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Gonzalo G. Velasco
Crónicas Árticas
Gonzalo García Velasco (Santiago de Compostela,1977) es periodista, guionista y crítico de cine. Ha estudiado Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Santiago de Compostela y ha completado su formación audiovisual en Estados Unidos, Madrid y Barcelona, especializándose en narrativa cinematográfica. Colabora como analista cinematográfico en SIGLO XXI desde el año 2005. En la actualidad reside en Reykjavik, (Islandia).
Gonzalo G. Velasco
Últimos textos publicados
Bulla Papal
La sociedad española dividida ante la visita de Benedicto XVI
Hay pocas cosas más rancias que la iglesia católica. Y de entre todas ellas, tal vez la más rancia de todas sea el anticlericalismo esclerotizado de gran parte de la sociedad española, incapaz de ver la diferencia entre la aconfesionalidad, el laicismo y la imposición de un sistema de valores. Desde que se ha anunciado la visita del Papa Benedicto XVI a Madrid la gente se ha movilizado para protestar por ella de todas las formas imaginables. Sobre el tapete, los gastos que genera la visita del Santo Padre, financiada con dinero público, a un estado supuestamente aconfesional están en el origen del conflicto, sin embargo, cualquier persona con dos dedos de frente sabe que eso no es más que una excusa, una válvula de escape, un McGuffin al que aferrarse para continuar manifestándose, haciendo ruido y tocando los huevos, que parece que a estas alturas es la única medida que la sociedad española ha adoptado de cara a afrontar una crisis que, por mucho que la gente sólo piense en sus perras, es bastante más que una crisis meramente económica. De ahí que no tenga solución.

A mí el Papa me la trae al pairo. La iglesia católica y el resto de religiones incluso más. Sin embargo, soy creyente. No sé en qué creo exactamente pero soy creyente. A mí me gusta llamar a eso en lo que creo “Marcelino” o “Gran Cosa que Mola”, más que nada, para poder ponerle un nombre. Y el hecho de que otros llamen a mi Marcelino o Gran Cosa que Mola Yahvé, Alá, Avalokiteshvara o Pío no me molesta en absoluto, pues tengo por costumbre respetar a todo el mundo siempre y cuando ellos me respeten a mí. Quizás sea una mala costumbre en estos tiempos que nos han tocado vivir, donde muchas veces el respeto se confunde, de una forma alarmantemente reduccionista y pueril, con el “fascismo”. En cualquier caso no me molesta que el jefazo de la iglesia católica decida darse un garbeo en papamóvil por la castellana. Ni siquiera a pesar del dispendio que eso supone en la actual situación económica. Es decir, quizás no sea lo más adecuado, pero yo he pagado con dinero público conciertos de Presuntos Implicados, películas de Isabel Coixet, verbenas populares que me han impedido dormir, todo tipo de actos Xacobeos, la infame programación de la Televisión de Galicia, las juergas de subvencionófagos de toda clase e incluso rescates de activistas apalominados de viaje turístico por África. Todos ellos eran eventos igual de inoportunos y debatibles, pero jamás he visto a nadie manifestarse en contra de ellos. Ni a mí se me ocurriría hacerlo.

Aún a riesgo de sonar reaccionario o poco progre para mi edad, hay cosas que me parecen mucho más preocupantes que una visita pastoral del líder de la iglesia que sea, como, por ejemplo, la falta de capacidad analítica de la mayoría de la juventud española. Y pienso, además, que quienes se oponen a la visita del Papa faltan al respecto a los fieles que éste tiene en España, los cuales, por cierto, no por más silenciosos son menos numerosos y/o respetables que los simpatizantes del ya cansino 15M. Tengo incluso mis más y mis menos sobre la legalidad de unas protestas que vulneran de forma fehaciente la libertad de credo recogida por nuestra constitución. Pero interpretaciones de la ley al margen, de lo que no hay ninguna duda es de que generar mal rollo entre la sociedad porque unos crean en un hippie crucificado y otros sólo en sí mismos o en nada, sólo contribuye a liar más la madeja y que pasen cosas pero de las malas. Sin ir más lejos, ya han detenido a un tipo que planeaba atentar contra los indignados por el viaje papal. Me pregunto qué pasaría si, de repente, todos los ciudadanos empezáramos a manifestarnos, de igual forma, en contra de aquellos eventos financiados con fondos públicos que no nos interesan o no nos gustan. Más de alguno volaríamos por los aires, por no decir todos. Y es que mucho exigir derechos pero poco ejercer deberes. En eso consiste la revolución española: en charanga, pandereta y, sobre todo, incapacidad para respetar al prójimo. Si este es el mundo nuevo que está en camino, casi prefiero que me internen de por vida en la casa de Gran Hermano.

jueves, 18 de agosto de 2011.
 
Locos
¿Cómo nombrar a Anders Behring Breivik?
Cada vez que sucede una masacre como la de Oslo me sorprende la manera en que los medios definen a quienes las perpetran “Un loco”, “un perturbado” “un psicópata”, “un tarado”, “un desequilibrado” etc… Hay tantas formas de decirlo como ganas tenga el periodista de turno de acudir a un diccionario de sinónimos, pero raras veces alguno de ellos se toma la molestia de ahondar en los complejos procesos psicológicos que llevan a una persona a cometer semejante actos de violencia. Al menos, no desde un punto de vista sereno y riguroso.

No es absoluto mi intención eximir de culpa al asesino confeso de la matanza de Utoya. Mi intención es, simple y llanamente, tratar de comprender cómo se gesta una personalidad como la suya. Y a mi juicio, este tipo de asesinos múltiples no se gestan solos, sino que se gestan más bien por culpa de gente que, ni por asomo, son mejores personas que ellos. Así que no me parece justo ni razonable que Breivik y el resto de matarifes que le precedieron en las cabeceras de los periódicos, tengan que lidiar en solitario con una opinión pública y un cuarto poder que, con tal de no ofrecer una información compleja y contrastada, se adscriben por inercia al manierismo más comodón.

Lars von Trier afirmó en el último festival de Cannes que él entendía a Hitler como hombre, especificando que no justificaba ni defendía sus actos. Debido a sus declaraciones, le llovieron collejas por doquier, hasta el punto de ser expulsado del certamen. No es precisamente el cineasta danés santo de mi devoción, pero lo que dijo no sólo lo entiendo perfectamente, sino que lo comparto y me parece algo lógico y razonable. Sobre todo, y esto es a lo que voy en este artículo, porque las personas a las que mencionaba arriba, esas que crean a monstruos como Von Trier o como el tal Breivik, somos nosotros. Cualquier persona sometida a una serie de circunstancias vitales convenientemente moduladas por el destino, podríamos ser Breivik, Von Trier o incluso Hitler. Todos ellos fueron víctimas, de uno u otro modo, antes de ser verdugos. Y como digo, quienes los llevaron a convertirse en lo que finalmente se convirtieron, fueron individuos que, en teoría, podrían definirse como normales.

Yo mismo, en mis años de estudiante, protagonicé un episodio que ilustra lo anterior a las mil maravillas. Resulta que en mi clase había un chico gangoso que además llevaba un horrible aparato en los dientes. Durante todo un curso, un amigo y yo nos dedicamos a burlarnos de él de las formas más crueles posibles, y claro, un buen día el pobre detonó: en mitad de la clase de dibujo, le clavó un compás en la cabeza a mi compinche que casi lo deja tieso. Desde aquel entonces no me volví a meter con él. Vi en sus ojos el brillo de la ira ciega y del resentimiento más perturbador. Aquel chaval, antaño ingenuo, sonriente, y bonachón, se había convertido en alguien que en realidad no era por culpa de dos idiotas abusones. Pero… ¿saben qué? A nosotros no nos pasó nada. A él, en cambio, lo echaron del colegio.

Si el día de mañana abro el periódico y me encuentro con la noticia de que aquel viejo compañero gangoso ha matado a cuarenta tipos en una verbena de pueblo con un hacha o una segadora no me sorprendería lo más mínimo, pero puedo asegurarles que me sentiría enormemente culpable por haberlo creado. Y ese reconcomio autocrítico es justo lo que se echa de menos siempre que sucede algo como lo de Oslo. Los asesinos no surgen de la nada. Surgen porque los creamos entre todos. La forma de prevenir futuras matanzas no pasa por etiquetar como “tarado” a quienes pierden la cordura, sino por reflexionar acerca de los motivos que les han llevado a perderla y tratar de prevenirlos. Por supuesto, soy consciente de lo políticamente incorrecto de mis palabras y de que, lo más probable, es que sean malinterpretadas. Si esto ocurre lo tienen muy fácil. Llámenme loco y sanseacabó. Al fin y al cabo, como dijo Anthony Perkins en Psicosis, “todos nos volvemos locos alguna vez”. Yo incluido.

martes, 9 de agosto de 2011.
 
Es tu tormento, es robafone
Tribulaciones y desventuras de un usuario de telefonía móvil en el extranjero
Últimamente, cada vez que veo alguna noticia sobre el movimiento 15M me acuerdo, por algún motivo que escapa a mi comprensión, de la iglesia de la cienciología y el movimiento raeliano. Igual se debe a qué hace poco he estado en el glaciar Snaefellnessjökull, entrada al centro de la tierra según el libro de Julio Verne (que jamás pisó suelo islandés, por cierto), y allí se congregan cada dos por tres todo tipo de sectas new-age con la esperanza de entrar en contacto con civilizaciones extraterrestres, elfos libidinosos y ectoplasmas de toda clase.

El lugar donde se realiza la acampada es diferente, las expectativas también, pero el 15M comparte con todos estos iluminados un mismo sentido atontolinado de la utopía, entendida ésta como un futuro mejor en el que todos seremos inmensamente felices ya sea de picnic por Ganímedes o gobernados por perroflautas ilustrados de estética, ahora que lo pienso, muy similar a la de los aliens de Campo de Batalla la Tierra, obra magna del capitoste de la cienciología L. Ron Hubbard. ¿Casualidad? ¡Y un cuerno! Los pobres pringados que nos hemos tragado las cuatro temporadas de Héroes sabemos mejor que nadie que todo está conectado. El problema surge cuando estás conexiones las realizan operadoras de telefonía sin escrúpulos. Sobre todo si uno se encuentra en el extranjero y tiene que compaginar varias líneas de teléfono.

Si les cuento todo esto no es porque no tenga nada mejor de qué hablar, (que también, ¿para qué negarlo?) sino porque el otro día, al ver la factura de mi móvil español, descubrí con asombro que me habían cargado en ella unos ciento cincuenta euros a pesar de que apenas había encendido mi terminal a lo largo del periodo de facturación. Al principio pensé que quizás había sido un error humano. Así que llamé a esos humanos que, supuestamente habían cometido el error, y ellos me explicaron, en tono monocorde pero muy educado, que yo había activado un servicio de alertas por SMS y que, desde que lo había hecho, dos meses atrás, se me cargaba en mi factura un euro con veinte céntimos más IVA cada día, importe que, multiplicado por dos meses, para sí quisiera más de un joven desempleado.

Claro que a no ser que Uri Geller me hubiera sugestionado mediante hipnosis para que realizara la suscripción de la que me hablaban y luego me hubiera ordenado olvidarme de ello, yo estaba seguro de que no había contratado ningún tipo de servicio. Así que me puse a investigar por Internet hasta encontrar un montón de gente con mi mismo problema. Volví a multiplicar. Con todo ese dinero uno bien podría limpiarse el trasero hasta el día del juicio final. Incluso con el Códice Calixtino, si es que sigue a la venta.

Aquello clamaba al cielo. Y como soy tan pardillo y tan buen ciudadano no tardé en ponerme en contacto con mi compañía de teléfono para comunicarles que sus clientes estaban siendo víctimas de un timo por parte de la empresa que facturaba el servicio de marras, que se llama ARTIQ MOBI, pero no le dieron mayor importancia. “Es algo normal.Usted no se preocupe”, me espetaron. Entonces lo comprendí todo: mi propia compañía, Robafone, estaba en el ajo. Era como una película conspiranoica solo que con teleoperadores robotizados de acento sudamericano.
En fin, estaba claro que me encontraba solo ante el peligro. Si quería solucionar aquel desaguisado, tenía que hacerlo yo mismo y con mis propias armas: que si la Oficina del Consumidor, que si abogados, que si grabar videos de denuncia y difundirlos por Internet, que si intentar poner de acuerdo a todos los afectados para hacer un brainstorming acerca del mejor método para recuperar nuestras perras etc… Nada funcionó. Nada. Lo único que me quedaba era darme de baja en Robafone, aún pagando el importe de la llamada internacional además de la multa por vulnerar el contrato de permanencia, y sustituir mi móvil por un buen tam-tam de los de toda la vida.

Pero ni eso. Mi compañía tenía graves problemas para entender el significado de la frase “quiero cancelar mi contrato con ustedes ahora mismo”, como prueban las más de diez llamadas que realicé desde Islandia intentando que les entrara en la mollera. O dicho de otro modo: Robafone no estaba dispuesta a dejar de chuparme el dinero así por así. Tuve en ese instante la segunda y más importante revelación de todo este asunto, la cual me lleva, a su vez, de vuelta al tema de partida: ¿Cómo coño va nadie a cambiar el mundo si ni siquiera podemos cambiar de compañía de móvil? Espero sinceramente que los sabios profetas del 15M convoquen pronto una asamblea de telecomunicaciones para encontrar la respuesta a esta cuestión. Yo, desde luego, no la tengo.

martes, 19 de julio de 2011.
 
 
El robo del siglo
Nuevas Hipótesis Sobre el Robo del Códice Calixtino
sábado, 9 de julio de 2011.
 
Saber o ganar
Víctor Castro llega a los 100 programas
viernes, 17 de junio de 2011.
 
15M: La generación Bruce Willis
Decía Aristóteles que el hombre es un animal social por naturaleza, pero hay quien piensa, como yo, que más que social es apelotonadizo
viernes, 3 de junio de 2011.
 
Fatástico Sr. Fox: Moderno pero seguro
Gonzalo G. Velasco
viernes, 9 de abril de 2010.
 
Shutter Island: Scorsese Arkham Asylum
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jueves, 1 de abril de 2010.
 
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jueves, 4 de marzo de 2010.
 
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"El Hombre Lobo": UNa medio vacía
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sábado, 20 de febrero de 2010.
 
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