futura integración del país en la UE. El 22 de diciembre de 2009 Serbia presentó a la presidencia sueca de la Unión su solicitud formal de ingreso.

Las prioridades de Serbia
Las prioridades marcadas para Serbia por la UE son: el respeto a las obligaciones asumidas, la cooperación sin reservas con el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia (TPIY), las cuestiones relativas a Kosovo, la aplicación de disposiciones constitucionales con arreglo a la normativa comunitaria, las instituciones y la Administración Pública, la reforma del sistema judicial, la lucha contra la corrupción y la finalización del proceso de privatización.

En lo político debe reforzarse el control de los cuerpos de seguridad, el sistema judicial, la lucha contra la corrupción, los derechos humanos civiles, políticos, sociales económicos y culturales, la cooperación regional, la reconciliación, y la integración de los refugiados.
En el plano económico destaca la necesidad de aplicar una política presupuestaria estable y viable, reformar la gestión tributaria, mejorar los procedimientos concursales, reforzar el control financiero, reformar los sistemas de jubilación y seguros, regular la economía sumergida, desarrollar de forma viable el mercado inmobiliario, promover el empleo flexibilizando el mercado y mejorando el entorno y la educación, reforzar la competencia y proseguir con la privatización.

Objetivos de Kosovo
Centrándose en Kosovo los objetivos se basan en los establecidos por la ONU para garantizar la seguridad, la democracia y la diversidad étnica. Derechos humanos, minorías, libertades básicas, tolerancia interétnica son los objetivos principales. Sin olvidar la cooperación con Serbia y con el TPIY, los servicios públicos, la transparencia y la lucha contra la corrupción, la delincuencia organizada y financiera o el terrorismo. o el refuerzo de la propiedad privada.

Reforzar la función pública y garantizar la ausencia de discriminaciones, así como la cooperación regional y los acuerdos suscritos tanto a nivel regional como europeo son los desafíos desde el plano político. En el ámbito económico debe perseguirse una política presupuestaria y social estable y viable, luchar contra la pobreza y la exclusión social, mejorar la solvencia y eficacia financiera, proseguir la reestructuración y privatización, y crear un mercado laboral oficial; todo ello consolidando la propiedad privada.

Para todo ello, el marco financiero indicativo plurianual de la UE asignó casi 977 millones de euros a Serbia y algo más de 395 millones a Kosovo para el periodo 2009-2011. Además este último recibió en 2006 una ayuda financiera excepcional para reforzar su hacienda y mejorar su situación económica, por cuanto no puede adherirse a las instituciones internacionales y beneficiarse de préstamos o demás ayudas.

La UE no sólo ha apoyado directamente a los Balcanes, sino que ha apostado la cooperación regional como pieza clave para la estabilidad política y la prosperidad económica y como única vía para que los países de la región superen exitosamente sus desafíos comunes en materia de energía, transporte, infraestructura o delincuencia transfronteriza.

La Comisión, garante del interés común, ha concluido recientemente en su último balance anual sobre los progresos de Serbia y Kosovo hacia su integración con la UE que se están alcanzando numerosos éxitos, pero que existen aún demasiados ámbitos preocupantes.

Por ejemplo, la reciente detención de Ratko Mladić es un paso adelante en las aspiraciones comunitarias de Belgrado y una muy buena noticia no sólo para el país balcánico sino también para el conjunto de la familia europea y europeísta.

Kosovo es, en línea con el anterior, uno de los más importantes retos que tiene Belgrado. La Unión Europea ha reiterado en numerosas ocasiones que Kosovo tiene una clara perspectiva europea. El compromiso con este territorio es claro y la UE juega un papel de liderazgo a la hora de promover la estabilidad y la seguridad en la región. De conformidad con la resolución 1244 del CSNU, Kosovo se encuentra en un régimen interino comandado por unas instituciones provisionales que auto gobiernan el territorio desde febrero de 2002. Tras la declaración unilateral de independencia realizada por la Asamblea kosovar en febrero de 2008 y la entrada en vigor de su propia constitución cuatro meses después, la UE declaró que no tenía una posición común al respecto, dejando que cada Estado miembro tome su propia postura sobre este caso sui generis.

Serbia y Kosovo son los territorios que han protagonizado la última brecha histórica de conflicto entre europeos. El trauma de la descomposición yugoslava tuvo en su último capítulo en 1999, no sólo a los conocidos fantasmas de la muerte, tortura o desplazamientos humanos masivos, sino un episodio que sirvió de ejemplo de los problemas de la Unión para responder rápido y al unísono contra un ataque a la propia esencia de los pilares ideológicos que la conforman. Desde hace 10 años, la UE ha apostado por la zona y los acuerdos han sido numerosos y muy fructíferos. Queda mucho por hacer; el futuro es prometedor pero hay que trabajarlo conjunta y solidariamente. El único futuro que le queda a los Balcanes en su conjunto es entrar en la Unión. Bruselas lo sabe y, con gestos como su cooperación para cerrar las brechas del cercano y oscuro pasado, parece que Serbia también.

martes, 7 de junio de 2011.
 
Damasco, peso pesado en Oriente Medio
El peso específico que tiene Siria en la región explica que la comunidad internacional haya reaccionado de otra manera ante los abusos cometidos por Damasco


Hay que hacer un obligado repaso a las relaciones que Damasco mantiene tanto con sus vecinos como con EEUU para comprender del todo la importancia que Siria tiene en el mundo actual. Los pilares de la política exterior siria podrían resumirse en dos: aumentar su influencia sobre sus vecinos árabes, y conseguir un acuerdo de paz duradero regional en línea con sus intereses, incluyendo recuperar el territorio ocupado por Israel desde 1967.

Para muchos analistas la trascendencia regional de Damasco se resume en tres claves sobre las que ostenta una influencia decisiva en asuntos regionales de primer orden: Hezbolá, Hamás y la insurgencia iraquí.

Las relaciones con Israel son centrales en los acontecimientos regionales

Siria fue actor beligerante en la guerra árabe-israelí de 1967, resultado de la cual el Estado judío ocupó los Altos del Golán, una ocupación que se acrecentó tras una nueva guerra en octubre de 1973. Gracias a la implicación del entonces Secretario de Estado estadounidense Henri Kissinger, Siria recuperó lo perdido en 1973 y parte de los Altos sólo un año después. Sin embargo, las partes no han conseguido llegar a ningún acuerdo sobre lo demandado por Siria de forma innegociable: volver a la situación territorial del 4 de junio de 1967.

Reflejo de las tensiones entre Damasco e Israel, en octubre de 2003 y tras un atentado terrorista que dejó 20 muertos en Haifa, las Fuerzas Armadas israelíes atacaron un supuesto campo de entrenamiento terrorista palestino a tan sólo a 15 kilómetros de la capital siria. Igualmente en 2007 cazas israelíes atacaron una instalación nuclear siria, y la investigación llevada a cabo por el OIEA, que aún continúa a día de hoy sin demasiada colaboración por parte de las autoridades sirias, encontró efectivamente algunas partículas de uranio enriquecido.

Aún con todo, no sería fácil de asumir que Israel quisiera acabar con un régimen como el sirio, con quien no tiene guerra directa abierta pero que instrumenta desde la sombra un anti israelismo con el que Tel Aviv puede justificar su resistencia a hacer la paz y volver a las fronteras con que fue creado en 1948.

Ha habido numerosas rondas de acercamiento, todas fracasadas, incluso con la mediación de países terceros como Turquía, otro importante actor por la gran frontera común y por los 15 millones de kurdos con que cuenta, una numerosísima minoría cuya respuesta ante más inestabilidad es imprevisible para los dos países. La inestabilidad regional, y la siria en particular no agrada nada a Ankara, y por eso ha promovido los contactos regionales, pero sin frutos significativos por el momento.

Mención especial merecen las relaciones con el vecino Líbano. La historia, economía, tamaño y poder explican el importante papel jugado por Damasco en los asuntos de Beirut. Líbano formó parte de la Siria post otomana hasta 1926. La guerra civil en Líbano fue aprovechada por Siria para aumentar su influencia política y militar, y los servicios secretos sirios ostentan una posición crucial en el devenir de su vecino. Pese a tener firmado desde mayo de 1991 un acuerdo de cooperación, coordinación y hermandad, factores como la ocupación israelí de Líbano hasta 2000, los fracasados intentos de negociación entre Damasco y Tel Aviv y el aumento de las tensiones regionales han entorpecido la implementación de este acuerdo.

Tras el asesinato del Primer Ministro Rafiq Hariri en 2005, un informe de la ONU implicó a Siria y a oficiales libaneses pro Siria. La movilización social y la presión internacional desencadenaron la salida de las 17.000 tropas sirias del país que se encontraban allí desde 1976.

Desde 2008 las relaciones han mejorado, fruto del reconocimiento por parte de Damasco de la soberanía de Beirut. En noviembre de 2009, el Primer Ministro Saad Hariri, hijo del asesinado Rafiq, y Bashar al-Asad acordaron delimitar la frontera entre ambos países, aunque aún a día de hoy está sin demarcar.

En enero de este año Hezbolá y sus aliados parlamentarios instrumentaron la caída del gobierno de Hariri, y su sucesor Najib Mikati tiene fuertes conexiones con el régimen sirio.

Con EEUU las relaciones son algo ambiguas

Pese a que Siria ha estado en la lista de los Estados sponsor del terrorismo desde la creación de ésta en 1979 por apoyar y proteger a organizaciones terroristas, antes del 11 de septiembre de 2001 hubo cierta cooperación en materia antiterrorista.

Sin embargo, las relaciones entre Washington y Damasco han decaído. Contrario a la intervención en su vecino Irak, el régimen sirio ha sido sometido a sanciones desde 2004. El país es punto de tránsito primordial para los combatientes que entran a Irak, ha rechazado deportar a algunos elementos del régimen de Sadam que apoyan a la insurgencia y no ha cumplido con sus obligaciones en el marco de la ONU para ayudar a estabilizar y reconstruir el país. Irak sigue reclamando mayor compromiso y acción en lo relativo a todos los elementos que a través de Siria contribuyen financiera, política y militarmente a la insurgencia y una implementación mayor del importante acuerdo que firmaron en 2006 en materia de seguridad fronteriza y terrorismo. Su continua injerencia en los asuntos libaneses, la protección que ofrece a ciertos líderes de grupos palestinos, la situación de los derechos humanos, o su búsqueda de armas de destrucción masiva también son factores añadidos en la imposición de sanciones comerciales y económicas. Unas sanciones que estos días se están viendo acrecentadas.

Siria cuenta con entre un millón y millón y medio de refugiados iraquíes y medio millón de palestinos, es destino y tránsito de tráfico de mujeres y niños, así como de droga y armas. Esto le convierte en un país esencial en estas batallas que se libran en la región, y por tanto en receptor de grandes presiones externas para combatirlas.

En septiembre de 2006, la embajada de EEUU en Damasco fue atacada, y aunque las fuerzas de seguridad sirias consiguieron controlar el asalto y matar a los cuatro asaltantes, el gobierno norteamericano no ha recibido ningún informe oficial de Damasco. Tanto el presidente al-Asad como el embajador sirio en EEUU acusaron a la política estadounidense en la región de causar el incidente.

Desde 2009 Obama ha enviado diplomáticos y ha restaurado a su embajador en Damasco porque sabe de la trascendencia de Siria y su papel clave para un mejor porvenir en la región y ha buscado encontrar puntos de mutuo interés para reducir la tensión y promover la paz.

Aún así, tras el asesinato del Primer Ministro libanés, Siria perdió legitimidad como interlocutor, ganándose el desprecio y recelo de muchos países. Un aislamiento que explica en parte el acercamiento a Irán y a Palestina, su papel pan-árabe y la expansión de sus relaciones diplomáticas con otros interlocutores como Latinoamérica o China.

Irán y la revolución islámica

La historia de amistad entre Siria e Irán se remonta a 1979, año en el que la Revolución Islámica que acabó con el Sha de Persia se unió al reconocimiento de Israel por parte de El Cairo para reposicionar a los jugadores en la partida que se juega en Oriente Medio.

Irán no puede permitirse perder a su único aliado regional. Además de ser el único país árabe que le ayudó en la larga guerra con Irak en los años ochenta, Damasco representa para Irán el epicentro de su política exterior para la región. Si Siria se debilita, Teherán perderá influencia en Líbano y Palestina. La rama alauí dominante en Siria está muy cerca del chiísmo, una razón más para explicar la influencia iraní en Damasco y su denunciada intervención durante la represión que se lleva a cabo desde hace semanas en todo el país árabe.

No parece que Bachar el-Asad piense reformar en esencia el régimen que heredó de su padre, pese a vender un mensaje de cambio, lento pero reformista. Y lo que es más grave, tras más de mes y medio de protestas, no desiste de la opción represiva, encabezada por violencia indiscriminada incluso con armas pesadas, acompañada de detenciones masivas, para calmar a un pueblo que cada vez es menos el suyo. Y este camino parece sin sentido siquiera para la propia clase dominante siria, pues si el miedo causado en la población pretendía disuadir, la enésima demostración de represión parece haber demostrado que muchos sirios quieren llevar la revuelta hasta el final. Sin embargo, ni EE UU, ni la UE, ni Turquía, ni Israel, ni Irán, ni los vecinos se atreven a querer un vuelco del régimen.

Pese a ello, la UE ha anunciado un embargo a la venta de armas y material antidisturbios y la paralización del proceso de establecimiento de un Acuerdo de Asociación con Siria. A esto se añade la lista negra que veta la entrada en la UE y confisca los bienes en territorio comunitario de algunos afines al régimen, incluido el hermano del presidente, hombres fuertes de la Guardia Republicana, el espionaje y la inteligencia militar, y un magnate sirio con intereses en sectores clave. No se descarta ampliar esta lista contra los instigadores de la violencia, incluso llegando hasta el propio presidente.

Así mismo, el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas ha condenado a Damasco y va a investigar las muertes masivas en el país. Sin embargo esta decisión no gozó de la unanimidad deseada por EEUU y Europa, y países del peso de China o Rusia se opusieron a la resolución adoptada.

Aunque EEUU ha impuesto sanciones centradas en personas influyentes del régimen, Obama no ha pedido públicamente la salida de al-Asad, mucho menos una intervención militar. Los cálculos de la Administración norteamericana son muy distintos que en otros casos, en especial Libia. El dirigente sirio no está tan aislado internacionalmente, su mejor capacitado ejército le es más fiel y la caída de su régimen traería consigo una incertidumbre que dejaría más cerca del abismo al equilibrio regional, con demasiados actores potencialmente incendiarios. El intento de aproximar a Damasco y Tel Aviv para formalizar un acuerdo histórico y alejar a Siria de Teherán merece también demasiado la pena. Israel tampoco quiere un gobierno suní, ni un descontrol en la región. Irán no puede perder su mayor aliado, Turquía no desea una frontera en ebullición, y ni siquiera Arabia Saudí ve con agrado más inestabilidad. Además la UE debe presionar al régimen, pero su caída añadiría una cuestión de máxima urgencia y preocupación a la ya recargada y convulsa agenda comunitaria.

La caída del régimen de al-Asad es potencialmente peligrosa. Su salida provocaría grandes interrogantes sobre la reacción de Hezbolá y Hamás. La primera, surgida de una escisión del partido chií libanés Amal, y respaldada por Damasco y Teherán, antiisraelí y antioccidental, es hoy un poderoso partido miliciano que ya demostró su poder de acción en 2006 contra Israel.

Hamás, nacida del rechazo de muchos palestinos hacia la corrupta y “pacifista” OLP es un elemento de enorme influencia en el conflicto árabe-israelí.

Su derrocamiento crearía una chispa religiosa que pondría en juego a las milicias chiíes de Irak, a Irán e incluso la suní Arabia Saudí, sin mencionar la reacción étnica de la amplia minoría kurda, ávida de crear su propio Estado.

Existe demasiada incertidumbre y pone en jaque demasiados núcleos de tensión como para derrumbarse. Quizá esto pueda explicar por qué la represión está siendo tan tibiamente contestada por la comunidad internacional. Los expertos señalan que un cambio en Siria tendría un impacto mucho mayor que las revueltas y cambios acontecidos hasta ahora en el mundo árabe.

miércoles, 18 de mayo de 2011.
 
 
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