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Al margen

El Supremo ya no es Supremo

Rafael Torres Rafael Torres
jueves, 8 de noviembre de 2018, 08:01 h (CET)
MADRID, 7 (OTR/PRESS) El Supremo ya no es el Supremo: existe, al parecer, una instancia superior capaz de enmendarle la plana y modificar sus sentencias. Podría intuirse, pero no se sabía a ciencia cierta hasta el desenlace del bochornoso espectáculo que el otrora Alto Tribunal ha propinado a los españoles a cuenta de las hipotecas.

Con ese misterioso, o no tan misterioso, Supremo superior al Supremo que le ha obligado a desdecirse en su jurisprudencia, habrá que contar en adelante, bien que a costa del descrédito del Supremo de toda la vida, que, con sus aciertos y sus errores, tenía la facultad de que lo que decía iba a misa. Ya no va a misa; desde que a las 24 horas de dictar que el impresentable impuesto de Actos Jurídicos Documentados, una pasta por introducir figuradamente un préstamo en un registro, lo tenía que pagar la parte interesada en registrarlo, se desdijo, o le desdijeron, por la "enorme transcendencia" que tendría esa sentencia de elemental justicia, desde ese momento, digo, erró ésta su camino al templo, y ya no fue a misa, sentando un precedente, este sí, de enorme transcendencia.

La pos-sentencia del 15 a 13 emitida por el Pleno en contradicción letal con la de la Sala que exoneraba a los clientes hipotecarios del sablazo, ha indignado a los españoles, pero no tanto, aunque mucho, por tener que seguir pagando ese impuesto inicuo, como por sentirse burlados por un Tribunal que ha exhibido, con su impericia y su lamentable praxis en éste caso, sus vergüenzas. Si el poder judicial dependiera, como el legislativo y el ejecutivo, del designio público mediante elecciones directas, los regidores del Tribunal Supremo, y no sólo los regidores, tendrían que ir buscándose otro acomodo, si es que no otro empleo.

Podrá el Gobierno, si le dejan, proponer o sacar adelante leyes que intenten desvanecer la impresión de que quien manda en España, definitivamente, es la banca, pero el daño ya está hecho, y ese daño, en forma de desprotección absoluta del individuo frente al poder dinerario, no se desvanece con ese ensalmo. El Supremo tenía una razón de ser, que era el Supremo. Ahora parece haber otro por encima, acaso alojado, en plan ocupa, dentro de sí mismo.

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