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​Leer las primeras dos páginas de la novela "Mundo al revés: Origen"

Ofrezco en Diario Siglo XXI para su lectura las primeras dos páginas de mi novela "Mundo al revés: Origen", publicada por Sportula, Nominada al Premio Ignotus 2020 a la Mejor Novela de fantasía y terror
Ángel Padilla
miércoles, 12 de mayo de 2021, 09:04 h (CET)

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CAPÍTULO 1 - GUISO


Miras los brazos que sujetan al bebé, blanquecinos y nervudos, y los miras como si fueran tuyos. Colocas al bebé, que chilla desesperado, encima de la mesa de gruesos listones de madera vieja de la cocina. Maderas renegridas, mohosas, el ambiente es gris, la ventana que ves enfrente está llena de suciedad y entra una luz tenue y aciaga de fuera, no sabes si es mañana o tarde. Caminas hacia un lado de la cocina, esquivando cosas del suelo, trapos mojados, y notas trozos de algo blando, como fragmentos de tripas resbaladizas. Pateas un montón de aquello para poder acceder a un cajón del que tienes que tirar con fuerza para que se abra, está abombado. Un desorden de cubiertos, listas de la compra antiguas. Coges el cuchillo cortahuesos y corres donde está el insufrible bebé que, retorciéndose, casi ha llegado al borde de la mesa. Es fácil aplastarle la espalda con tu mano de dedos retorcidos y largas uñas rojinegras. Ves subir tu brazo derecho y limpiamente le cortas la cabeza, él sigue llorando unos segundos, o quizá es el eco; el resto del cuerpo se mueve aún un poco, qué patético, qué idiota. Amputas los brazos; cortas las piernas en tres trozos con algo más de esfuerzo; rajas la tripa y sacas lo que no vale, lo lanzas al suelo. La palangana está en el lavabo, un lavabo que en algún tiempo mantendría algún tipo de asepsia, ahora está cubierto de mugre y por él suben dos cucarachas; por fortuna hoy sale agua del grifo; algunos días no marcha. Lavas las partes. De la cabeza le estiras la lengua, la tajas y la apartas, le arrancas los ojos, los tiras debajo del lavabo, esa parte no te gusta, siempre quedan crudos y no sabes si se comen. Lavada la sangre, vas echando los costillares carnosos del niño, piernas, el corazón y los riñones a daditos, en la gran sartén que ya tiene quemados los ajos hace tiempo y emana un hedor que te hace toser, bajas el fuego. Empieza a crepitar el bebé en el aceite. Lo echas todo, cabe. La cabeza comienza a calentarse en el horno, con patatas, vino blanco y especias en una gran bandeja de barro blanco. Hoy viene a cenar Elle, vais a celebrar un gran día. Echas sal a la sartén circularmente, animado, realizas un ademán como hacia un público de saber cocinar y subes el fuego. Te colocas frente a los cristales velados de la ventana; acercas la cara: una luz, más intensa que el resto de lo que llega de fuera, podría ser el Sol; notas que tu rostro sonríe, te late fuerte el corazón, estás contento. ¿Quién dará de comer a los pastores? Piensas. Y no entiendes por qué pensaste eso.


Has puesto la radio, música clásica. Quién eres tú, aquí. Estás ahora en la parte central de la casa, el comedor, atestado de montones de ropa sobre las sillas y numerosos objetos inclasificables en la mesa y por el suelo. Aún queda tiempo para que Elle llegue, crees. Ni sabes por qué, si no miras reloj alguno. Quizá nunca llegue nadie. Quizá la visita la inventaste en tu mente. No hay demasiada luz, es mejor, las persianas medio bajadas, otras, cerradas del todo. Estás sentado en el sofá colocado estratégicamente para verlo todo, todo lo que hay allí, un control flagelante del caos, quizá. Las estanterías de las paredes tienen muchos libros —si lo hubieran descubierto los reguladores, se los habrían confiscado; no hubiera sido pérdida, ninguno ha leído —, pero la ahora esforzada luz que logra entrar dota de un tono uniforme amarillento a las librerías de la derecha y semiañil a los libros de la parte izquierda. Vivaldi, Las Cuatro Estaciones, resuena estridente desde la radio medio rota pero que aún, misteriosamente, conecta con alguna emisora de la Zona Caos...

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