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Festival del vino 2016 - D. O. Somontano
Francisco Cano Carmona
Francisco Cano Carmona nace en Vera (Almería) en 1989. En 2008 comienza sus estudios de Traducción e Interpretación en la Universidad de Granada en las especialidades de inglés y francés, que complementará con estudios de italiano, alemán, portugués y lengua de signos española. En 2014 termina un máster en Museología a través del Instituto Iberoamericano de Museología.

Tras haber viajado por varios países europeos, decide complementar su formación con estancias en Dublín y Cambridge, y completarla en 2011 con una estancia en Roma. Fruto de estas experiencias es el blog “Por caminos y ciudades” y su interés por el turismo, la historia y la etnología.

Ha colaborado con medios de comunicación como la plataforma de noticias Suite101 y con Diario Siglo XXI. Actualmente dirige su propia agencia de traducción en Murcia, tarea que compagina con su actividad política.

Email: franccc.ve@gmail.com
Francisco Cano Carmona
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Misterios y leyendas de Murcia
La provincia cuenta con un buen puñado de leyendas
En el vasto campo de las leyendas y misterios, todas las ciudades compiten por ser la que cuente con el más extravagante, extraño o célebre. Y, ciertamente, algunas ciudades españolas como Granada, o especialmente las mexicanas, son archiconocidas por sus cuentos y leyendas.

En esta particular pugna, Murcia no se queda atrás, ya que cuenta con un buen puñado de leyendas como las que se presentan a continuación.

Leyenda del campanero
Se dice que en Murcia hubo un joven pendenciero que traía a sus padres de cabeza: no gustaba de trabajar, no aprendía ni a hacer la “o” con un canuto, y pasaba el día de taberna en taberna. Desesperados, los progenitores lo llevaron al convento de los dominicos, donde, tras mucho sufrimiento y viéndose expulsado, aprendió el arte de la adulación.

Y tan bien aprendió el arte, que los monjes le concedieron el cargo de campanero en la catedral de Murcia; pero pronto volvió el joven a las andadas y pasaba los días durmiendo las borracheras que cogía de noche, por lo que las campanas de la catedral no sonaban.

Cuentan que, borracho como iba, fue a tañer las campanas; pero, sin que se diera cuenta, una de ellas lo enganchó y lo lanzó por los aires fuera del campanario hasta el tejado de una casa vecina. Al verlo, las gentes pensaron que era obra del demonio, aunque el joven pronto dio explicaciones de lo ocurrido.

Desde entonces en Murcia existe el refrán que dice que “el vino más bueno, para el que no sabe mearlo, es veneno”.

La Virgen de los Remedios o del Cuello Tuerto
Dicen que en la Murcia del siglo XVII emergió de las aguas una pesada imagen de la Virgen de los Remedios, y que muchos fueron quienes trataron de sacarla del río sin poder, hasta que los padres mercedarios lo lograron cuando recibieron el anuncio de que debían ser ellos.

Pero esta, aunque interesante, no es la leyenda que nos ocupa. Según reza la leyenda, un joven donjuán iba tras una bella y lozana dama para beneficiarse de sus carnes. Ésta, que veía ya poco efectivos sus intentos por no dejarse caer en las redes del caballero, le hizo prometer ante la mencionada virgen que se casaría con ella si se dejaba besar, a lo que el joven accedió de buen grado.

El tiempo pasó y el joven, lejos de cumplir su promesa, se jactaba por las tabernas de haber retozado con aquella moza sin haber empeñado palabra alguna. Por esta razón, la murciana llevó al joven ante la Virgen de los Remedios y preguntó si era cierta o no la promesa empeñada tiempo atrás. Dicen que la Virgen inclinó la cabeza para confirmar la promesa y desde entonces se la conoce como la Virgen del Cuello Tuerto.

Los incendios del Teatro Romea
El edificio que alberga el actual Teatro Romea fue propiedad de la Iglesia, concretamente de la orden de Santo Domingo, también convento de la ciudad; y fue uno de los tantos bienes arrebatados a la institución eclesiástica durante una de las desamortizaciones del siglo XIX. Dichas desamortizaciones afectaron al convento de Santo Domingo en la medida en la que le fueron retirados el huerto y el cementerio, que posteriormente fue trasladado y sobre el que se levantó el teatro.

Hasta aquí lo que por la ciencia histórica sabemos con certeza. La leyenda comienza cuando un monje del mencionado convento, descontento con el traslado de los restos sepultados en el cementerio y la construcción en él del espacio público, maldijo la obra y la condenó a arder hasta tres veces. De acuerdo con la profecía, en el primer incendio, que se produjo en 1877, no moriría nadie, y así fue; en el segundo, en 1889, fallecería una persona, y así se cumplió.

El tercero de los incendios ha de llegar todavía de acuerdo con la maldición, y en esta ocasión, todo el público ha de perecer. Verdad o mentira, los murcianos parecen convivir sin miedo con la profecía.

Los fantasmas del preventorio
Los sanatorios para enfermos mentales, tuberculosos y orfanatos han estado siempre rodeados de misterio y leyendas de fantasmas y fenómenos extraños. No hay edificio de este tipo que escape a la imaginación popular. Y el de Sierra Espuña no podía ser una excepción.

El edificio se levantó a principios del siglo XX para tratar la tuberculosis, y estuvo en funcionamiento hasta la década de 1960; pese a que numerosos proyectos públicos lo ponen en valor nuevamente, en 1995 se da definitivamente por abandonado, aunque no por olvidado, pues rápidamente empezaron las historias de apariciones, de extraños ruidos, de seres de otro mundo que campaban a sus anchas entre los viejos muros del sanatorio y en los bosques colindantes.

Sin duda, los ruidos del bosque, el frío, el aspecto tétrico del edificio y la sugestión han jugado malas pasadas a quienes han hecho noche cerca y a quienes lo visitan. Mito o realidad, el sanatorio es un símbolo más de la infinidad de leyendas y misterios que viven, a veces olvidadas casi, en esa Murcia mágica y fantástica.
lunes, 9 de mayo de 2016.
 
Calles de leyenda en México
Un breve paseo por el país
Las leyendas son patrimonio de los pueblos. En todos los sentidos. Los mitos y las historias nacen de y dan forma a las comunidades humanas, pero también forman parte de sus espacios físicos. Así, pasear por las calles de las ciudades es una magnífica oportunidad para envolverse en los cuentos que las habitan.

En este sentido, pasear por México, que es de por sí un país lleno de misterios, tradición y leyenda, supone una ocasión como pocas para descubrir lo que ofrecen las calles de pueblos que han sido centro de la historia de Europa y América, de civilizaciones precolombinas y de gestas colonizadoras. Éste es uno de esos breves paseos.

La calle del indio triste
Hubo una vez en México dos calles llamadas “del indio triste” en honor a esta singular leyenda de principios del período colonial, según la cual, un noble indio americano se acogió a la protección de los españoles cuando estos tomaron posesión del país, exactamente igual que otros cientos de nobles nativos.

La política española era simple: colocar a las élites nativas al cargo de la paz y la seguridad de las zonas conquistadas, que los servirían a cambio de privilegios políticos, sociales y, por supuesto, económicos. Y quienes no se sumaron voluntariamente a las políticas hispanas, lo hicieron por la fuerza.

Según cuenta la leyenda, este noble indio se convirtió en el más hispano de todos, además de en el mejor cristiano que Nueva España viera en siglos; pero secretamente seguía adorando a sus antiguos dioses, incluso llevando a cabo sus ritos y tradiciones, mientras su casa se llenaba de lujos como premio a su buen hacer para con los españoles. Dicen que aquel noble terminó muerto en medio de profundas crisis personales y nadie más se acordó de él.

La calle de don Juan Manuel
Cuenta la leyenda que don Juan Manuel era un hombre que lo tenía todo: riquezas sin fin, una esposa que bien podía competir en belleza con las más bellas representaciones divinas, y un estatus social acorde a los grandes nombres españoles que habían sabido hacer fortuna en el Nuevo Mundo. Mas no tenía lo que más ansiaba, que no era otra cosa sino un hijo.

Desolado, decidió el caballero dedicar su vida a la Iglesia, habida cuenta de que jamás tendría descendencia. De este modo, hizo llamar a su sobrino desde España para que administrara sus negocios, y comunicó la decisión a su esposa, quien tomó la situación con resignación; aunque, a juicio de su esposo, con demasiada resignación, lo que le hizo sospechar que su mujer podía tener un amante. Celoso, el caballero pactó con el Diablo para que le permitiera dar caza al amante de su esposa, y éste le dijo que cada noche debía matar al primer hombre que, a las once, pasara por su calle.

Así lo hizo durante muchas semanas, hasta que un día el asesinado resultó ser su amado sobrino, a quien había llegado a querer como a un hijo. Desesperado ante el crimen, corrió a un convento franciscano donde le impusieron por penitencia rezar un rosario cada noche durante tres noches a los pies de la horca municipal. Así quiso hacerlo el desgraciado celoso, mas la primera y la segunda noche no pudo terminar el rosario, pues se aparecían ante él extrañas formas espectrales. Convencido de que era su penitencia, la tercera noche se acercó a la horca para terminar el rosario.

Nadie sabe si lo terminó, pero don Juan Manuel amaneció colgado de la soga y ya nadie se atreve a pasar por la que fuera su calle a las once de la noche.

La calle de La Quemada
Cuenta la leyenda que vivía en México un acaudalado caballero español, que había sabido hacer fortuna en Nueva España, llamado Gonzalo Espinosa de Guevara. Vivía con su hermosa hija Beatriz, que por ser rica, bondadosa con los más necesitados y la más hermosa mujer que pisara el mundo, estuvo siempre rodeada de pretendientes a los que ella rechazaba cortésmente.

Un día llegó a la ciudad un italiano llamado Martin de Scopoli, marqués del Piamonte y de Franteschelo, quien no sólo cayó presa de los encantos de la joven Beatriz, sino que la enamoró sinceramente al poco de llegar. Tal fue el amor que éste sintió, quese apostaba bajo la ventana de la joven y mataba a cuantos pasaran por allí con aires galantes, lo que terminó causando un hondo penar en Beatriz, quien tramó un perfecto plan para acabar con el amor del italiano.

En un triste día en el que vino la española a quedar sola en casa, preparó un brasero ardiente y, con invocaciones a Santa Lucía, introdujo con fuerza la cabeza en él para quedar para siempre con el rostro desfigurado por el fuego. Contrariamente a su plan, empero, el joven marqués la amó toda su vida y la pidió en matrimonio. Se dice que Beatriz Espinosa nunca más volvió a mostrar el rostro en público, y desde entonces su calle fue conocida como la de la Quemada en recuerdo a aquel triste suceso.

El callejón del muerto
Mucho más tétrica y tenebrosa es la historia de don Tristán de Alzúcer, un rico empresario que, viendo que su negocio en Filipinas aflojaba, envió a su hijo a Nueva España para que allí abriera camino. Pero lo que abió fueron las carnes de las fiebres que contrajo y que casi lo llevan al cementerio de no ser porque su padre, devoto creyente, prometió a la Virgen caminar en peregrinación hasta su santuario si el hijo sanaba.

Sano su hijo y hecho el reencuentro, llegaron tiempos de bonanza para la familia, que pronto se olvidó de la promesa hasta que, un día, don Tristán fue a ver su amigo el arzobispo, quien tras conocer la historia, afirmó que no era necesario cumplir la promesa siempre que rezara a la Virgen por sus dones.

Así ocurrió que fue poco después el arzobispo a devolver la visita al mercader cuando lo vio acercarse, demacrado y envuelto en una vieja sábana amarillenta, subiendo por la calle camino al santuario y sin mediar casi palabra. Cuando el arzobispo llegó a casa de don Tristán, lo vio muerto entre cuatro cirios, cubierto por la amarillenta mortaja. Según se supo, fue su espíritu el que sigue recorriendo hoy el camino hasta el santuario mariano en cumplimiento de aquella promesa; y desde entonces se conoce a aquella calle como el callejón del muerto.
lunes, 2 de mayo de 2016.
 
Leyendas del México colonial
Uno de los países más mágicos se abre a nosotros
Como ya se ha dicho en publicaciones anteriores, México es un lugar rico en tradiciones, recursos, gentes e historias. Tras un repaso por cuatro leyendas y mitos prehispánicos, llega el momento de dar un más que breve paseo por cuatro leyendas que se cuentan del México colonial.

Una vez más, y no será la última, uno de los países más mágicos del mundo, se abre ante nosotros para que lo descubramos a través de las historias que, de un modo u otro, lo marcaron.

El Armado
En Ciudad de México, cuando ésta era capital del Virreinato de Nueva España, existía un triste caballero cuya historia ha pasado de generación en generación y que ha dejado huella incluso en el callejero mexicano.

De acuerdo con la leyenda, a comienzos del siglo XVI, era frecuente ver a un caballero español que día tras día recorría, ataviado con su pesada armadura, la distancia que separaba su morada del convento de San Francisco. Lo extraño de su aparición es que a lo largo de su itinerario, el caballero dejaba escapar largos suspiros y quejumbrosos lamentos que acompañaban sus pasos hasta el citado convento, donde se postraba orante, entre sollozos y súplicas de perdón, ante la capilla del Señor de Burgos.

Aquella acción era repetida diariamente, y al salir del convento iba el caballero a otro, y seguía su peregrinaje hasta que llegaba la medianoche ante la atónita mirada de los vecinos de la ciudad, que se preguntaban qué clase de pecado habría cometido para cargar con semejante culpa. Mas nadie se atrevió nunca a preguntar.

Según cuentan la gentes, un día volvió su criada a casa y encontró al Armado, como lo habían bautizado los vecinos, colgando sin vida del balcón de la casona. Sin que nada pudiera hacerse por él ya, fue enterrado ese mismo día, pero todavía las gentes que a deshoras pasean por las calles cercanas al conocido como callejón del Armado, se han encontrado con el fantasma del caballero que, ahorcado todavía, sigue llorando, gimiendo, y pidiendo perdón.

El fraile que no se mojaba
Si la conquista del Nuevo Mundo fue la salida de la carrera militar que parecía tocar fondo con la caída del último bastión nazarí en España, también fue el nuevo campo de batalla por la salvación de las almas. Y por todos es conocida la importante huella dejada por la Iglesia tanto en España como en América.

Esta historia comienza en 1700 con el nacimiento de quien se convertiría en fray Agustín de San José, un monje castellano que fue a parar a México, donde predicó y ayudó a los más necesitados durante más de sesenta años hasta su muerte en 1778. Se decía de él que no había mal que no sanara ni pena que no espantara; si a la puerta del convento se acercaba alguien a pedir, fray Agustín daba cuanto tenía, y jamás obtuvo nada más allá de alguna olla que los vecinos más apegados le llevaban para que calmara el hambre. Fue, en verdad y a tenor de lo que de él todavía se cuenta, un hombre santo.

Tan santo era aquel monje español, que se cuenta que acudió en una ocasión a sanar a un vecino de un pueblo cercano para quien el médico no hallaba remedio, y que lo sorprendió una fuerte tormenta como pocas en las región. Al llegar el buen hombre a casa del médico, éste comprobó, y así lo registró, que el fraile estaba completamente seco. Tal era su fervor, que Dios lo protegía incluso de la lluvia.

Los polvos del Virrey
Un gran imperio necesitaba de un extenso funcionariado para ser controlado. Y esta leyenda tiene por protagonista a uno de aquellos españoles enviados a las Indias como funcionarios. Un español más, uno de tantos, que supo hacer fortuna en América más por su picaresca que por su empresarialidad.

Don Bonifacio era un hombre pobre, casado y con doce hijos, que malvivía como escribiente del virrey de Nueva España. Su vida no había sido nunca ni la del propio virrey, ni la de un conquistador, ni la de uno de aquellos indianos de fortuna; sino todo los contrario. Hasta que un día, por arte de esa tan aclamada picaresca española, decidió cambiar su suerte: salió antes del trabajo y corrió a apostarse cerca de la puerta del virrey que, a su salida, encontrando a Bonifacio, le ofreció un poco de sus polvos de rapé.

Repitió el funcionario la misma maniobra durante días hasta que comenzó a correrse la voz de que era el desgraciado un hombre influyente, lo que suponía entonces, como ahora, dádivas y regalos a montones de individuos deseosos de obtener algún favor. En poco tiempo, el que no habñia tenido una moneda ahorrada en su vida, se convirtió en hombre, no rico, pero sí de buena posición.

Se dice que, aunque el virrey descubrió la treta, no pudo castigarlo porque, a fin de cuentas, la picaresca no puede ser punible.

Las costillas del Diablo
En el libro “Sorprendentes mitos y leyendas coloniales” se narra la historia que aconteció al Diablo cuando México aún estaba gobernada por los españoles. Ocurrió que en un monte de Tepotzotlán, uno de los pueblos más mágicos del país, el Diablo descubrió una piedra volcánica que le pareció de lo más hermosa; tanto así, que quiso llevársela a los oscuros abismos.

Resolvió atar la piedra y tirar de ella con toda la fuerza que pudiera encontrar, pero esfuerzo resultó inútil, ya que la piedra permaneció bien sujeta al suelo. Lo que sí logró el demonio fue que, del esfuerzo, sus costillas quedaran marcadas en la tierra, lo que la convirtió en maldita desde aquel día en adelante.

De hecho, en la ciudad se cuentan numerosas leyendas relacionadas con aquel y otros sucesos, como el encantamiento de la campana de 1762, o los numerosos aquelarres que tuvieron lugar en los montes circundantes, tal vez como consecuencia del contacto de la zona con el Diablo.
jueves, 28 de abril de 2016.
 
 
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