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Isaías Lafuente |
FIRMA DE OPINIÓN |
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Visiones | |
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Isaías Lafuente nació en Palencia en 1963. Es periodista, escritor y profesor asociado de la Universidad Rey Juan Carlos. Trabaja en la cadena SER como subdirector del programa 'Hoy por Hoy', que dirige Carlos Francino. Es analista en la tertulia política del programa de Ana Rosa Quintana (Tele 5) y en '59 segundos' (TVE). Es autor de tres libros: 'Tiempos de Hambre', 'Esclavos por la Patria' y 'Agrupémonos todas', por el que ha recibido el premio Meridiana que concede el Instituto de la Mujer de la Junta de Andalucía. Antes de entrar en la Cadena SER trabajó en Radio Nacional y Radio Exterior. En los últimos años ha compatibilizado su trabajo con colaboraciones en programas de televisión como 'El martes que viene' (TVE) de Mercedes Milá e 'Iñaki los Jueves' (Autonómicas), dirigido por Iñaki Gabilondo. Ha escrito numerosos artículos y pronunciado conferencias. Como miembro de 'Hoy por Hoy' ha recibido los Premios Ondas -Nacional e Internacional- de radio.
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| ÚLTIMOS 5 TEXTOS PUBLICADOS |
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| El parquet político |
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| La suspensión de pagos de Martinsa-Fadesa, la más grande de las protagonizadas nunca por una empresa en la historia de España, evidencia la magnitud de la crisis del sector inmobiliario. La mayor promotora del país llega a esta situación con una deuda a sus espaldas de 5200 millones de euros, pero la chispa que ha hecho saltar a la empresa por los aires es, en términos relativos, un minicrédito de 150 millones que no ha sido capaz de conseguir. Es la gota que ha colmado un vaso rebosante. |
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La suspensión de pagos de Martinsa-Fadesa, la más grande de las protagonizadas nunca por una empresa en la historia de España, evidencia la magnitud de la crisis del sector inmobiliario. La mayor promotora del país llega a esta situación con una deuda a sus espaldas de 5200 millones de euros, pero la chispa que ha hecho saltar a la empresa por los aires es, en términos relativos, un minicrédito de 150 millones que no ha sido capaz de conseguir. Es la gota que ha colmado un vaso rebosante.
Una lectura simple de la situación permitiría extraer una conclusión sobre la justicia de las crisis: tocan a todos por igual. Pero no es así. La empresa Martinsa alimentó su voracidad con la compra de Fadesa a Manuel Jove, y mientras éste exhibe hoy un patrimonio de 4000 millones dispuestos a ser invertidos, el propietario de la compradora, Fernando Martín, gestiona un espejismo. Los libros contables certifican que su empresa tiene un activo de 11.000 millones, casi 29 millones de metros cuadrados de suelo y 173.000 viviendas para vender, y sin embargo se enfrenta al abismo de la quiebra porque, con la que está cayendo, no es capaz de vender un piso ni de conseguir un "mísero" crédito. Es la metáfora perfecta de una economía que se ha desenvuelto con criterios de casino, en la que unos ganan y otros se arruinan dependiendo de su capacidad para retirarse a tiempo o de su inconsciencia para doblar la apuesta cuando toda la suerte ha sido ya estrujada.
Mientras esto pasa aquí, en EE.UU. el gobierno liberal de la economía más liberalizada del mundo tiene que salir al rescate de otras dos sociedades inmobiliarias semipúblicas o semiprivadas, según se vea, regidas por ese mecanismo tan poco liberal que privatiza los beneficios y socializa las pérdidas según vengan bien o mal dadas. Gracias a los efectos perversos de la globalización, crisis puntuales como estas tienen una formidable capacidad de arrastre que atraviesa fronteras, infecta a sectores económicos ajenos, llega a tocar las cuentas públicas y raja el billetero de unos contribuyentes animados en los últimos años a un ahorro especulativo que les ha convertido en propietarios y accionistas, poseedores de una cartera que, como la de Fernando Martín, tiende al espejismo.
Los ciudadanos de una cierta edad tenemos ya vividas algunas crisis. Lo único que cambia es la sensación creciente de desgobierno de la economía mundial. Cuando salgamos de esta, que saldremos, sería conveniente no enterrar la experiencia bajo el manto de una nueva bonanza, sino corregir los mecanismos de supervisión e intervención de los Estados sobre el mercado. Puestos a intervenir, mejor financiar la extirpación de un tumor que pagar la factura del cáncer. Y mientras tanto, es conveniente llamar a las cosas por su nombre, no vaya a ser que no denominemos crisis a lo que nueve de cada diez ciudadanos consideran crisis. Todo un ejemplo de falta de sintonía que, como las empresas, cotiza a la baja en el parquet político.
| | Martes 15 de julio de 2008 |
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| Morosos a galope |
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| Advierte el presidente de Caja Madrid que las hordas de morosos se acercan al galope. Lo de las hordas es de mi cosecha, pero el verbo galopar devenga derechos al señor Miguel Blesa. Será por mi educación, pero el verbo galopar unido a moroso, en el contexto que vivimos, me suena a amenaza de apocalipsis. Si además la frase se escucha el mismo día en que las predicciones del BBVA avisan de que la economía española se aproxima al crecimiento cero, el gobernador del Banco de España manifiesta que la crisis podría prolongarse "más de lo esperado" y la principal sociedad tasadora inmobiliaria del país constata que los precios de la vivienda siguen desplomándose, la asociación de ideas viene sola. |
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Advierte el presidente de Caja Madrid que las hordas de morosos se acercan al galope. Lo de las hordas es de mi cosecha, pero el verbo galopar devenga derechos al señor Miguel Blesa. Será por mi educación, pero el verbo galopar unido a moroso, en el contexto que vivimos, me suena a amenaza de apocalipsis. Si además la frase se escucha el mismo día en que las predicciones del BBVA avisan de que la economía española se aproxima al crecimiento cero, el gobernador del Banco de España manifiesta que la crisis podría prolongarse "más de lo esperado" y la principal sociedad tasadora inmobiliaria del país constata que los precios de la vivienda siguen desplomándose, la asociación de ideas viene sola.
Ocurre que el ejército de potenciales desarrapados galopantes son los mismos ciudadanos honorables que hace unos pocos años se acercaron a las oficinas bancarias con todos los documentos sobre su patrimonio, animados por una banca manirrota que apuraba los límites del crédito. Y por empresas inmobiliarias que justificaban sus desorbitados precios haciendo ver a sus clientes que en realidad no estaban comprando una casa, sino suscribiendo un formidable plan de jubilación. Ni los unos ni los otros preveían que los tipos volvieran a engordar ni que aquella fantasía inmobiliaria pinchase. Y si lo previeron, callaron.
Después están los ayuntamientos y las autonomías y los sucesivos gobiernos, que vieron en el fenómeno una formidable maquinaria para afianzar el crecimiento mientras cambiábamos -todavía estamos en ello- de modelo económico. Y cómo no, los propios endeudados, ingenuos ciudadanos que creyeron que la historia no se repetiría jamás a pesar de haber vivido épocas en las que la inflación, los tipos de interés y las cifras del paro tenían dos dígitos.
Si los gobiernos se apuntan los éxitos de la bonanza económica como únicos artífices del milagro, es lógico que los contribuyentes miren a los gobiernos cuando vienen mal dadas. Pero el resto de los actores económicos no deben eludir sus responsabilidades en el desaguisado, incluidos quienes ahora advierten de amenazadoras galopadas. Ahora que el presidente Zapatero ha levantado el velo sobre la palabra tabú y ya podemos hablar de crisis, estamos en condiciones de dar un par de vueltas a la palabra fetiche: confianza. El problema es que quienes padecen la crisis, galopan a lomos de sus deudas y advierten que el camino será "largo duro y difícil", como otros recorridos recientemente, no se fían ya ni de sí mismos.
| | Jueves 10 de julio de 2008 |
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| La laicidad está en el centro |
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| Son la quimera de la democracia. La laicidad y el centro político se han convertido para quienes los buscan en objetivos en constante movimiento, como el horizonte o el arco iris. Se atisban y se persiguen, pero tienen la mágica virtud de moverse al ritmo de los exploradores, de tal manera que siempre permanecen a la misma distancia, como objetivo inalcanzable. |
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Son la quimera de la democracia. La laicidad y el centro político se han convertido para quienes los buscan en objetivos en constante movimiento, como el horizonte o el arco iris. Se atisban y se persiguen, pero tienen la mágica virtud de moverse al ritmo de los exploradores, de tal manera que siempre permanecen a la misma distancia, como objetivo inalcanzable.
El 37 Congreso del PSOE ha proclamado su voluntad de insistir en el intento, de proseguir en el largo peregrinaje hacia el Estado laico. La comparación con quienes no son capaces de sacudirse la tutela de la Iglesia puede convertir la proclama en loable, pero la cuestión crucial es saber si eso es suficiente. Y no lo es. La laicidad del Estado no es un elemento que perfeccione la democracia, sino que forma parte de su esencia. La consagra la Constitución que, como se recordará, no fue elaborada precisamente por una pandilla de anticlericales. Y contra quienes tienden a tergiversar los conceptos, la laicidad no persigue combatir las creencias individuales de los ciudadanos ni la confesionalidad de las Iglesias a las que pertenezcan, sino todo lo contrario. Se trata de respetarlas y preservarlas, sin que unas creencias tengan privilegios sobre otras y sin que todas en su conjunto interfieran en el poder político.
La permanencia de liturgias y símbolos religiosos en el protocolo del Estado es un contradiós comparable a una hipotética reforma legislativa que impusiera el izado de bandera, la interpretación del himno nacional y la lectura de la Constitución en los diferentes ritos religiosos. No sería difícil imaginar la reacción de las diferentes iglesias ante tal reforma. El dirigente socialista Ramón Jáuregui, hombre cabal, justificó la no supresión de los funerales de Estado con el argumento de que "la laicidad no tiene constituida una liturgia alternativa". Un argumento desolador que deja en evidencia a quien pretende ser el motor del cambio social.
El Estado laico es una exigencia que no puede esperar más tiempo. Su definitiva implantación facilitará además el avance en otras materias como el aborto o la eutanasia, siempre inmersas en debates en los que los jerarcas religiosos actúan como eficaz lobby político. Asuntos, por lo demás, en los que el tiempo siempre juega en contra del individuo. Imagino a quienes tengan familiares en estado terminal escasamente satisfechos con la intención del PSOE de "abrir el debate en los próximos años" para que las personas en tales circunstancias puedan pedir a los médicos una "intervención más activa" que garantice "su derecho a una muerte digna". A Zapatero le quedan por delante cuatro años de mandato; a ellos la vida no les dará prórroga.
Moisés tardó cuarenta años en llevar a su pueblo desde Egipto a la Tierra Prometida y su castigo fue no llegar a pisarla. Espero que nuestro país no se rija por los tiempos bíblicos en esta precisa materia, aunque va camino de hacerlo.
| | Martes 8 de julio de 2008 |
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| ¡¿Podemos?! |
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| El debate sobre economía celebrado el miércoles en el Congreso enfrentó a un Zapatero empeñado en sembrar confianza entre los ciudadanos y a un Rajoy aplicado en minar la confianza ciudadana en el presidente. Hubiera sido muy poco original repetir un eslogan cuyos derechos de autor se disputan Obama y Cuatro, pero en el fondo, al referirse a la cosa, Zapatero esgrimió un contundente ¡podemos! y Rajoy, un demoledor ¿podemos? |
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El debate sobre economía celebrado el miércoles en el Congreso enfrentó a un Zapatero empeñado en sembrar confianza entre los ciudadanos y a un Rajoy aplicado en minar la confianza ciudadana en el presidente. Hubiera sido muy poco original repetir un eslogan cuyos derechos de autor se disputan Obama y Cuatro, pero en el fondo, al referirse a la cosa, Zapatero esgrimió un contundente ¡podemos! y Rajoy, un demoledor ¿podemos?
Zapatero se colocó los manguitos de contable y desplegó una catarata de datos para demostrar que la enfermedad es grave, pero el enfermo, fuerte. Rajoy, coreado por los suyos, exhibió el dossier de anteriores diagnósticos erróneos y, sobre el actual, lanzó un argumento efectista: ¿por qué nos tenemos que fiar de que las recetas sean las adecuadas si el presidente no es capaz siquiera de poner nombre a la enfermedad? Seguramente debe de haber algún estudio de la Universidad de Michigan que explique la capacidad de los humanos para la asimilación de datos. Y deben de existir estudios semejantes que pongan de manifiesto el vigor de la memoria colectiva. Los asesores de Zapatero y Rajoy deberían esforzarse en localizarlos y en ponerlos a disposición de sus líderes. Porque el presidente colapsó con su informe el disco duro de la mayoría de los ciudadanos, y el líder del PP, con algunas observaciones osadas, fue capaz de iluminar algunos rincones oscurecidos de nuestra memoria.
Sólo desde el desparpajo irreflexivo pudo afirmar Rajoy que en todos los debates sobre el Estado de la Nación de la pasada legislatura había lanzado alarmas desatendidas sobre la situación económica. Sus alarmas eran otras, y las recordamos muy bien. Tampoco estuvo mal acusar a Zapatero de inoperancia para controlar los precios, cuando los sucesivos gobiernos de los que fue pentaministro y vicepresidente fueron incapaces de poner freno a los desbocados precios de la vivienda, presentados entonces como síntoma del progreso colectivo. Cuando muchos ciudadanos revisan hoy sus hipotecas pueden acordarse del gobierno actual cuando miran los intereses, aunque no sea el gobierno quien los fija, pero se acuerdan de los gobiernos del PP cuando revisan su capital pendiente.
| | Jueves 3 de julio de 2008 |
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| Colón |
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| Tras la abrumadora victoria, tocaba recibir a los héroes. Las crónicas cuentan que los esperaba un millón de personas y sorprendentemente nadie ha puesto en cuestión el dato. Una vez más, la Plaza de Colón, en el centro del centro del esta España descentralizada, acogió una manifestación multitudinaria. El conquistador petrificado ha visto de todo en los últimos años y debe de estar desconcertado. Los mismos que ayer gritaban a una y se abrazaban fraternalmente, igual que lo hicieron en defensa de la democracia tras el 23F o contra ETA tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco, son aquellos que, convenientemente divididos por mitades, coreaban contra los otros - en nombre del partido, de la religión o de la ética - por una guerra ilegal, por el proceso de diálogo con ETA, por la España dividida, por los matrimonios homosexuales o por la familia destruida. La plaza no se estira, pero los argumentos de quienes la ocupan dan mucho de sí. |
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Tras la abrumadora victoria, tocaba recibir a los héroes. Las crónicas cuentan que los esperaba un millón de personas y sorprendentemente nadie ha puesto en cuestión el dato. Una vez más, la Plaza de Colón, en el centro del centro del esta España descentralizada, acogió una manifestación multitudinaria. El conquistador petrificado ha visto de todo en los últimos años y debe de estar desconcertado. Los mismos que ayer gritaban a una y se abrazaban fraternalmente, igual que lo hicieron en defensa de la democracia tras el 23F o contra ETA tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco, son aquellos que, convenientemente divididos por mitades, coreaban contra los otros - en nombre del partido, de la religión o de la ética - por una guerra ilegal, por el proceso de diálogo con ETA, por la España dividida, por los matrimonios homosexuales o por la familia destruida. La plaza no se estira, pero los argumentos de quienes la ocupan dan mucho de sí.
Podría concluirse que es el fútbol lo que une y la política, la religión o la ideología las que dividen. Pero no cuesta mucho imaginar que quienes ayer pedían una calle para la madre de Casillas se acuerden de ella con los peores epítetos en la próxima Liga si la genialidad del portero del Real Madrid frustra las ambiciones de otros equipos. Incluso es lógico pensar que Luis Aragonés e Iker Casillas, que se quieren y se admiran, se acuerden de sus respectivas madres si algún cruce les enfrenta en el futuro en la Liga de Campeones.
En el campeonato de las hipérboles, esta Eurocopa ha batido récords en España. Se dice que la selección es el símbolo de una España plural, pujante y moderna. Pero si uno escoge otro ángulo de observación sólo puede ver en esta selección una especie de contraespaña. Un grupo humano que por su juventud, en circunstancias normales, estaría peleando por una beca o por un sueldo mileurista es, sin embargo, un club de millonarios que a los veintitantos tienen solucionada la vida gracias a su trabajo, dirigidos además por un caballero que en el mundo de la empresa, en circunstancias normales, llevaría prejubilado tres lustros.
En fin, seguramente sólo hay una cosa peor que intelectualizar las emociones: ignorarlas. Quizás por eso Ibarretxe, que defiende la selección nacional vasca, no se atreve a promover una consulta popular en la que se pregunte a los aficionados si prefieren que sus grandes equipos sigan jugando en la Liga española contra el Madrid, el Barca, el Valencia o el Sevilla, o lo hagan en una liga propia contra los muy dignos e históricos Eibar, Barakaldo, Bermeo o Real Unión. Empezando por esas pequeñas cosas algunos grandes asuntos adquieren otra dimensión... Porque lo que pasó el lunes en Colón no es la verdad, pero es una de las verdades que explican este país peculiar y fascinante al que llamamos España.
| | Martes 1 de julio de 2008 |
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