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Bicing en Barcelona

“Para un espíritu absurdo la razón es vana y no hay nada más allá de la razón.” Albert Camus
Miguel Massanet
jueves, 13 de abril de 2017, 00:14 h (CET)
Las izquierdas tienen una forma especial de arrimar el ascua a su sardina, escogiendo la defensa de aquellos temas que, a la vez, se puedan interpretar como un apoyo a los menos favorecidos por la fortuna y, de paso, puedan mortificar de alguna forma, a aquellos a los que tienen declarada una guerra a muerte, la derecha o los conservadores que, con ambas denominaciones, son considerados los no marxistas por los seguidores de las doctrinas del “maestro” Lenín. Cuando hablamos de un país carente de montañas, situado enteramente en el nivel del mar y en el cual, una parte importante de su territorio, está situado precisamente debajo de este nivel, recuperado gracias a las extraordinarias obras de diques que el pueblo ha sabido llevar a cabo, para evitar estar sumergido debajo el mar, todos sabemos que se trata de Holanda o como también se le conoce también, Nederland o Países Bajos. Allí se dice que es el paraíso del ciclismo.

La bicicleta, sin duda, ha sido un vehículo muy útil para la humanidad; algunos atribuyen su invento a Leonardo da Vinci aunque, actualmente, parece que esta teoría va perdiendo seguidores. En realidad, la verdadera historia de la dos-ruedas comienza en París en 1790, año en el que el conde de Sivrac inventa el "celerífero”, al que también se llama "caballo de ruedas". Durante años fue el vehículo de los “pobres”, el de los trabajadores que lo utilizaban para acudir a sus respectivos trabajos, utilizando para ello la energía de sus propias piernas. La aparición de los vehículos de motor, empezando por la motocicleta, una bicicleta a la que se acoplaba un pequeño motor de explosión, y luego el automóvil, al que pronto la industria americana del motor (la fábrica de Ford con sus cadenas de producción) permitió que, el vehículo de cuatro ruedas, se fuera popularizando hasta el extremo que, el modelo Ford T, de 2’90 litros, fue calificado por Henry Ford como “un coche para el pueblo. Un automóvil universal”

La rápida expansión de los vehículos de motor, especialmente en las grandes capitales, pronto fue arrinconando a los carruajes de caballos y a las bicicletas que perduraron más tiempo en el ambiente rural y pequeñas ciudades, donde los adelantos técnicos tardaban años en llegar. Pero, desde hace un tiempo, los automóviles se han vuelto una incomodidad para los funcionarios municipales, han creado problemas de saturación en el tráfico y, sus humos se han convertido en una “amenaza” para la salud de los ciudadanos. Como era de esperar pronto los ayuntamientos de izquierdas, los que pretenden luchar contra el progreso en lugar de buscar soluciones para los inevitables problemas que trae consigo; han empezado a limitar la circulación, especialmente de automóviles, por determinadas calles de la ciudad; han prohibido aparcar junto a las aceras; han puesto tarifas para estacionar y una serie de impuestos para que el que posee un coche tenga que soportar cargas de las que en otros tiempos estaban exentos y, como remate a esta campaña, contra los vehículos motorizados; ahora pretenden recobrar el uso de la bicicleta, ¡sí señores!, del primitivo vehículo de dos ruedas con tracción animal (la fuerza muscular del ciclista) poniendo como excusa que se evitaría, con ello, la polución; se circularía con menos apreturas; se favorecería a los que utilizaban el transporte público; se mejoraría la salud de quienes las utilizaban y ello permitiría convertir zonas dedicadas a la circulación y estacionamiento de los automóviles en parques públicos o en zonas peatonales. Todo esto en la teoría.

Las objeciones, que no quieren reconocer los defensores a ultranza del uso de la bicicleta son, no obstante, tan o más defendibles que las cualidades que se le atribuyen. Empezando, si es que nos referimos al caso de Barcelona, dejando constancia de que no se trata de una ciudad en la que las edificaciones y las calles estén al nivel del mar, sino todo lo contrario, existen grandes desniveles entre la parte alta y la baja de la ciudad. Cuando se trata de bajar cualquier persona, no un enfermo por supuesto, puede bajar si es capaz de controlar los frenos y de ceñirse a los carriles bici, incluso aquellos en que se debe circular a poca distancia de los transeúntes, de los cuales sólo los separan unas líneas pintadas en el suelo. Es decir que, de una tacada, se pueden excluir como presuntos usuarios a los enfermos, las personas mayores, los niños hasta una cierta edad, los que tengan mala vista, los que odian estos artilugios y aquellos que deban hacer muchos kilómetros diarios como vendedores, representantes, y otros dedicados a encargos que deban transportar cargas importantes.

Luego existe el tema de cómo se suministran las mercancías a los comercios, las tiendas, los grandes almacenes, las cadenas hoteleras, las mercancías de las estaciones ferroviarias o descargadas y cargas en los puertos que, en este caso, sí que estamos hablando de mastodontes, grandes tráileres, vehículos con grandes remolques etc. todos ellos importantes contaminantes del medio ambiente, que no pueden ser sustituidos por bicicletas. ¿Han tomado medidas de la contaminación de toda esta flota de vehículos industriales que atraviesan la ciudad de parte a parte? Los coches particulares contaminan, los coches y camiones de reparto, no. Hay que decir que hay previsto que, por la Diagonal, la gran arteria que atraviesa de parte a parte Barcelona, se haga pasar, después de años de ser eliminado de ella, un nuevo tranvía eléctrico que todavía estrechará el número de carriles con los que cuenta en la actualidad, de modo que el tráfico deberá desviarse por otras calles que, en la actualidad, ya están saturadas de circulación.

Y, una cuestión que parece que se ha olvidado o que, si se ha puesto sobre la mesa ha sido rápidamente apartada ya que no hay interés en que se discuta porque, sin duda, podría crearles más de un dolor de cabeza a los ediles, alcaldes y demás funcionarios municipales. ¿Se ha pensado en la urgente necesidad de que, los ciclistas, deban conocer, como cualquier otro conductor, los reglamentos de circulación? No es la primera vez que el desconocimiento del Código de Circulación por los ciclistas haya dado lugar a accidentes de circulación, en los que, si hay un vehículo de motor implicado, la presunción inmediata es considerar culpable al conductor del mismo. Muchos ciclistas, sabedores de su inmunidad, circulan a velocidades excesivas (especialmente si bajan de la parte alta de la ciudad) por los estrechos pasillos que tienen reservados para circular lo que pone en evidente peligro a los transeúntes que circulan a pocos palmos de él para el posible caso de que se desviara, cayera o perdiera el dominio de su frágil vehículo. No tienen obligación de tener contratado un seguro de responsabilidad civil, ni tienen ningún carnet que certifique que están capacitados para conducir un vehículo, presuntamente peligroso para el resto de ciudadanos.

En las carreteras las caravanas de ciclistas, los que circulan emparejados o los que transitan por un camino donde no hay espacio para adelantarlos, convierten el tráfico rodado del resto de vehículos de motor, en un verdadero Vía Crucis en el que los nervios se ponen a flor de piel, los motores se calientan, las marchas cortas invaden el lugar de contaminación y el gasto del viaje aumenta en razón directa al incremento de consumo del combustible. No son, en general, estos ciclistas vestidos de deportistas de la bicicleta, señores que se desplacen por necesidades de trabajo, tampoco, como se ha querido afirmar, son marginados que no disponen de vehículo motorizado para poder salir de casa con su familia, al contrario, lo común es que dejen a su familia en casa o que sus deudos salgan por su cuenta, mientras ellos se dedican a entorpecer la circulación en las carreteras.

No señores, no piensen que el fomento del uso de la bicicleta por las autoridades municipales o autonómicas tenga algo que ver por su preocupación por dar a los más pobres unos derechos de los que carecen, como sería el caso del que no tuviera otro medio de transporte para hacerlo. Estas medidas se han ido incrementando, de una forma exponencial, desde que los nuevos ayuntamientos han sido copados por los partidos de izquierdas, las Ada Colau y las Manuela Carmena, han sido las que, en su afán de luchar contra el automóvil privado, no han dejado de aprovechar oportunidad para hacerles la pascua, no a los ricos o multimillonarios, que no tienen que preocuparse de buscar un aparcamiento adecuado porque tienen chófer a sus órdenes o cogen un taxi cada vez que tienen necesidad de trasladarse de lugar; en realidad los verdaderos perjudicados por estas medidas restrictivas de tránsito son aquellos que, desde la Administración, sin tener capacidad para ello, sin estar preparados en el tema de urbanismo, sólo por su afán de destacar, de hacer cosas, de gastar el dinero de los ciudadanos en estupideces, no tienen en cuenta que, con sus erróneas y extemporáneas decisiones, aparentemente en favor de los más pobres, lo único que consiguen es irritar a la gente, algo muy propio de quienes aprovechan el poder para imponer trabas y crear enemigos.

O así es como, señores, desde el a óptica de un ciudadano de a pie, queremos denunciar los obstáculos que, desde determinados ayuntamientos, se ponen a todos los ciudadanos de la clase media y trabajadores, en nombre de no se sabe que presuntas mejoras en el tráfico de la ciudad, que después, en la práctica, nunca resultan eficaces y acaban por perjudicar a personas y negocios, a veces impotentes ante tanta demagogia.
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