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Opinión
Etiquetas:   Disyuntiva   Paz  

Ganemos la paz

El exceso de insultos, terrorismo y guerras; no consigue estimularnos lo suficiente. ¿Será así siempre?
Rafael Pérez Ortolá
viernes, 9 de junio de 2017, 08:34 h (CET)
A estas alturas la misma noción de PAZ está escindida en una serie de criterios disociados. La paz interior es de una complejidad enorme, basada en la coherencia de unos sentimientos cambiantes a lo largo de las situaciones de la vida; si nos detenemos en ella y prescindimos de los componentes comunitarios, la dejamos muy alicorta, tanto, que queda convertida en un espantajo. En cuanto a la paz exterior, con la inmensa variedad de mentalidades, resulta en la práctica una utopía. Los modestos oasis de paz localizada, aunque insuficientes, representan unos objetivos accesibles, entraña un planteamiento laborioso ineludible.

Es de esas cualidades que se valoran cuando se pierden; mientras se tiene da la impresión de algo natural. La intranquilidad personal, la angustia, expresan la carencia de paz en esos ámbitos. A nivel colectivo, son manifiestas las destrucciones originadas por su ausencia. En general, en ambas vertientes abundan las referencias a la pérdida, todo son críticas, a veces sin saber muy bien hacia donde se dirigen. Trabajamos menos la relación con los diferentes factores pacificadores, enseguida solemos pasar a las discrepancias. Prevalecen los CONTRASENTIDOS de esas críticas dirigidas contra la pérdida de algo que no hemos construido; los conceptos y las prácticas presentan retos continuados.

Los lamentos ocupan la insatisfacción derivada de muchas conductas improcedentes por haber descuidado esos factores de paz. Las agresiones a nivel doméstico, las masacres guerreras interminables, los asesinatos terroristas de ayer y de hoy, ese contraste escandaloso en cuanto a los niveles de poder adquisitivo; forman parte de una lista interminable de violencias. Pero, metidos de lleno en ese tobogán, descuidamos las labores positivas. Uno de los principales olvidos es el de la DIVERSIDAD, adulando las fachadas con pinta de uniformidad; ideologías, culturas, hegemonías, ahondan en esa tendencia. La horma de las concentraciones dominantes supone un aplastamiento en toda regla.

El magnífico progreso incesante nos muestra posibilidades nunca soñadas, al par que exacerbó las diferencias reales entre las personas.Lo hizo hasta el punto de una polarización dramática escenificada por los abusos cayendo sobre los menesterosos; la génesis de la violencia radical, expresada en sus diferentes manifestaciones. La consideración de estas situaciones, la adaptación necesaria para corregir sus desvarios, tropieza con obstáculos penosos. Destaco las RUTINAS petrificadas, endiosadas, que no permiten el acercamiento a las penurias ocasionadas; convertidas en costumbre, impiden movimientos revulsivos. Merece la pena estar atentos a las sufridas en los sectores conocidos.

Me parece especialmente nociva la de los hombrecillos pusilánimes, incapaces de tirar de alguna rienda con energía; una masa amorfa propicia a las desventuras. Resulta escandalosa la suplantación de hombres y mujeres corrientes por los empeñados en el control de vidas ajenas; aprovechan sus profesiones, sus cargos, su relevancia, para actuar por encima de sus semejantes. Que no diremos de la frivolidad de una chacota continuada, que reduce la misma existencia personal a un chisporroteo fugaz. Suceden estos desvios crispantes con los cabrones infiltrados en las agrupaciones, con sus intervenciones solapadas. Forman parte del listado de elementos TRAZADORES de la conflictividad en estado elemental, enemigos de la pacificación.

Entre las idas y venidas de gente dispar, cada uno de esos sujetos está expuesto a trances cambiantes, convirtiendo el desencuentro como algo natural, la crispación, la conflictividad; son demasiadas las aspiraciones contrapuestas. Sin que neguemos los acuerdos como otra realidad. Entresacamos de todo ello la CONFUSIÓN frecuente al tratar el asunto de la paz en términos generales. La calma chicha continuada ni es paz, ni será nada; porque evidencia con preferencia la inactividad, sin aristas, pero alejada de la vida real. Y el ensamblaje de las múltiples tendencias ofrece esa apariencia de enfrentamiento ineludible. Ese panorama confuso debiera orientarnos mejor hacia una convivencia pertinente.

Si la convivencia ejerce como brújula, el siguiente estadio razonable sería la búsqueda de las MOTIVACIONES potentes para el encauzamiento de los impulsos particulares. En beneficio del conjunto, pero sin chantajes hacia los particulares. La subsistencia no puede ser soslayada, es el primer punto de apoyo para la paz; olvidada esta cuestión, nacerán ahí los primeros conflictos primarios, y por desgracia, en esas estamos metidos en un desliz flagrante. La escucha de las diversas presencias permitiría la adaptación mutua; el desapego reinante acentúa las incomprensiones. La reflexión sobre el papel de los humanos en este tránsito mundano es un requisito primordial; si prescindimos de esa idea, imperará el desequilibrio.

Conviene preguntarnos que hay detrás de las corazas apabullantes en los ambientes que disfrutamos. Detrás y delante, porque unas encubren el repaso tendencioso de los acontecimientos sucedidos con anterioridad, pero otras apuntan al usufructo de un futuro que no les corresponde porque es de todos. De tales entuertos deduciremos la importancia de un POSICIONAMIENTO individual ante los problemas, sin delegaciones en blanco conducentes a las maniobras intempestivas por parte de gente indeseable. Es un requisito incómodo por las trabas habituales y los múltiples desconocimientos que a todos afectan; pero es poco fiable una paz estipulada desde pedestales asentados sobre las impudicias.

Acechan los enigmas, funcionamos a base de aproximaciones de un calado desconocido; sobre las intenciones de la gente, sobre nuestra presencia en el mundo, sobre las verdaderas posibilidades de actuación. El riesgo de las desviaciones es lógico, pero la solución no puede ceñirse a la cerrazón que a nada bueno conduce; si acaso a la aniquilación progresiva. Una medida esencial para las aspiraciones a la paz es la APERTURA radical a los ambientes, a las personas y a los misterios; los riesgos de la misma no invalidan su potencial de ser el único camino para la comprensión de nuestra estancia confortable en la sociedad.

Topamos con las carencias de todo tipo que nos acucian; ni que decir de las personales, pero las colectivas acumulan despropósitos. La consecución de logros absolutos (Paz perpetua) queda fuera del alcance humano. No vayamos a caer en el seguimiento hacia el absoluto, olvidando las realidades cotidianas. Conseguiremos objetivos menos grandilocuentes, ISLOTES en los que reine la templanza de una paz aceptable, intentando agrandar la extensión de esos alcances, eso sí. Desde luego, para evitar las guerras, las maldades desquiciadas, las pasividades incomprensibles; las exigencias piden mayor implicación en la lucha por la paz.

No es plausible quedarse mirando las orientaciones de la dignidad, del honor, de la Ética; como quien contempla el cielo estrellado desde la lejanía, asombrado por la belleza cósmica, pero alejado de las implicaciones razonadas. Digamos que el reto ofrece tres salidas, la anulación personal, la paz o el conflicto.
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