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Antonio David Ruiz
La Otra Orilla


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Antonio David Ruiz
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Luchar contra la pobreza en Europa
El viejo continente se encuentra en una espiral de recortes y austeridad que atrapa a las clases medias y amenaza el Estado del Bienestar
La pobreza en Europa crece y atrapa a las clases medias. Hace unos años era corriente tener tres comidas calientes al día. Comprar una casa parecía lo normal, sin sospechar que eso hipotecaría el futuro de miles de familias. Nadie se imaginó el paisaje con personas que acuden a los contenedores de las grandes superficies en busca de alimentos desechados. No se trata de mendigos, sino de personas de clase media que han perdido su trabajo, su principal fuente de ingreso. Son los mismos ciudadanos que hace pocos años ayudaban en los comedores sociales como voluntarios, y que ahora se ven en la necesidad de acudir a estos centros para comer.

La pobreza en la Unión Europea va  más allá de la desigualdad económica y trasciende los hasta ahora perfiles de personas en riesgo de exclusión social: niños y ancianos, mujeres e inmigrantes. En 2009 existían, en la Europa de los 27, alrededor de 115 millones de personas en riesgo de pobreza y exclusión social, lo que supone el 23,1% de la población, según fuentes oficiales. Dos años antes de la crisis, en 2007, cerca de 85 millones de ciudadanos europeos se encontraban por debajo del umbral de pobreza relativa.

¿Qué significa “ser pobre” en un contexto “sólido y estable” como la Unión Europea? En España se considera pobreza ingresar menos de 8.000 euros al año, según el Centro Superior de Investigaciones Científicas en 2010. Esta pobreza no es accidental. La sociedad se ha movido al ritmo frenético que marcaba el modelo de consumo desaforado. Se nos vendía que ser era lo mismo que tener, y se confundían las verdaderas necesidades con las artificiales.

La crisis actual deja una tasa de paro juvenil de 48,5 %, más de 6,4 millones de menores de 25 años en España han perdido la esperanza de encontrar trabajo. La  tasa más alta de los países de la Unión Europea, según fuentes de la Organización Internacional del Trabajo. Cientos de jóvenes se emanciparon durante la burbuja económica de hace unos años sin prever las posibles consecuencias. Ahora vuelven a casa de sus padres con las maletas y, en algunos casos, con hijos y sin un horizonte laboral estable.

La marginación tiene nuevos rostros relacionados con la precariedad laboral,  deficiencias en la formación, el encarecimiento y la dificultad en el  acceso a una vivienda digna, la falta de participación en la vida democrática de un país. Y sobre todo un descenso en la autoestima que los hace sentirse frustrados, como si nadie tuviera necesidad de ellos. Un cúmulo de factores que crecen a la sombra del desmantelamiento progresivo del Estado del Bienestar. Los recortes en la cobertura pública y la destrucción de los fondos  de ayuda europeos dificultan el intento de atajar las nuevas situaciones de desigualdad. Las políticas de austeridad implantadas en la Unión Europea han sido determinantes para socavar todo aquello que tanto había costado conseguir tras la Segunda Guerra Mundial. En palabras de Paul Krugman, Nobel de Economía, “el resultado de esta política de austeridad es la recesión económica que se avecina en Europa".

Para superar  esta crisis la Unión Europea “necesita una economía inteligente e integradora que disfrute de altos niveles de empleo, de productividad y de cohesión social”.  Eso es lo que se pretende con la nueva estrategia “Europa 2020”, en palabras de Durao Barroso, presidente de la Comisión Europea. El  nuevo plan  intenta corregir el fracaso de la anterior estrategia, acordada en Lisboa. Tiene como objetivo de referencia sacar al menos a 20 millones de personas en riesgo de exclusión social. Con “Europa 2020”, la Unión Europea propone una visión de economía social de mercado para el siglo XXI, dónde se apueste por un crecimiento inteligente, sostenible e integrador. Europa necesita un rescate social más que financiero.

viernes, 10 de febrero de 2012.
 
La socialización de lo vulgar
La manera de comunicarnos puede ser un buen indicador para mostrar los valores de una sociedad y el estado en que se encuentra su higiene democrática
A diario se puede comprobar en los medios de comunicación, cómo el insulto y la violencia verbalizada enrarece la actividad diaria de un país.  Es algo que va más allá de una crisis de valores. Existe una degradación en el lenguaje público, que desprecia el significado de las palabras, y hay por tanto un descuido en las formas. Al comunicarnos a veces las formas son también el fondo. ¿Por qué pasamos del argumento al insulto sin pestañear?

El filósofo Emilio Lledó lo llama “lenguaje basura”. Descuidar el lenguaje es en sí una falta de respeto y en ocasiones es otra manera de insultarse. El menospreciar al del frente se ha instalado no sólo en nuestras conversaciones como algo cotidiano sino que se convierte en un obstáculo para el entendimiento. Es una barrera para perfeccionar una democracia. Con insulto no puede haber reflexión. Parece que aquel con el que discrepamos en una conversación se convierte de manera automática en nuestro adversario. “No quiero resignarme a una sociedad del insulto en la que a fuerza de manejar la violencia verbal contra los otros uno se acaba convirtiendo en mentira, agresividad, violencia, en la nada". 

Con esta manera de expresarnos se socializa lo vulgar, se pierde el detalle. El insulto y la violencia, el “lenguaje basura” tiene una profundidad peligrosa. Por descuido se instala en nuestras conversaciones sin previo aviso. La polémica y las salidas de tono son hoy espectáculo y  no se puede informar  desde el desprecio de una descalificación. Lo comprobamos en los medios, incluso en nuestras discusiones diarias o en cualquier patio de un colegio. Hemos interiorizado esto de tal manera, que en una semana ya no recordamos la belleza con que nuestro equipo de fútbol venció al eterno rival. Queda en la memoria la polémica, las descalificaciones mutuas en las ruedas de prensa, lo superficial.

Ya no sólo la utilización del insulto como recurso, el uso inadecuado del léxico hace a las propias palabras perder su verdadero valor y significado. A la hora de comunicar este descuido en el tratamiento, provoca la distorsión de la realidad que se pretende explicar. Como señala el periodista  Alejandro Grijelmo, “ahora se dice censura, tortura, nazismos, en circunstancias en que no es correcto decir que alguien ha censurado, o que alguien ha torturado o que determinada actitud es propia del nazismo. Se dicen esas palabras y quienes las dicen no las pesan”. La libertad de expresión no es sino  la consecuencia inmediata de un pensamiento informado, de una reflexión interior previa, de la puesta en marcha de unos conocimientos adquiridos y presentados con precisión según las circunstancias, no de lo primero que surja a bote pronto.

El periodista Juan Cruz reflexiona en su último libro “Contra el insulto” sobre esta tendencia y sus efectos, y además de centrarse en el papel de los profesionales de la información para desarraigar esta costumbre.“Los que tenemos la máquina de decir cosas, a veces nos creemos que podemos decir cualquier cosa. La raíz de este malentendido está en la creencia de que la libertad de expresión puede equivaler a la libertad de insultar". Ampararse en este derecho para que uno diga lo primero que le venga en gana es un ejercicio que se repite con cierta frecuencia. Algunos medios de comunicación lo demuestran cuando confunden “la palabra audiencia con la palabra interés”. En los debates de algunas cadenas televisivas parece que el insulto se instaura como norma . Esta forma descuidada de “debatir” tiene su reflejo en la sociedad, en la manera de saludarnos o en la manera de jugar de unos colegiales. “El único fin del insulto es destruir, sembrando primero la sospecha y recurriendo después a argumentos para borrar a una persona del mapa"

Contra la hegemonía del insulto es preciso la construcción de un  lenguaje colectivo nuevo que destierre  las violencia de nuestras palabras. Es una responsabilidad compartida para una sociedad que necesita evolucionar. En la cultura griega se decía que el insulto era el lenguaje de los necios.

viernes, 27 de enero de 2012.
 
Crisis y estado de ánimo
Existe algo que obsesiona a la población y que mantiene en vilo sus expectativas de futuro

Una sensación que se comparte a la hora de comer, al salir del trabajo, en el café de media mañana o  en las primeras páginas del periódico. El estado de ánimo que la crisis deja en la sociedad y  lo que repercute en nuestras relaciones diarias. Para superar la desconfianza que late en las calles, es preciso un ejercicio de autocrítica individual, porque transformar el aquí y ahora además de un reto, es una necesidad.

La crisis actual deja huellas que duelen.  La falta de  transparencia y de responsabilidad social de gran parte de la clase política, se suma al poco rigor con que se gestiona los recursos públicos.  La falta  de eficacia de quienes gobiernan, incapaces de frenar dramas como los desahucios y la creciente tasa de paro.  La degradación de lo público a base de recortes o los intentos para desmantelar el Estado del Bienestar. Es indigno para una democracia, la reducción de prestaciones a los más débiles, mientras se “rescata” a la banca  porque  revientan  la cohesión social. Y eso es algo que no se puede permitir si se pretende sacar a un país de aguas pantanosas. Unas huellas que hay que transformar si se quiere salir adelante.

Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política, propone como solución para vencer la desconfianza, “ levantar la moral, salir de esta situación de desconfianza en instituciones tan vitales como los representantes políticos, las entidades financieras, el trabajo de los jueces” teniendo claro que ”la confianza no se improvisa, se gana día a día con el ejercicio de la responsabilidad” aunque sea una actitud en declive.
 
Un cocktail de sensaciones que empuja a la ciudadanía a una concepción errónea y conformista del político, como  figura oportunista y despegada de la realidad diaria.  El filosofo Ortega, decía que “ quién está desmoralizado no se encuentra en su pleno quicio”, carece de ese rigor necesario para progresar con el sentido de la justicia.

Se tiene que frenar la costumbre de pasar la patata caliente. De trasladar la culpa al de al lado, o al de arriba, aunque sean “entes invisibles”  y se conozcan la pretensión de sus designios. Como sostiene Adela Cortina ,”¿ Es que nunca nadie tiene responsabilidades?, ¿es que no hay gentes con nombres y apellidos que toman decisiones desastrosas para la sociedad en el mundo económico y en el político?”. Para salir de esta crisis de confianza también se necesita justicia, pues quedaría todo invalidado si prescindimos de ella a la hora de construir la salida.

La democracia está mellada. La clase política lesionada, muchos de ellos se  olvidaron de atender los problemas de los ciudadanos, y ya no saben dónde meter el termómetro para medir  la temperatura de lo que pasa en la calle.  Preocupados en otros cantares,  dejaron de lado para lo que  verdaderamente sirven. Y es por eso que despiertan entre la ciudadanía una sensación de desafección. El ciudadano cada vez se siente más alejado y tiene la sensación ya no de que está mal representado, sino de que ya no se ve representado. La ciudadanía necesita caras nuevas que allanen el camino, voces llenas de propuestas.

No hay que caer en el error infantil de culpabilizar sólo a un sector de esta crisis, aunque la paguen los de siempre. No se puede olvidar que también es una crisis de valores anterior. Puede que esto sea lo que más urja estructurar; aquí entramos todos. Como sostiene Adela Cortina “si estamos de acuerdo en que eso  es lo que queremos y   educamos en una cultura de la responsabilidad, del trabajo bien hecho y de esa excelencia que consiste en poner de sí mismo para beneficio compartido”, quizá ése sea el camino más directo.

La autocrítica es el primer paso para reparar los efectos de  la crisis. El espíritu inconformista y la reflexión interior serán importantes para extender lo necesario  y vital de este cambio para nuestras democracias, para nosotros mismos, para los que están por llegar.

viernes, 9 de diciembre de 2011.
 
 
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