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Rafael Torres |
FIRMA DE OPINIÓN |
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Al margen | |
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Considerado una de las voces más originales e independientes de la prensa española, Rafael Torres ha publicado más de 7.000 columnas de opinión, miles de artículos y centenares de reportajes y entrevistas en la práctica totalidad de los diarios y revistas de nuestro país: Ya, El Mundo, El País, Diario 16, El Periódico, La Voz de Asturias, La Voz de Galicia, Lanza, Diario de Cádiz, El Progreso, Geo, Interviú, Panorama, Tiempo, Epoca, Vogue, Dunia, El Europeo... Es autor de una veintena de libros: 'Los Caballistas', 'El Lugo de la diáspora', 'Sevilla, la otra historia del tabaco', 'Anxel Fole. Contar y cantar', 'Vidas Ejemplares', 'La mirada en la nuca', 'Molestias', 'Oh, Dios', 'Nuevos amores, nuevas familias', 'Yo, Mohamed', 'Los libros matan', 'El asesino de Sintra', 'El amor en tiempos de Franco', 'Ese cadáver', 'Gitano enorme', 'L'arme a gauche', 'Los esclavos de Franco', 'El republicanismo español' y 'Raros de Europa'. Desde hace 14 años publica sus columnas diarias en muchos periódicos de toda España y es articulista de Diario 16, escribe en Interviú y es comentarista en los programas 'Día a Día' (Tele 5) y 'Lo que es la vida' (RNE).
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| ÚLTIMOS 5 TEXTOS PUBLICADOS |
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| Rajoy tiene un plan. |
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Lo dijo en Granada: Rajoy tiene un plan para sacar a España de la crisis. Y es verdad, sólo que ese plan que tiene Rajoy se llama "tiempo", el tiempo que falta, dos años, para las próximas elecciones generales, en el transcurso del cual es muy probable que la economía haya mejorado, y así, mejorada, caiga en sus manos cual parecen querer pronosticar los sondeos sobre intención de voto. El plan de Rajoy es un plan, en realidad, para acceder al gobierno, y como tal se fundamenta en no mover ni un dedo, ni en deslizar una idea, ni en plantear alternativa alguna: basta que la fruta madura del desgaste gubernamental en estos años de plomo caiga por su propio peso. Rajoy tiene un plan, pero ese plan no pasa por el simbólico trámite parlamentario de la moción de censura, ni por la exigencia de elecciones anticipadas, ni por el enardecimiento de sus masas siquiera. Pasa, lisa y llanamente, por sentarse a la puerta a ver pasar el cadáver de su enemigo político.
Pepe Blanco, el hombre, dice que hay una conspiración para derribar a Zapatero. Acierta y no acierta: la hay desde el mismo día que, por las urnas, arrebató a Aznar el gobierno; y no la hay ahora más que hace un año, dos o tres. Puede, eso sí, que la dicha conspiración, que no es sino el designio natural, espontáneo, instintivo y automático de los poderes fácticos que sólo necesitaban a Zapatero para que apechara con la crisis y el paro garantizando la "paz social" tan cara a dichos poderes, se encuentre hoy en su penúltima fase, calentando ya motores como quien dice. Y ahí entra el plan de Rajoy, machihembrándose con ese designio ineluctable: aguardar simplemente a que Zapatero caiga cuando tenga que caer, que será un momento antes de que todo el mundo empiece a vislumbrar los brotes verdes. El plan de Rajoy es esperar a ese instante para brotar él.
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| lunes 8 de febrero de 2010 |
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| La oración le ilumine. |
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Todos los partidos políticos españoles parecen compartir la idea de que gobernar es hacer lo que a uno le da la gana, y cuanto más a lo bestia, mejor. El PP en Madrid o Valencia, el tripartito en Catalunya o el PSOE en el Gobierno de la Nación, por citar sólo algunos casos, gobiernan así, sumando a su sectarismo el autoritarismo y la arbitrariedad. Nuestra escasa tradición democrática y los residuos del franquismo, más adheridos de lo que se supone a la conciencia y al proceder de la sociedad española y de su clase política, explicarían ese estilo bronco e irrespetuoso que gastan en su relación la una y la otra, pero la última ocurrencia del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero a cuenta de las pensiones y de la edad de jubilación, ese vacile, ese ninguneo, ha proporcionado a los ciudadanos dignos de esa condición el disgusto extra de comprobar que ese estilo, esa fatal relación, pudieran ser irreversibles.
Que Aznar despreciara al Parlamento, insultara a la oposición y se riera de la gente con sus armas de destrucción masiva, se podría comprender, pues el hombre venía de donde venía y era lo que era, pero que este chico que decía que el poder no iba a cambiarle y que en sus planes no entraba defraudar a quienes le habían votado, que este chico, digo, le amargue la vida a los trabajadores (un poco más de lo que se la tienen amargada el paro, la crisis y la inepcia de su Gobierno) con lo de las pensiones, y que mientras su ministro de Trabajo capea disparatadamente el temporal plegando velas, se va a rezar y a leer versículos de la Biblia con Obama, significa que cierra el lazo de la gran mentira.
Pudiera ser, no obstante, que la oración le iluminara y recordara de súbito, por ejemplo, los pasos legales y democráticos, ante el Parlamento y el pueblo español, que se necesitan para reformar lo que sea, incluido, cómo no, el Pacto de Toledo.
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| jueves 4 de febrero de 2010 |
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| Soldadito ¿español?. |
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Para morir en guerras ajenas y remotas, son españoles, pero si a los seis años de permanencia en nuestro Ejército no han logrado obtener la nacionalidad española, se les expulsa de él. Podría decirse que son soldados "sin papeles". Morir, se les deja; vivir, no tanto. La idea de que el contingente de extranjeros en nuestras Fuerzas Armadas, en torno al 7% de los efectivos, interpreta el trágico papel de carne de cañón, se confirma al comparar ese guarismo con el de los que son víctimas de los combates: el 43%. En efecto; los soldados salvadoreños, peruanos, colombianos u hondureños que visten el uniforme del Ejército español por esos mundos de violencia desatada, lo visten, sobre todo, en las misiones más peligrosas y en los puestos más arriesgados. Su escasa formación militar, apenas cuatro meses en muchos casos, y su extrema juventud, hacen el resto.
En el vehículo blindado en que encontró la muerte John Felipe Romero, viajaban con él otros dos chicos colombianos, que resultaron heridos, y en el más letal ataque a nuestras tropas, ocurrido en Líbano hace poco más de dos años, tres de las seis víctimas mortales que hubo eran también, por cierto, colombianas. Más ganas de morir que los españoles de cuna no tienen, ciertamente, esos muchachos, pero van donde se les manda, que en una guerra nunca puede ser un buen sitio, y no conocen ni practican el arte de la acomodación y el escaqueo. Sus destinos, como inmigrantes antes que como soldados, ya pendían de un hilo, pero en éste oficio que tienen ahora el hilo es más frágil y, cuando se rompe, ellos se rompen para siempre. ¿Sería mucho pedir a la ministra Chacón que se les equiparara en todo con los españoles, incluida la concesión, tras algún tiempo en filas, de la nacionalidad española? Y a Zapatero, ¿sería mucho pedirle, distrayéndole de sus preocupaciones, que considerara la conveniencia de no seguir enviando jóvenes, ni españoles ni extranjeros, a morir a Afganistán?
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| miércoles 3 de febrero de 2010 |
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| La ordinariez. |
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En el "hijoputa" de Esperanza Aguirre que fue a parar a un micrófono abierto cuando secreteaba con su segundo de a bordo hay, como se sabe, contenidas muchas cosas: el intento, malogrado en parte, de controlar absolutamente Cajamadrid; las luchas despiadadas en el seno del PP; el sentido patrimonialista que la dicente tiene de la política... Pero, sobre todo, contiene una profunda y abofeteante ordinariez. Y esa ordinariez preside, con el refrendo de una amplia mayoría de votos, Madrid. Pobre Madrid mío, que de rompeolas de todas las Españas ha venido a dar en rompeolas de todas las ordinarieces.
Aunque resignados a que nuestros políticos no sean criaturas extraordinarias, en el sentido de poseer algún valor de pericia, cultura o inteligencia superiores al común, no es tan fácil resignarse a lo ordinario, en este caso servido, además por una ciudadana que va de extravagante. La ordinariez de Esperanza Aguirre, tanto más acreditada ahora por cuanto emana de lo íntimo, de lo privado, nos sitúa definitivamente en Norteamérica, donde se dice que cualquiera puede ser presidente y que la prueba es el propio presidente. Diríase, en efecto que cualquiera que sepa colocar en la conversación, refiriéndose a un compañero o correligionario, un buen "hijoputa", puede ser presidente de la Comunidad de Madrid.
La sangre fría de la que siempre hizo gala Aguirre, ora al salir de helicópteros desplomados, ora al hurtarse de exóticas añagazas terroristas, no es bagaje suficiente, caso de que sea bagaje, para estar en la política, aunque sí, y seguramente sobrado, en la actual política española. Aterra pensar, en todo caso, en lo frío que le debió salir ese "hijoputa". De otro modo no se entiende que le saliera tan escalofriante la ordinariez.
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| lunes 1 de febrero de 2010 |
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| Al PSOE se le cae la "O". |
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Hay ocurrencias que parecen razonables desde un punto de vista económico, pero que dejan de parecerlo, incluso desde ese punto de vista, cuando, examinándolas, se advierte en ellas la reducción del ser humano a número, a ente exclusivamente productivo o a mercancía. Es el caso de la que ha tenido el gobierno, y con la pretensión de elevarla a rango de ley, en relación a la edad de jubilarse: quiere que los trabajadores dejen hasta el último aliento y echen hasta el último bofe en la oficina, en el taller, en el andamio o en la cadena de montaje para que la Caja de la Seguridad Social se ahorre parte de la miseria que hasta hoy devolvía a los jubilados en concepto de pensión vitalicia. Hasta los 67 años, edad en que por mucha "esperanza de vida" que haya está uno para pocos dibujos, quiere éste gobierno que la gente madrugue, aguante al jefe, cubra jornadas interminables y viaje en transportes atestados, y todo para enmendar no una inevitable deriva de la Seguridad Social hacia los números rojos, sino una que se puede evitar perfectamente si, partiendo del reconocimiento del derecho a descansar luego de una vida de intenso trabajo, se idea alguna otra fórmula, equitativa y amable, que asegure en el tiempo las pensiones. Claro que una idea es siempre, y más en un asunto tan sensible como éste, lo contrario de una ocurrencia.
Que los trabajadores pactaron una edad de jubilación, los 65 años, que no puede ser modificada unilateralmente sin su anuencia, o que en el país del paro, cuantos más ancianos trabajen, menos jóvenes podrán trabajar, son obviedades que el gobierno, rehén de su compulsión recaudatoria, no contempla, y ese no contemplar nada que no sea el balance de la Caja, le lleva a despreciar fórmulas tan sensatas como la que permitiría que los trabajadores pudieran seguir después de los 65, dependiendo de la salud, el vigor, la voluntad, el apego al oficio y la ilusión de cada uno, hasta cuando quisieran, o plantarse. Me temo que con ésta ocurrencia de los 67, al PSOE se le ha acabado de caer la "O".
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| viernes 29 de enero de 2010 |
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