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Aurora Peregrina Varela Rodriguez
Aurora Peregrina Varela Rodriguez
Capítulo 1: Señores, Alejandra pude haber sido yo, o tú

Unnamed 4

Novela fácil de leer, escrito en lenguaje coloquial venezolano y con temática del país. Lleno de caminos por transitar, es la historia de una mujer sencilla, que demostró ser bárbara.

Alejandra era una mujer de verdad, no un personaje fantástico de novela usada que por repetirse ya nadie ve.

Alejandra se sentía hombre, un señor de ideas claras de pies a cabeza para las decisiones de la casa, y vaya hogar, más de uno hubiera deseado tenerla. Ella no era de las que se casaban por amor, ella veía algo más, los hombres por los que se siente amor son de usar y tirar y nunca acaban a tu lado, sin más. Así lo llegara a pensar… puede que un par de veces.

Esa era Alejandra, una mujer que había crecido como una mujer, no como una mujercita. Una mujerona, que además, llamaba la atención allí por donde pasaba. Era esbelta, de pelo largo y negro al igual que sus ojos, tez morena, más de uno la hubiera deseado para sí para toda la vida, pero ella elegía y entre sus pretensiones no se incluían a los hombrecitos, aprovechados a sus ojos de su fortuna. Era bárbara no una mujer común ni fácil de conquistar. Toda una leyenda, desde pequeña destacó entre los grupos por su valentía, su toma de riendas, su torcer y saber transitar por los caminos sin derrochar ni una lágrima por lo que se va perdiendo.

Desde niña aprendió, vaya ironía, a no llorar por los muertos, ni los de su familia. Por su primo hermano del alma no dejó de dormir ni una noche, ni de ver sus películas favoritas, no le importaba demasiado. No era más que un hombre más, ¿qué es eso?, un hombre siempre está de más, un primo hermano que la quería dominar, pero ella no era de esas. Nadie de su familia controlaría sus acciones.

Esa era Alejandra. Así se daba a conocer entre todos, así y nada más, como había decidido ser, control del control hasta su muerte si preciso era.

Era todo en este mundo para los que la conocían. Pocos saben lo que quieren desde pequeños, pocos saben por donde se hace buen senderismo, pocos donde arriesgar hasta que los límites no supongan la muerte, pero a ella, siempre la admiraron y quisieron… en secreto.

Por ser joven y hermosa, ¿quién, en principio, querría poner fin a unos días de tanta prepotencia como los suyos?, de tanta serena mirada que de amor pasa al odio en un breve instante. ¿Quién querría dejar de verla crecer y convertirse en una mujer?, ver que pasaba con ella. Nadie, allí nadie.

Era un experimento difícil que hacía soñar a muchos, su evolución, su transformación, su poder de convencimiento, era como un marciano extraordinario.

Alejandra, Alejandra, cuantos te soñaron y te han querido bien, cuantos desearon tú corazón de niña que creció en solitario con sus ideas aunque dentro de una gran familia que te cuidó y quiso de verdad.

Alejandra, eras como la luna y el sol, creada por Dios y esperando su divina compasión, esa era Alejandra, así de importante, como un meteorito que cae, como quien quiera que fuera quisiera catalogarla aquí y ahora, así era, sin más, esa amiga noble: doña Alejandra.

Tú, que convertiste en un idiota loco a más de un hombre por tu sagradísimo amor de melón, pues desprecio le dabas cuando ilusión y esperanza no podías brindarles en bandejita de plata. Alejandrita, morena de dentro afuera, pues el mismo sol te quería con todas sus fuerzas y esa era tu mejor arma secreta.

Bárbara por defender lo tuyo, lo propio, las ideas que te surgían de tu cabeza, de tu interior que estaba íntimamente conectado con Dios, sin dudas, tu creador.

Niña, que hacías sombra a los astros, a los cometas, a los hermosos paisajes, al mar, al viento, a lindos ríos, cascadas, días de sol, a la misma alegría.

Alejandra cuantos te querían ¿y tú?, tú, nada.

Alejandra, Alejandra, leyenda de tu pueblo de ricachones, de tus ideas tan tuyas que daban miedo, diferentes a las del resto, únicas.

De andar armonioso y decidido, de mirar poco cariñoso o que convence a todos, bendita tú Alejandra, que hiciste soñar a más de uno que aunque no podía tenerte no buscaba la privacidad de “no verte”, pues tú andabas por ahí como una mujer muy contenta, con escote redondo y con minifalda o pantalones azules, sin pena ni gloria y dejándote ver, Alejandra… que si el pueblo creció en población e interés, fue por ti, porque querían verte y estar cerca tuyo. Aunque parezca mentira hay quienes de sueños hacen su vida y muchos vivieron pensando en tu cercanía... aún siendo los venezolanos todos distintos, como agua y aceite, luz y tinieblas. Varonil criatura con cuerpo de mujer, cual sería la elección de un ser así, ¿con quién se casaría?, ¿a quien elegiría para su amor compartir y toda su serenidad y radiante belleza?.

Vivía en un pueblo cerca de Caracas, tenía muchas casas de diferentes formas, cada vez más, cuentan… que por ella. Tenían una casita blanca, grande y de cuatro plantas, que parecía más bien un castillo, había más así en el pueblo, pero no todas eran blancas, como la suya.

Su habitación era muy grande y hermosa, amueblada a todo lujo, con los mejores cuadros y una cama de cabezal blanco con figuras de flores talladas en la madera de roble. Pobre árbol.

Su madre era muy dulce y cariñosa y no hacía más que mimarla y su padre se enorgullecía de su indiscutible carácter masculino.

En la caballeriza, el caballo más bonito le pertenecía. Era blanco, grande, llegó a ganar un par de concursos nacionales de relevancia, aunque muchos dicen que los ganó por ser ella su dueña. Era realmente hermoso, su cabello largo, a veces en trenzas, su andar moderado. Todo en el era un acierto de su raza.

Desde pequeña tuvo claro que quería estudiar y ser alguien útil, no cualquier cosa, “alguien”, que se dice pronto y que cuesta otro tanto como lo que más cuesta en la vida.

Alejandra no se chupaba el dedo. Eso ya lo hacían otros por ella. Iba al grano. A veces, todo hay que decirlo, el grano… iba a ella. No es ninguna mentira, es una realidad como una casa de piedra en Nigrueirgha. Como pocas realidades en la vida. Era así, sincera hasta los extremos de no importarle herir sentimientos ajenos. Hasta esos mismísimos extremos.

Con una simple mirada gatuna, conocía quienes no merecían vivir, lo tenía clarísimo, en ocasiones, sin palabras, sencillamente con su presencia unos segundos. No es mentira.

El padre de Alejandra leía el periódico de Chunquiespals Urphulletgs por las noches, era muy robusto y cuando le dolía la espalda andaba con dos palos de escoba, cuando tosía se ponía rojo. Ella sentía mucho cariño por él. Lo necesitaba como a nadie, pero no lo comentaba, lo llevaba dentro y no lo exteriorizaba. Su muerte era lo único que creía realmente, que podría ocasionarle “verdadero daño”.

Tenía además, un gato persa, no podía ser de otra forma, era su raza favorita. Un persa atigrado de gran valor, que todo hay que decirlo, lo encontrara en la calle, con heridas en la cara que ella curó con la ayuda de una hermana y de su madre.

Ese felino estaba muchas noches en su habitación, ocupando un sofá precioso de gran valor con una cubierta del famoso encaje de Chimbarriñak. A nadie le importaba, ver ese gatito cómodamente aposentado en la habitación expresando amor y bienestar, pues era un ser realmente importante para la mayoría de los miembros de la familia.

Ese animalito llegó a significar mucho para ella, era su primera mascota. La más querida y preciada, la que sus pasos encontraron. Nada más ni nada menos. Eso era. Todo un símil de la satisfacción de un deseo, el de poseer un ser vivo hermoso, tenerlo en casa y ser uno más que mira, come, habla, pide de comer, araña, que te busca, te da besos, te recibe cuando vienes de afuera, te maúlla y sabes… existe. Que te quiere y te lo demuestra.

Alejandra, mujer que a saber si llegará a madre, que nadie dé espaldarazo a tu ilusión de ser tú ante todo y sobre todo pues eso es lo más bonito que existe en esta tierra a los ojos de un mortal.

A Alejandra le gustaban los animales y estaba orgullosa de los que tenía, un caballo negro, hermoso, muy valioso para ella pues era de su gusto y un gatito, el gatito que Dios pusiera delante de sus ojos y que ella quiso desde el primer día con un amor especial, muy especial, que no se dude.

Fémina de nombre bonito, que llamó a su caballo Conde, al perro de la casa Duque y al gatito de sus sueños don Minio Gregorio. Alejandra, sombra de nada, pues resplandecías sobre todo, y sobre todo estabas tú, tú y noventa y nueve veces tú: Alejandra.

Tú, que fuiste la amiga más querida de Laura Ignacia. Te admiraba porque siendo tú algo más rica le seguías hablando, eso, aún siendo ella, como he dicho, menos adinerada, con menos dólares, que se dice. La apreciabas porque la considerabas sincera, una hermana mayor en la que confiar, leal. Y eso no se encuentra a cada paso ni hoy por hoy.

Alejandra, virtud de quien te conoce, pues de dura mujer podías pasar a ser dulce como un caramelo de dulce de leche, divina como un caramelo rico, sabroso, apetecible hasta por los que odian el azúcar.

Artículos del autor

Los de mi carita de mona, claro está. Estado Juarrixú Norte.
de amor en el Ocaso de Yarrakuís...
Esas palabras que llenaron el corazón tuyo, como también llenaron mi aparente pero en el fondo real confusión.
Te repetiré centenares y miles de veces: “que no es un buen amor”…
A mí me queda la satisfacción de haberle conocido, de tenerlo en mis recuerdos para siempre.
Mejor solo que mal acompañado. También a saber como serían tus hijos si los tuvieras, hay muchos hijos que no quieren a sus padres. Y para concluir, aún puede que te cases, así que no llores niña.
Estaba orgullosa de él, nos hablábamos por teléfono, nos mandábamos e-mails, yo siempre con mis locuras de joven y él con la serenidad de un viejo.
Un día decidieron mudarse a una ciudad más grande. Tenían experiencia en sus trabajos y unos ahorros con los que comenzarían a comprar una vivienda.
 
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