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Columna de opinión

La solidaridad, última Casa de Misericordia

Francisco Muro de Iscar Francisco Muro de Iscar
jueves, 2 de abril de 2020, 08:01 h (CET)
MADRID, 1 (OTR/PRESS) En casi todas las sociedades africanas, también en Hispanoamérica, en determinadas etnias como la gitana, los mayores son un valor a conservar, un referente de conocimiento y sabiduría al que se respeta por encima de todo. En las sociedades más "avanzadas" como la europea, los ancianos muchas veces son una carga que se soporta. Y en algunas, se ponen los medios para que no haya que soportarlos. Con la crisis del coronavirus se están produciendo circunstancias dramáticas para los que ya han traspasado una cierta edad. A muchos simplemente se les deja morir. En España, no solo se les ha condenado a vivir la pandemia en soledad, incluso a morir solos, sino que en algunas comunidades se ha dado la orden de no hospitalizarlos; de, si hay que elegir, dar prioridad a los que son jóvenes. Y hay médicos que no han tenido más remedio que optar por dar respiradores a los que "tienen más posibilidades de superar la pandemia". La falta de materiales, la grave imprevisión de las autoridades sanitarias, ha conducido a una realidad que se cuenta por el número de víctimas. Y todo ello, aunque muchos ancianos, algunos por encima de los noventa años, adecuadamente tratados, hayan sido capaces de superar la enfermedad.

En esta sobreexposición informativa que estamos sufriendo, el impacto del coronavirus en las residencias de ancianos, públicas y privadas, ha contribuido a demonizar una tarea ejemplar que se realiza en la mayor parte de ellas. Es cierto que, por razones obvias, estos ancianos son personas de alto riesgo. Pero también sus cuidadores, seguramente insuficientes en algunos casos, a los que se ha criminalizado. Ha habido insensibilidad política ante esta situación y falta de respeto hacia quienes han trabajado durante años y tenían derecho a un final con dignidad y ante sus cuidadores. A muchos mayores les han impedido acudir a los hospitales -total, si se iban a morir- y otros les han descalificado porque "no pueden ser tornillos en una cadena de producción". La Consejería de Sanidad de Madrid ha denegado test, oxígeno y mascarillas a alguna residencia porque no había. Algunos de estos "viejos", tras vivir la guerra y la posguerra son, de nuevo, las víctimas de otra situación parecida. Y solo la solidaridad de los cuidadores y de muchos voluntarios está paliando la situación dramática.

"Ser viejo es una especia de posguerra" escribe Joan Margarit, el poeta catalán autor de grandes obras como "Casa de Misericordia" -"la poesía es hoy la última Casa de Misericordia"-. El Gobierno holandés, que ha sido uno de los primeros en aprobar la eutanasia activa, está encabezando una posición que rechaza ayudar a los países del sur de Europa más afectados por el coronavirus. Y "expertos" holandeses creen que el colapso hospitalario en España e Italia "se debe a la posición de los ancianos en su cultura: salvarlos a cualquier precio". Hay que dejarles en casa para que mueran o acabar con ellos. Eutanasia en sentido puro. Es, además, la inmisericorde y repugnante insolidaridad de los privilegiados.

La ejemplaridad sin límite de sus cuidadores, la solidaridad de muchos voluntarios, la de quienes han cedido hoteles para acoger a los infectados, la de la UME desinfectando residencias, la de quienes les hacen la compra para que no salgan, están evitando muchas muertes indignas. La solidaridad hacia los mayores es hoy, en medio de este terrible coronavirus, la "última Casa de Misericordia".

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