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El dinero y la política en el deporte

"Hay tanta política en el fútbol que no creo que Henry Kissinger hubiera durado ni 48 horas en el Manchester United". Tommy Docherty
Miguel Massanet
lunes, 13 de marzo de 2017, 00:12 h (CET)
Nunca he sido aficionado al deporte ni lo he practicado con asiduidad, no obstante, debo reconocer que es un gran medio para el manejo de masas. Recuerdo como, en mis años de juventud, el futbol (aquel fútbol incipiente posterior a la finalización de la Guerra Civil) empezaba a levantar pasiones, en los colegios los balones eran los que acaparaban más número de chicos en los recreos y en los pueblos y ciudades los equipos locales arrastraban tras de sí verdaderas olas de aficionados dispuestos a partirse el pecho, si era necesario, para defender los colores de su equipo. Entonces no se pagaba a los jugadores y si en algún caso se daba una ayuda o se pagaban los viajes a otros campos era porque algunos aficionados adinerados aportaban el dinero preciso para que los jugadores y el entrenador se pudieran desplazar (generalmente cortos desplazamientos) a jugar con el equipo de otra localidad.

Por aquel entonces los equipos se formaban con jugadores, la mayoría de ellos aficionados, de la misma localidad o de alguna aldea cercana que, en la mayoría de casos, se tenían que pagar el equipo de su propio bolsillo. Muchos de aquellos primeros aficionados al fútbol, se habían iniciado en el deporte de la pelota dándole patadas a una pelota formada por trapos viejos sujetos con una guita. No había grandes estadios, ni escuelas para futbolistas, ni descubridores de figuras, ni se pagaban traspasos o se traían jugadores del extranjero, pagando cantidades astronómicas por su ficha. Y es que, señores, entonces el deporte era una distracción, un medio de mantenerse fuerte y como diría el barón Pierre de Coubertin: “El deporte no es un artículo de lujo, no es una ocupación para ociosos ni una compensación por el trabajo intelectual. El deporte es una fuente de perfeccionamiento interno para cada persona. La profesión no tiene nada que ver con ello.”

Claro que, en aquellos tiempos, hablamos de finales del XIX y primeros años del XX, el concepto del deporte era muy distinto al que, con el paso del tiempo, se le ha ido otorgando. El deporte no era un negocio, no era un modus vivendi y tampoco se entendía como una actividad con la que una persona pudiera ganarse la vida, al menos como se la ganan en nuestros días estos jóvenes que forman parte del deporte profesional, unos privilegiados que tienen la oportunidad de enriquecerse practicando deporte si, como le sucede a una parte importante de estos deportistas, consiguen amasar cantidades respetables, en algunos casos verdaderamente desproporcionadas y escandalizadoras, si es que se quisieran comparar con lo que perciben grandes científicos, importantes artistas, o esforzados inventores para lo cual precisan de largos años de investigación, práctica y de esfuerzo mental.

En todo caso, de lo que vamos a hablar es de cómo, desde hace ya bastantes años, algunos deportes de masas, como sería el fútbol, aparte de convertirse en un negocio para quienes se dedican a explotarlos y dirigirlos, han dejado lejos de sí el aspecto estrictamente deportivo para transformarse en un medio para recaudar importantes sumas de dinero ya fuere en concepto de publicidad, ya en cuanto a venta de equipamientos o balones o se tratara de rentabilizar sus logros competitivos, mediante giras a otros países, partidos de exhibición o pequeños torneos en los que se consiguen, aparte del reconocimiento de los espectadores, importantes ganancias para los respectivos clubes. Aquí ya no se trata tanto del prestigio de la ciudad o el pueblo o incluso la nación a la que representa, sino que se está impulsando un negocio que obtiene mayores beneficios si, el equipo en cuestión, consigue ganar más partidos, obtener más trofeos, marcar más goles y se hace más popular en el mundo. Ya no importa que los jugadores sean de la misma localidad, autonomía o nación; por el contrario, se trata de conseguir, al precio que sea, a los mejores jugadores del mercado internacional. El equipo que consiga atraer, a base de millones, a los mejores, éste será el que, con toda seguridad conseguirá hacerse con los máximos premios y, a la vez, el que conseguirá mayor número de millones de euros para sus socios. Porque, señores, ya estábamos hablando de sociedades anónimas, con sus consejos de administración y sus presidentes que, al fin y al cabo, van a ser quienes se repartan los beneficios obtenidos, juntamente con los poseedores de las acciones de la sociedad.

Pero toda esta transformación, de simples justas deportivas a negocios boyantes o, en algunos casos, ruinosos; hay algo que convierte a algunos de estos equipos, que tanto éxito alcanzan, en cómplices, colaboradores, apoyos y soportes de determinados partidos políticos. Sus socios y seguidores ya no se conforman con ser los mejores en las ligas deportivas; ya no se limitan a presumir de tener los mejores jugadores de la competición ni de acaparar el mayor número de trofeos que los coloquen en la cúspide de aquella competición. No, señores, para algunos equipos, el objetivo no es tanto el ser los mejores en el deporte al que se dedican, sino que se involucran en manipulaciones políticas; defienden opciones que pueden considerarse, cuanto menos, como peligrosamente alejadas de la finalidad deportiva de la empresa; participan, de forma directa, en actitudes, mítines, demostraciones y exhibiciones de carácter levantisco, antipatrióticas, secesionistas y evidentemente delictivas, en ocasiones en las que representantes del Estado, en su carácter de autoridades de la nación, están presentes en eventos, que deberían ser estrictamente deportivos, y que, no obstante, se convierten en encerronas para presionar, chantajear, poner en aprietos y ofender a quienes ostentan la representación de la nación y a los símbolos constitucionales que la personifican.

Por desgracia no hemos visto una reacción, proporcionada pero enérgica, de quienes tienen las facultades para hacerlo, imponiendo multas, cerrando estadios, sancionando a los responsables, cancelando partidos o a los directivos de los equipos responsables de los tumultos. Este miedo endémico, esta mojigatería imperdonable, de quienes tendrían la obligación de impedir a rajatabla que, parecidos desmanes, pudieran producirse; les impide ejercer la autoridad de la que están poseídos para evitar que hechos semejantes se repitan en cada ocasión en la que, a los que intentan la partición de España, les parezca que ha llegado la ocasión para humillar al Estado y a sus representantes.

Ya estamos comprobando como, los resultados de esta lenidad, las consecuencias de tanta tolerancia y los efectos que, tanta impunidad, han producido en aquellos que vienen considerando que, si quienes debieran reaccionar no lo hacen ante tantas provocaciones, es porque no tienen narices para enfrentarse a ellos y, por tanto, no les importa desoír los avisos, sentencias, advertencias y demás actuaciones de los tribunales españoles, sabiendo o pensando que los que, de verdad, tienen la importante función de activar a las fuerzas del orden que han de acabar con tanta insolencia, están hibernados, carecen de motivación, tienen miedo a las consecuencias y actúan con desconcierto y sin eficacia, limitándose a hacer de don Tancredo esperando que, quienes se valen de tales sistemas de chantaje, confrontación, desafío y provocación, decidan, por cansancio y aburrimiento, dejar de actuar. Vana ilusión y nefasta decisión porque, si algo tienen estos de la extrema izquierda y los separatistas, es la facultad de no cejar en su empeño, aunque ello les lleve a tener que emplear años y años la misma herramienta de desgaste y acoso al legítimo gobierno de la nación.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, nos sentimos desamparados por el Gobierno de la nación cuando, en estas tierras catalanes, se viene consistiendo que entre comunistas y separatistas hayan impuesto su ley, olvidándose de la legalidad de la nación y de quienes tienen la obligación de hacer que se cumplan las leyes españolas aunque, en esta autonomía catalana, la mayoría de las autoridades hayan decidido renunciar a sus deberes para con el Estado español, con el objeto de imponernos, unilateralmente, sus leyes separatistas y sus normas comunistas, con entera indemnidad y ante la inoperancia de quienes debieran, desde hace años, haber defendido, sin ñoñería y cobardía, los derechos de los españoles, ante este jaque que intentan darle al Estado español.
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