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La semana política

La cabeza de Borrell y otras pérdidas de cabeza

Fernando Jáuregui Fernando Jáuregui
jueves, 10 de enero de 2019, 08:00 h (CET)
MADRID, 9 (OTR/PRESS) Leer los periódicos, como uno ha de hacer por obligación profesional -y por devoción- cada día, escuchar las radios, ver los informativos de televisión, es, a veces, un ejercicio preocupante. Cada día es un nuevo sobresalto, que muestra que hay demasiadas cosas desajustadas en nuestra vida política e institucional.

Lo que más me preocupó en las últimas horas fue ver al Rey, flanqueado por el presidente del Consejo del Poder Judicial, Carlos Lesmes, y por la ministra de Justicia, Dolores Delgado, entregando sus despachos a los regresados de la Escuela Judicial, sita en Barcelona (y dirigida por la esposa del polémico magistrado Llarena, Gema Espinosa, que tantos escraches ha tenido que padecer)... Pero la entrega se hizo en Madrid, en la sede de la real Academia. Hubo pánico a mantener la tradición de la entrega de despachos en Cataluña, así que se 'huyó' a Madrid. Y, para colmo, el jefe del Estado se vio flanqueado por un 'jefe de los jueces' cuyo mandato ya ha expirado hace semanas tras una gestión más que discutible y por una ministra reprobada que ha sido objeto de todo tipo de polémicas, y que se mantiene ahí porque el presidente Sánchez no puede permitirse sustituirla.

Creo que ni el Monarca ni el Poder Judicial, ni el Ejecutivo, se pueden permitir estos dislates, máxime cuando se avecina, con el llamado 'juicio del siglo' contra el independentismo catalán, una de las mayores charlotadas que pueden afectar a las sesiones del Supremo: las defensas van a llamar a testificar a cientos de personas, entre ellas el mismísimo huido Puigdemont -que no comparecerá, supongo; o sí...--, Mariano Rajoy, Soraya Sáenz de Santamaría o Cristóbal Montoro -que imagino que sí tendrán que comparecer, pero muy a su pesar, claro--. Veremos, entre los sobresaltos testificales, las manifestaciones en los alrededores de la plaza de Las Salesas y las salidas de tono del president de la Generalitat, en qué para el espectáculo, ante el que me parece que el Gobierno, los jueces y todas las personas sensatas, comenzando por el Rey, se muestran muy, pero que muy aprensivas.

O mire usted el despropósito de las negociaciones diarias de Vox, pidiendo cosas cada vez más pintorescas e imposibles, con el Partido Popular, a ver si llegan estos últimos a ocupar -lo que sería deseable quizá, pero desde luego sin las presiones de un partido minoritario y, para colmo, con esos planteamientos- una parcela de poder en la junta de Andalucía. Negociaciones locas, mal explicadas a la ciudadanía, cediendo quizá demasiado, con pretensiones descabelladas, como las cabezas de esos infelices inmigrantes, cincuenta y dos mil nada menos, que son los desheredados de la Tierra y a los que se quiere hacer pagar el pato de San Telmo. Me dan escalofríos, se lo confieso a usted.

Y, hablando de cabezas: lo peor de todo es que me creo las declaraciones del diputado de Esquerra Republicana de Catalunya, Gabriel Rufián, quizá persona no muy educada ni fina en las artes parlamentarias, tosca en sus maneras, pero que no me consta que mienta. Dice Rufián que Podemos le ofreció a ERC 'la cabeza de Borrell' a cambio de que los independentistas catalanes votasen los Presupuestos. Ya digo: no puedo poner la mano en el fuego por la veracidad de lo que dice el a veces esperpéntico Rufián. Pero los desmentidos me parecen débiles y el mero hecho de que yo, y muchos, seamos capaces de creer que Podemos está negociado, por cuenta del Ejecutivo al que no pertenece, la aprobación de los PGE, que daría oxígeno a Pedro Sánchez hasta 2020, ya es muy sintomático. Y que se negocie con la cabeza de Borrell, incómodo al separatismo y quién sabe si pieza algo excéntrica entre los descerebrados, también me parecería muy significativo.

Yo creo que lo que ocurre es que todos estamos perdiendo la cabeza. Y, así, no me extraña casi nada de lo que leo en redes sociales y veo y escucho en medios nacionales y extranjeros. Si tenemos en cuenta que el pensamiento independentista -vamos a llamarlo así- está en manos del inestable de Waterloo y que el constitucionalista es incapaz de llegar a acuerdos que no sean tragar con lo que dice un partido fuera de la realidad y casi del sistema, no me extraña, la verdad, el auge de ese partido, al que los del 'cuanto peor, mejor' se acogen.

Lanzados por un tobogán que desemboca quién sabe dónde, parece que, encima, nos divertimos con lo que suponemos que está ocurriendo, porque, en realidad, nadie tiene ni idea de lo que en verdad nos sucede. La cabeza de Borrell, como la de los inmigrantes, como la falta de respeto y cuidados a la cabeza coronada del jefe del Estado, son datos muy preocupantes. Ver metafóricamente rodar cabezas, como si fuesen balones del tampoco muy cuerdo fútbol, es lo último que yo quiero para mi país: aquí no sobra ninguna cabeza y faltan, en cambio, muchos cerebros.

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