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Etiquetas:   Política   Europeas  

Equívocos electorales en los comicios al Parlamento Europeo

Se ha dicho, y es cierto, que España, como parte de la Unión Europea, se juega mucho en estas elecciones
José Luis Heras Celemín
jueves, 22 de mayo de 2014, 06:12 h (CET)
El próximo 25 de mayo los ciudadanos españoles estamos convocados a las urnas para elegir a los 54 diputados españoles que nos representarán en Europa en un parlamento que tiene 751 escaños. Es decir, los españoles elegiremos a algo más del siete por ciento de los diputados europeos, concretamente el 7,19 %.

Todos sabemos que el sistema electoral funciona en la modalidad de circunscripción única. Algunos conocen el número de partidos que concurren a los comicios y se interesan por lo que dicen y por las personas que han sido nombradas candidatas. Y unos pocos están atentos a los pronósticos que resultan de las últimas encuestas.

Además, los temas que se debaten en campaña son tan variados que se ocupan desde el supuesto “déficit democrático en la UE” (al que alude el candidato y profesor Pedro Chaves Giraldo) hasta los tics personales -feministas o machistas- de alguno de los cabezas de lista (Arias Cañete y Valenciano) pasando por todo un conjunto de contenidos excelsos, argumentos irrefutables y proyectos y propósitos tan magníficos que, si fueran posibles, merecerían el apoyo general para que se convirtieran en realidad.

Sin embargo, hay algo que no conoce el electorado en su conjunto, que no se ha explicado por nadie y que las formaciones electorales que concurren a los comicios parece que, como puestas de acuerdo, están soslayando. Estamos asistiendo a una campaña electoral para cubrir los escaños españoles en el Parlamento Europeo en la que los electores no están siendo avisados de que con el voto que depositen el día 25 de mayo no van a elegir a quien va a mandar en Europa. Y es que, aunque no se diga, no se trata de elegir a un grupo de diputados para que, entre ellos y desde ellos, elijan a quien ha de gobernar Europa, sino a un conjunto de personas de diferentes formaciones políticas para que se integren en distintos grupos europeos (plurinacionales) desde los que promover el conjunto de propuestas que permiten el desarrollo de un estamento plurinacional (La Unión Europea) siguiendo los acuerdos y pactos es-tablecidos en los llamado Tratados de la Unión (Tratado de la Unión Europea y Tratado de funcionamiento de la Unión Europea) que la originaron y permiten.

Es cierto que en las Elecciones Generales, las autonómicas y las Muni-cipales los ciudadano eligen a un “poder legislativo” para que éste a su vez elija a un “poder ejecutivo” que desarrolle su labor siguiendo (o no) unos programas electorales. Pero éste no es el caso, ya que el “poder ejecutivo” europeo no es fruto de un acuerdo, o elección, entre los electos que resulten de estos comicios. Por el contrario, la capacidad de decisión en Europa (poder ejecutivo) la tiene un ente, no dependiente de estos comicios, conocido como Consejo Europeo que, en virtud del Tratado de Lisboa, determina la dirección y las prioridades políticas generales de la Unión Europea. Este Consejo Europeo, forma-do por la reunión de los Jefes de Estado o Jefes de Gobierno de los Estados miembros, es el que, en dos reuniones semestrales y tomando las decisiones por consenso (o por mayoría cualificada según estipule el Tratado de la UE en cada caso), detenta la capacidad de decidir y el poder ejecutivo de la UE.

Como consecuencia de este equívoco, se suscitan dos tipos de compor-tamientos, o decisiones de voto, que, aunque sean humanas y obedezcan a razones de convicción admirables, tienen poco de afortunadas y representan un perjuicio para el elector (que resulta engañado o auto engañado) y un daño importante para el Estado de la Unión del que forma parte: España.

El primero es el que se produce cuando el elector usa su voto para “castigar” a un grupo político, detentador o no del poder, con la pretensión (por pueril, absurda) de que su voto, hecho como castigo, consiga un efecto inmediato: la toma en consideración del partido no votado para que en próximos comicios cambie sus políticas y acciones.

El segundo es el que ocurre cuando el elector, desinformado de unos “Programas de candidatura” europeos, opta por unas personas o unas siglas ajenas a un compromiso electoral (que no existe), inmersas en una formación plurinacional y con unos pactos, ajenos al votante, en los que el interés nacional no depende del sentido del voto depositado, sino de las convicciones y acuerdos entre los grupos políticos de nacionalidades diversas y con una ideología (empírica, o no) similar.

Por si este desconocimiento del electorado fuera escaso, que no lo es, está ocurriendo, además, que los propios Candidatos, inmersos en la ya cono-cida como “atmósfera electoral de campaña”, se hacen y deshacen en propues-tas (algunas imposibles) y en proyectos para los que, de ser elegidos, carecen de capacidad de acción.

Se ha dicho, y es cierto, que España, como parte de la Unión Europea, se juega mucho en estas elecciones. Lo que, distraídos por la campaña y víctimas del equivoco, no se ha especificado es exactamente qué se juega, quienes velarían mejor por los intereses españoles y por qué la designación de unos, y no de otros, sería más adecuada.
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