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Repensar la educación

Con más de la mitad de los jóvenes en paro, resulta comprensible que el alumnado de hoy no tenga la energía necesaria para confiar en una futura estabilidad laboral
Abel Ros
@Abel_Ros
lunes, 1 de julio de 2013, 11:15 h (CET)
A lo largo de mi experiencia como docente he llegado a la conclusión que para que se produzca aprendizaje deben existir dos voluntades esenciales: un interés por aprender y una voluntad por enseñar. La conexión entre sendas variables, independientes entre sí, reside en la motivación de la comunidad educativa. Sin motivación – queridos padres, alumnos y profesores – la ardua tarea de enseñar se convierte en una batalla matinal por querer transmitir conocimientos a un alumnado que no quiere o no está receptivo a aprender. Llegados a este punto, cabe me pregunto: ¿qué factores han suscitado esta desmotivación generalizada en el sistema educativo?.

1- Los recortes. Desde que comenzó la crisis, el gobierno de este país ha emprendido un acoso y derribo contra la figura del profesorado. El despido de interinos en la Comunidad de Madrid y su extrapolación a otras regiones del mismo signo político ha desmantelado las garantías de una Escuela Pública de calidad. La consideración de la educación como un gasto a minimizar en lugar de un recurso a optimizar ha ocasionado que miles de interinos hayan sido apartados de su función y desterrados a las colas del INEM. Otros, los que han salido airosos de la sangría – han visto cómo su poder adquisitivo ha disminuido desde el mayo de Zapatero. Con estos mimbres. La voluntad por enseñar lastra las energías de un profesorado castigado por su Estado.

2 - Los ratios. La amplitud de alumnos por aula ha deteriorado la calidad educativa. No es lo mismo – y ustedes, si son docentes me darán la razón – impartir clases a un grupo de veinte, que entrar en un aula con más de treinta alumnos, ¡cada uno de un padre y una madre! Esta amplitud del ratio profesor – alumno, o dicho de otra manera, este modo de ahorrarse dos duros para sacar pecho ante las faldas de Merkel, hace que el clima educativo, de puertas para adentro, sea uno de los peores de Europa. Resulta a veces, casi imposible, mantener atentos a treinta adolescentes desmotivados ante la frustración que les supone la búsqueda futura de empleo.

3 - Las becas. La cultura del esfuerzo vendida, a diestro y siniestro por la derecha, no justifica el 6.5 de nota de corte para tener acceso a las ayudas por estudio. No lo justifica porque la determinación de la calificación de un alumno está – en la mayoría de las ocasiones – condicionada por el nivel del examen. Mientras existen universidades en que resulta francamente fácil sacar un notable, en otras – y pongo por ejemplo la UNED – es muy complicado sacar el curso limpio y encima, para postre, con el 6.5 de Wert. Por ello, queridos amigos y amigas, mientras el criterio de la renta es objetivo y válido para todo el universo de alumnos, la nota está sujeta al nivel impuesto por la Universidad en concreto. De no ser así, no existirían listados de paraninfos clasificados por su prestigio y dificultad.

4 - Las reválidas. La LOMCE – como ustedes saben – convierte a la educación en un circuito del Jarama donde para pasar de ciclo es necesario presentarse a un cúmulo de selectividades. Con ello se pretende que los mediocres – o sea aquellos que estén por debajo del Bien – tengan que decidir entre irse a la Formación Profesional de ayer o esperar un año sabático – con lo que ello supone en tales edades – para volver a realizar la reválida y subir de peldaño educativo. Con estas medidas, qué ocurrirá, se lo pueden imaginar, miles de adolescentes en aulas de FP con la única aspiración de ocupar puestos de niveles intermedios alejados del poder empresarial.

5 - La crisis. Con más de la mitad de los jóvenes en paro resulta comprensible que el alumnado de hoy no tenga la energía necesaria para confiar en una estabilidad laboral futura. La fuga de talentos, la exigencia de idiomas y una reforma laboral agresiva con los derechos de los jóvenes ponen en evidencia el sufrimiento que suscita en el interior de nuestros alumnos el “qué será de ellos”, el día de mañana. Los desahucios y las dificultades de acceso a una vivienda digna son, entre otros, las quejas comprensibles de un alumnado frustrado y decepcionado con las élites elegidas.

Llegados a este punto, queridos lectores y lectoras, resulta de vital necesidad repensar la educación. Para ello debemos darle la vuelta a los factores determinantes de la desmotivación y convertirlos en motivadores. Cómo. Muy fácil. Otorgarle al sistema educativo el prestigio que se merece mediante inversión en recursos educativos, dicho de otro modo, cambiar el paradigma de la “educación igual a coste” por “la educación igual a recurso”. Solamente si andamos por esta nueva senda conseguiremos que tanto el profesorado como el alumnado recuperen la chispa de la motivación. Esa chispa necesaria para que la voluntad de enseñar se traduzca en un interés por aprender.
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