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Gonzalo G. Velasco |
FIRMA DE OPINIÓN |
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Crítica de cine | |
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Gonzalo García Velasco nació en Santiago de Compostela en 1977. Es novelista, articulista, guionista, periodista y documentalista. Es Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Santiago y ha completado su formación audiovisual en Estados Unidos, Madrid y Barcelona. En la actualidad combina sus estudios de doctorado en la Universidad Autónoma de Barcelona con la crítica de cine. Concibe su trabajo de comentarista cinematográfico como un acto de ajusticiamiento despiadado, lo cual, junto a su misantropía inteligente y su capacidad para fijarse en el lado negativo de las cosas, aseguran tanto la imparcialidad de sus críticas como la polémica.
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| ÚLTIMOS 5 TEXTOS PUBLICADOS |
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| "Hancock": Borrachera de poder |
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| En ocasiones, con los trailers de las películas pasa algo muy parecido a lo que nos ocurre en la vida diaria con los dependientes (y dependientas) de las grandes superficies comerciales del sector textil. Es decir, desde la distancia resultan enormemente atractivos con sus trajes y sus sonrisas de panfleto de los Testigos de Jehová, pero, en cuanto te acercas a pagar, ves el total al que asciende la bromita y te das cuenta de que esos mismos rostros poco antes pletóricos de juventud y belleza, comienzan a diluirse entre gestos hoscos y gruesas capas de maquillaje barato, enseguida comprendes que has sido víctima de algo parecido a un timo. |
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Hancock padece este, llamémosle así, “efecto Zara”, en grado sumo. Su trailer, pródigo en espectacularidad, hilarante y, sobre todo, construido alrededor de una premisa de lo más sabrosa: un superhéroe alcohólico debe rehabilitarse para, de este modo, recuperar el respeto de los ciudadanos a los que protege, llevaba meses haciendo que los seguidores del humor gamberro, irreverente y esquinado se relamieran los labios imaginando que la nueva superproducción protagonizada por el siempre taquillero Will Smith iba a moverse por la sinuosa senda del gag urticante abierta por películas como Team America, Borat, Very Bad Things, a la sazón dirigida por el mismo realizador de Hancock, Peter Berg, o al menos, (y en esta ocasión, como casi siempre, menos es más) en los márgenes subversivos de series para televisión tan exitosas como Padre de Familia, South Park y sus derivados. Todo era una quimera. Una ventosidad en una hormigonera. No hay más en Hancock que lo ya visto y oído en el trailer. Lo demás, puro relleno. Aire. Pusilanimidad. Flojera. Paja. Y lo peor, ni siquiera relaja.
Tras un arranque satisfactorio, el film supuestamente transgresor entra por el aro de lo políticamente correcto y termina convertido en lo de siempre: una oda reaccionaria a la redención. Nada que objetar si esa oda tuviera cierta enjundia, pero es que además de que la enjundia no se encuentra presente ni en un solo plano del film, da la casualidad de que la oda de marras se extravía por vericuetos narrativos de un tono general muy desdibujado. En consecuencia, Hancock va perdiendo poco a poco sus ínfulas de comedia bufa hasta entrar de lleno, a la altura del tercer acto, en una dinámica lacrimógena muy mal construida capaz de enervar la paciencia de cualquier ser que no disfrute con Yo Soy Bea. O sea, que tiene razón el cartel de la película cuando dice que hay héroes, hay superhéroes y luego está Hancock, sólo que no en el sentido en el que los redactores del eslogan se imaginaban… y es una pena, pues a pesar de todo lo dicho la película contiene en su interior la semilla de una gran comedia. Mi consejo: si le gustan los superhéroes vistos desde un prisma cómico, alquílense, Mystery Men, Sky High y Los Increíbles. Saldrán ganando. Y si no, a la playa, que allí también abundan los tipos musculados en calzones prietos. Algo es algo.
| | Lunes 21 de julio de 2008 |
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| "Posdata: te quiero", romance desde la cripta |
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| Tengo la desgracia de residir en una ciudad donde el número de salas de cine por kilómetro cuadrado ha descendido en los últimos meses más que el caché de Christopher Lambert en las últimas dos décadas. Es por ello que hoy me he visto obligado a tomar una decisión de agárrate y no te menees a la hora de seleccionar la película sobre la cual despotricar para todos ustedes desde esta columna. Por un lado, tenía la opción de ver Sexo en Nueva York, adaptación de una serie televisiva que, en tanto que varón letrado y heterosexual nunca me ha hecho demasiado tilín, por otra, se me presentaba la posibilidad de hacer lo propio con Kung-Fu Panda, pero como las producciones animadas de Dreamworks tampoco han sido nunca santo de mi devoción debido a su paupérrimo nivel de calidad técnica y dramática (en especial si las comparamos con las de sus rivales, Pixar, siempre rayanas en la perfección), me decanté finalmente por Posdata: Te Quiero, una película de Richard LaGravenese, director de Diarios de la Calle y guionista de Los Puentes de Madison, cuyo título bien podría presidir una novela de Corín Tellado. |
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No en vano, el bruto literario del que se alimenta el film está firmado por Cecilia Ahern, una autora irlandesa que, si bien menos prolífica que nuestra entrañable abuela culebronera, acostumbra a transitar por senderos creativos similares, todos ellos rebosantes de almíbar, cursilería y romanticismo de mercadillo. La adaptación de Posdata: Te Quiero no elude el aroma dulzón de su materia prima, ni falta que hace, pues que una película sea sensiblera no quiere decir que sea mala, como todo el mundo sabe. El problema es que trata de disfrazarlo con una sobredosis de comedia mal entendida que provoca sonrojo y aplatanamiento en las butacas. Yo he experimentado ambas cosas a lo largo de sus casi dos horas de metraje. Pero he de reconocer que, por momentos, me he reído a mandíbula batiente, y es que esta historia de amor post-mortem protagonizada por un irreconocible e inoperante Gerard Butler, y una Hillary Swank en caída libre tras haber sufrido los devastadores efectos de la maldición de los Oscars, es una de esas películas que consigue, sin pretenderlo, que te rías en los momentos supuestamente más dramáticos y te entre el mal rollo en los más cómicos. Vamos, que siendo honestos, no se le puede reprochar que la fórmula comedia más drama romántico igual a interés del espectador les haya fallado a sus responsables, sino que, simplemente, el tiro les ha salido por la culata y la ecuación funciona a su bola.
Que el relato rezume topicazos por todos los poros tanto en su retrato de la comunidad masculina (patética y perversa, según el guión) como en el de la femenina (frívola y caprichosa, zapatos de diseño incluidos, igual que en Sexo en Nueva York) tampoco ayuda demasiado, causando que el espectador salga del cine somnoliento a la par que ligeramente indignado. Y eso que la premisa narrativa, (un hombre muerto se comunica con su mujer a través de una serie de cartas escritas antes de su fallecimiento), aún con sus inconsistencias de verosimilitud, daba para mucho si LaGravenese se hubiera desmarcado de los lugares comunes propios del género en busca de una perspectiva singular, cosa que no ocurre en ningún momento. Al fin y al cabo, la película se titula como se titula, y con un lastre así, seamos comprensivos, resulta harto difícil remontar el vuelo por mucho que antes hayas escrito cosas tan meritorias como El Rey Pescador o la ya mencionada Los Puentes de Madison. Posdata: yo no les quiero, pero si quieren romanticismo del de verdad, revisiten La Fuente de la Vida, que ya va siendo hora de que alguien coloque a esta magistral pieza de celuloide donde se merece…
| | Domingo 13 de julio de 2008 |
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| "Paso de ti": Lío en Hawai |
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| Escribir una crítica no rutinaria sobre una película como Paso de Ti, que lleva la rutina tatuada en el trasero a pesar de que los defensores del sobrevaloradísimo Judd Apatow, responsable desde su compañía Apatow Films (la originalidad del nombre ya lo dice todo) de taquillazos cómicos recientes como Virgen a los 40, Lío Embarazoso o Supersalidos, se empeñen en entronizar un estilo que en realidad no es tal, resulta tan difícil como que El Incidente de M. Night Shyamalan no cause ningún tipo de reacción, ya sea positiva o negativa, en un espectador. Precisamente todo lo contrario, la indiferencia absoluta, es lo que a mí casi siempre me causan las comedias producidas o dirigidas por el señor Apatow, todas tan cortadas por el mismo patrón que podrían empalmarse secuencias alternas de unas y de otras al azar y llegar crear con ellas una nueva película paradójicamente exacta a sus brutos. |
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El tan cacareado toque Apatow no es más que lo que queda de una comedia al uso cuando se dirige con desabrimiento, presupuesto limitado, y ausencia de imaginación, se disfraza de discurso generacional melancólico y gamberro y se aferra con desesperación a la identificación emocional con el público como único medio de conseguir que éste soporte con estoicismo sus larguísimos y arrítmicos metrajes. Para ello, el productor de Paso de Ti, dirigida por Nicholas Stoller con un sentido de la insulsez que haría palidecer al carisma de Ben Affleck, suele recurrir a actores de confianza, no demasiado famosos, dotados de una vis cómica a caballo entre la ternura y la visión patética de la condición humana , y dispuestos a exprimir hasta el tuétano sus dotes para el humor en una repetitiva, agotadora y muchas veces incoherente, por improvisada, sucesión de gags o bien fundamentados en el mál gusto gratuito o bien en los guiños cinéfilos no aptos para todos los públicos.
Todo lo anterior quiere decir que los productos made in Apatow no sólo están muy lejos de constituir ese mosaico de presuntas genialidades fílmicas conocido como Nueva Comedia Americana, sino que bajo su apariencia de fórmula revolucionaria en su humildad, esconden una arrogancia y una convencionalidad descomunales. Desde esta perspectiva, Paso de Ti no supone más que una muy, muy, muy previsible trama romántica bien interpretada pero carente de sustancia que podría confundirse fácilmente con la reciente Matrimonio Compulsivo de los hermanos Farrelly si no fuera porque no contiene ninguna escena antológica del calibre de la de la medusa entre sus fotogramas y porque Ben Stiller, a puntito de estrenar la prometedora Tropic Thunder, sigue siendo el auténtico rey de la risa en Estados Unidos mal que les pese a todos los seguidores de Apatow, un cineasta gris y anodino que sólo tiene una virtud: la de saber que su público, además de ser tan gris y anodino como él, se conforma con lo de siempre a condición de que vea reflejada en pantalla sus poco interesantes miserias. Todo un hallazgo…
| | Martes 1 de julio de 2008 |
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| "An american crime": Ecuación trágica |
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| An American Crime, película de atmósfera muy áspera dirigida con mano también áspera por el hasta ahora experto en comedias Tommy O´Haver (Así es el Amor, Hechizada), narra la historia de una muchacha llamada Sylvia Likens que, tras haber sido dejada por sus padres al cuidado de una mujer con graves desequilibrios mentales de nombre Gertrude Baniszewski, sufrió toda clase de torturas y ultrajes a manos de sus hijos, de algunos amigos de éstos, y de la Baniszewski misma, en mitad de una América colorista y feliz muy similar a la retratada por George Lucas en American Graffiti. La comparación entre ambas películas, además de aportar un necesario toque de ironía al título que nos ocupa, resulta muy pertinente, porque, para ser honestos, en ella reside buena parte del interés del largometraje. En otras palabras: An American Crime funciona como el reverso tenebroso de American Graffiti, pero tanto el film de Lucas como el de O´Haver son tan americanos como ventilarse dos cajas de Dunkin Donuts viendo la final de la Superbowl en compañía de un tipo vestido de Elvis. Ni más ni menos. |
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Y dicho esto, pongámonos serios, pues la historia, por eso de estar inspirada en hechos reales (algo que cada vez más gente confunde con la palabra de Dios, aún cuando es evidente que lo más próximo a la verdad reside siempre en la ficción y eso no solemos alabarlo señor), se merece cierta solemnidad. Tal vez no tanta como busca imprimirle su director, pero si al menos la necesaria para abordar la trama con cierto respeto. Esto último se convierte en algo peliagudo cuando uno, debajo de la apariencia de denuncia del horror humano del conjunto, raspa un poco con el canto de la uña y encuentra una ecuación milimétricamente diseñada para cautivar al espectador. Paso a transcribírsela del tirón: Réquiem+El Sexto Sentido+La Pasión+American Graffiti+cualquier peli chusca de juicios de sobremesa=An American Crime. No falla. Ni tampoco cuela. Las buenas ecuaciones suelen ser más cortas, y ya se sabe que el que mucho abarca poco aprieta, sobre todo en el mundo del cine, donde abarcar mucho equivale a fagocitar otros productos y, por tanto, a diluir la personalidad propia del que se pretende desarrollar en un mar de referencias incompatibles. El momento de la película que refleja mejor la inestabilidad del batiburrillo, es aquel en que el director y su guionista tienen la ocurrencia de sacarse de la manga una de esas secuencias oníricas y engañosas de corta y pega a cuyo término nos enteramos, ¡oh, sorpresa!, de que el personaje de Sylvia Likens está… mejor ni decirlo, pero sólo una pista: la respuesta no es soñando.
Con todo, An American Crime se deja ver mejor que algunos partidos de la Eurocopa y no hay en ella presencias tan crispantes como las de Manu Carreño, Manolo Lama y demás destripaterrones del deporte televisivo, ni mucho menos cancioncillas tan farragosas como el omnipresente y cansino “podemos” creado por Cuatro para zombificarnos durante los encuentros y que veamos a continuación sus habitualmente mediocres programas. En su lugar, Tommy O´Haver cuenta con dos de las mejores actrices del panorama audiovisual norteamericano, ambas en estado de gracia: la Ellen Page de Juno y Hard Candy demostrando que domina con facilidad cualquier registro que se le ponga a tiro independientemente de su truculencia, y la Catherine Keener de Capote y Hacia Rutas Salvajes, que humaniza su papel de sádica despiadada a partir de un caleidoscopio de sutilezas interpretativas al alcance de muy pocas celebridades con mucha más fama y reconocimiento que ella.
De modo que así están las cosas y así se las he contado: una película demasiado formularia así como pretenciosa en su recreación de unos hechos abominables, pero que, desde un punto de vista estrictamente cinematográfico, sólo saca nota en lo que al trabajo de sus protagonistas se refiere y su irónico juego de contrastes. El resto, bastante más normal que la historia que nos cuenta. Por suerte.
| | Viernes 20 de junio de 2008 |
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| "El Incidente": La naturaleza es Shyamalan |
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| Posiblemente cuando lean estas líneas ya habrán leído unas cuantas más plagadas de piropos esdrújulos hacia la labor como realizador y guionista del director de origen indio M.Night Shyamalan, responsable último de obras capitales del cine reciente como El Sexto Sentido, El Protegido o Señales. Y cuando hablo de “piropos” no me refiero a frases ingeniosas de obrero con las hormonas desatadas ensalzando sus méritos artísticos, sino, más bien, a lo contrario: retahílas de comentarios despectivos e hirientes deliberadamente diseñados para asaetear su proverbial egolatría y afán de trascendencia. Ocurrió con El Bosque en su momento (una obra maestra incomprendida por sus coetáneos, como todas las obras maestras), con La Joven del Agua (película que bajo su apariencia de delirio autoral mostraba una rebeldía creativa a prueba de bombas) y de forma inevitable ocurrirá ahora con este El Incidente, que continúa ahondando sin complejos en las miserias de una humanidad desamparada para, sin ofrecer ningún tipo de concesiones a la convencionalidad, narrar una historia tan desconcertante como compleja en su discurso. |
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Pero vayamos por partes. La última película de Shyamalan es, casi con total seguridad, la más floja de su carrera en términos de narrativa cinematográfica. Hay en ella muchos destellos de genialidad en cuanto a puesta en escena, varias ideas de un calado desopilante, y algún que otro diálogo para el recuerdo, pero la pobre interpretación de Mark Wahlberg, cierta dispersión temática fruto de un exceso de ambición, y varias caídas en picado del ritmo de la historia, lastran el film hasta el punto de convertirlo, por momentos, en algo tan personal que roza lo ridículo. Nada nuevo bajo el sol. Cualquiera que conozca la filmografía de este genio del cine devoto de Spielberg y Alfred Hitchcock sabe que su personalidad reside, precisamente, en el eclecticismo desarmante de sus propuestas.
Shyamalan tiene un don para transmutar lo comercial en cine de autor (y viceversa), un talento fuera de lo común para generar sensaciones hipnóticas en el espectador mezclando lo trascendente con lo cotidiano, lo irrisorio con lo esencial, y por supuesto, para generar vórtices de polémica a su alrededor que dividen a público y crítica entre aquellos detractores inclementes de su forma de entender el cine y aquellos otros que la defienden a ultranza. Desde este punto de vista, el mayor valor de El Incidente lo hallamos en la inquebrantabilidad de los postulados éticos y estéticos de su máximo responsable creativo, un tipo al que parece darle exactamente lo mismo lo que la gente pueda pensar de sus criaturas siempre y cuando lleguen al corazón de alguien, tal y como él mismo declaró en su mesiánica intervención en plano corto de La Joven del Agua.
Todo el mundo esperaba con ansia El Incidente porque su premisa argumental (la naturaleza se rebela segregando una toxina que incita a la gente a suicidarse) invitaba a frotarse las manos con la ilusión de ver un nuevo largometraje de intriga con twist final imprevisible. No es así. Aunque la búsqueda de la redención constituya uno de los pilares fundacionales de la obra de Shyamalan, nuestro hombre no está interesado en absoluto en ella como eje de su propia trayectoria. De ahí que el film carezca de la espectacularidad de El Sexto Sentido, del aroma de celuloide de culto que desprendía El Protegido, del elíptico sentido del suspense de Señales, del apabullante poderío visual de El Bosque, o de la atmósfera de cuento de hadas para adultos de la Joven del Agua. Sin embargo, todas estas aparentes renuncias a su propia esencia culminan, contra todo pronóstico, en la que tal vez sea la historia más densa y comprometida de su autor. Que en esta ocasión no haya sido capaz de encontrar la argamasa con la que unir todas sus, siempre plausibles, apreciaciones sobre el hombre y sus circunstancias, no implica que se le haya extraviado el talento por el camino. De hecho, gustos personales al margen, El Incidente acabará convirtiéndose con el paso de los años, y puesto que la naturaleza es sabia, en una pieza clave del audiovisual (fallido) moderno. Tiempo al tiempo.
| | Sábado 14 de junio de 2008 |
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