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Guerra renovadora

Tambores de guerra resuenan en las fronteras de Europa. No sabemos si será Rusia, China o una superpotencia emergente
Octavi Pereña
lunes, 21 de febrero de 2022, 09:17 h (CET)

“Nunca ha existido una guerra buena o una paz mala”, Benjamín Franklin


Julio Verne se equivocó cuando profetizó: “Con el submarino no habrá más batallas navales. Como se seguirán inventando instrumentos de guerra cada vez más perfeccionados y terroríficos, la guerra será imposible”. Desde el origen del tiempo las guerras se han ido haciendo cada vez más mortíferas y devastadoras. Desde el inicio de la Historia las guerras tribales se han ido extendiendo alcanzando territorios más amplios. Sean guerras locales o globales  el ser humano no aprende la lección. La miseria que engendran los enfrentamientos y las crueldades de los combatientes se lanzan en el saco del olvido. Acierta el rey David al escribir: “Líbrame, oh Señor, del hombre malo, guárdame de los hombres violentos, los cuales maquinan males en el corazón, cada día urden contiendas. Aguzaron sus lenguas como serpiente, veneno de áspid hay debajo de sus labios” (Salmo 140: 1-3).


El origen de las guerras se encuentra en el corazón de los hombres. La memoria histórica no es un revulsivo que diluya el odio almacenado. Mientras el corazón humano siga generando sentimientos violentos, los malos pensamientos  prevalecerán por encima de la razón. Debido a ello, la cultura, le educación, la religión, la filosofía, no son caminos que conduzcan a la paz. Una simple mirada en sociedades de alto nivel cultural  como lo es la occidental, nos ha arrastrado y está a punto de empujarnos a otra guerra de alcance imprevisible. Si en las pequeñas diferencias no nos sabemos mantener en el camino de la concordia, ¿cómo lo vamos a conseguir en las grandes? Llevamos en la sangre emplear la fuerza para resolver a nuestro favor lo que consideramos son nuestros derechos. ¿Cómo no vamos a hacer lo mismo en las grandes desavenencias? Desterrar totalmente la guerra es una utopía inalcanzable.


Puede parecer una paradoja pero es una triste realidad. Alguien ha dicho que ”la guerra es una matanza entre personas que no se conocen en provecho de personas que sí se conocen pero que no se matan”. Aquí en la Tierra “todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo  tiene su hora…tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz” (Eclesiastés 3: 1-8). El pasado se repite con otros protagonistas equipados con armas más mortíferas y destructivas. En las trifulcas entre personas así como en las guerras entre naciones, tanto los unos como los otros saben que lo que hacen o lo que se proponen hacer no está bien, pero lo hacen. Buscan chivos expiatorios para justificar lo injustificable. Quien sabe lo que está bien y no lo hace comete pecado, infracción de la Ley de Dios.


Santiago, uno de los escritores de la Biblia redacta: “¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; Combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Santiago 4: 1-3). El escritor sagrado llega al corazón del problema. La insaciabilidad del corazón que jamás tiene bastante con lo que tiene y que hace uso de la fuerza para conseguir lo que no le pertenece.


Fedo Valla, estudioso de los cátaros, refiriéndose al genocidio a que se sometido este pueblo debido a sus peculiaridades que lo distinguían de los católicos, escribe: “Hacer esto el papado y Francia, lo aplastan. Y codician. Iglesia y rey se  reparten la riqueza occitana, después de la única cruzada de cristianos contra cristianos. Venció la barbarie  contra la alta espiritualidad. Una gran lección para el presente. Que la civilización puede sucumbir ante la barbarie en cualquier momento. Vencer es cambiar lo que es diferente, no destruirlo. Ser perseguido no te da siempre la razón, pero ser perseguidor te la quita siempre”.


El Antiguo Testamento que muchos consideran un libro que no debería jamás ponerse al alcance de los niños porque consideran que incita al odio por las muchas guerras que según ellos incita Dios. Es cierto. Narra muchas guerras aprobadas por Dios. Los detractores del Antiguo Testamento se cuidan muy bien de no decir nada del porque Dios las aprueba. La causa por la que Dios las bendice es que el pueblo de Israel se había apartado de Él para adorar a falsos dioses y que fomentasen la injusticia social.


Pienso que nos ayudará a comprender el belicismo divino, que a Él no le gusta la guerra y que no es su autor. Envía profetas a Israel para que denuncien su mal comportamiento, pero no les hicieron caso: “Pero no me habéis oído dice el Señor, para provocarme a ira con la obra de vuestras manos para mal vuestro” (Jeremías 25: 7). En el escenario internacional Babilonia entra en escena como gran potencia internacional en sustitución de la desaparecida Asiria. A Nabucodonosor rey de Babilonia a quien Dios lo considera “mi siervo” (v. 9) para que sea el brazo ejecutor de la sentencia divina contra Judá. Que Dios no promueve la guerra lo pone de manifiesto el texto que dice: “Castigaré al rey de Babilonia y a aquella nación por su maldad y a la tierra de los caldeos la convertiré en desiertos para siempre” (v. 12). Después aparecen en el escenario internacional los medo-persas que se convierten en el brazo ejecutor para castigar la maldad babilónica y así ha sido hasta hoy. Dios utiliza la maldad humana para castigar a las naciones impías. Así será hasta el fin del tiempo.


Tambores de guerra resuenan en las fronteras de Europa. No sabemos si será Rusia, China o una superpotencia emergente en cualquier lugar de la Tierra que se convertirá en el siervo de Dios  para ejecutar la sentencia de destrucción dictada por el Juez supremo. Lo cierto es que cuando todos los imperios terrenales hayan desaparecido, se implantará el reino eterno de Dios en donde “enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos, y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor porque las primeras cosas pasaron” (Apocalipsis 21: 4). Esta es la esperanza cristiana.

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