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Vallas frente al hambre

Esther Esteban Esther Esteban
sábado, 28 de julio de 2018, 08:02 h (CET)
MADRID, 27 (OTR/PRESS) La noticia de que seiscientos inmigrantes subsaharianos lograron esta semana acceder a Ceuta, tras un salto masivo a la valla fronteriza que separa la ciudad autónoma de Marruecos y que está ha sido la entrada más numerosa de las registradas desde 2014 en un solo intento, se convirtió en portada en todos los periódicos. Las imágenes eran impactantes no solo por la violencia insólita utilizada por los inmigrantes -que utilizaron cal viva y lanzaron objetos de todo tipo contra las fuerzas de seguridad- sino porque ha vuelto a poner en primer plano un tema conplicadisimo de muy difícil solución, si no hay una política de Estado que se aleje de las pequeñas miserias y de la miopía partidista, tanto aquí como en Europa donde no hay voluntad de hacer una política común. Los datos están ahí: en los primeros siete meses del año, más de 22.500 personas han logrado llegar a nuestro país tras cruzar el Mediterráneo, lo que representa ya el 35% del total de llegadas al Viejo Continente a través de esta vía. Cuando Pedro Sánchez nada más llegar a Moncloa decidió que el Aquarius cargado de inmigrantes a la deriva tras la negativa de varios países a acogerlos viniera a España muchos auguraron que provocaría un efecto llamada, los mismos que ahora ponen el acento en que esto que estamos viviendo es la consecuencia inevitable de aquella medida. Pero el asunto no es ese, ni lo es asistir al espectáculo grotesco de contemplar como nuestros políticos se tiran los trastos a la cabeza sino la incapacidad de afrontar una estrategia común en algo que nos afecta a todos. Como he dicho alguna vez Europa es un club curioso, que suele reaccionar tarde y mal a los asuntos, porque lejos de ir acompasados en buscar soluciones a problemas que afectan a todos, cada uno suele hacer de su capa un sayo. En este tema el famoso sistema de las cuotas sobre los refugiados que se acodó en su día ha resultado ser un fracaso rotundo porque después de hacerse la foto para la galería, cuando se apagan los focos nadie cumple. En nuestro país sabemos muy bien la soledad que se siente cuando siendo la puerta de la inmigración ilegal en Europa nuestros vecinos lo plantean casi siempre como una cuestión resolver de puertas adentro. España es un país solidario que jamás se negaría a afrontar la cuota parte de responsabilidad que le toca en un asunto tan sensible. Esa es un cosa y otra muy diferente es que el gobierno no deba tener en cuenta que una situación humanitaria puntual no puede convertirse en una actuación en solitario. Mi convicción profunda es que no hay vallas lo suficientemente altas, ni concertinas los suficientemente afiladas que pongan freno al hambre, y por eso me repugna cada vez más la demagogia barata que se hace con el tema de la inmigración. "Todos sabemos que la solución está en las acciones en origen y que eso de enseñar a pescar en vez de dar peces, está muy bien, pero las cosas ni son como queremos ni el mundo es justo y beatifico, sino más bien lo contrario", escribí no hace mucho en estas mismas páginas. Casos como el del Aquarius golpean conciencias puntualmente como lo hacen las imágenes diarias de los muertos y las noticias de los niños y mujeres ahogados y desaparecidos en ese cementerio inmenso que es el Mediterráneo. Pensar en esos inocentes que no consiguieron llegar a la tierra que se les prometió de leche y miel nos produce unas angustias puntuales que terminan diluyéndose con los problemas del día a día. Está claro que la solución o es global o no será y no podemos mirar hacia otro lado frente a una tragedia de estas características. El tema de la inmigración es una de esas política de estado que debería despojarse del barniz ideológico que algunos interesadamente le pretenden dar. Si la "brocha gorda" no es recomendable para dibujar estrategias en casi ningún asunto, en éste se necesita un pincel fino y un trazo uniforme para no emborronar demasiado las cosas y atender de verdad las necesidades de estas personas tan vulnerables a quienes, unos por otros, estamos dejando desprotegidos y cruelmente abandonados a su suerte. ¡Son seres humanos por Dios!.

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