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La semana política

A la Diada, equipados por 15 euros

Fernando Jáuregui Fernando Jáuregui
lunes, 20 de agosto de 2018, 08:01 h (CET)
MADRID, 19 (OTR/PRESS)Algunos periódicos 'indepes' catalanes ya han empezado a insertar anuncios vendiendo el 'equipo para la Diada': camiseta, mochila y abanico por un total de quince euros, que contribuirán a sufragar los gastos que la Assemblea Nacional Catalana invertirá en la manifestación del 11 de septiembre. El lema de las camisetas es inequívoco: 'Fem la República Catalana'. Como a nadie le cabe, supongo, la menor duda de que el nacionalismo (ahora el independentismo) catalán está, pese a sus divisiones internas, muy bien organizado al menos desde el 'caso Galinsoga', allá por 1959, no cabe duda de que las ventas serán un éxito. Y tampoco albergo, personalmente, demasiadas dudas acerca de que, como ya viene siendo casi tradicional desde hace seis años, esta Diada servirá de pistoletazo de salida para nuevas manifestaciones, nada espontáneas, que recuerden todo lo ocurrido --que fue mucho-- en octubre del año pasado. Si todo les sale bien, o sea, mal para casi todos los que abominamos de los métodos de la CUP y los CDR, Barcelona será una ciudad casi intransitable durante muchas semanas.

El 'caso Galinsoga' debería haber prevenido desde hace tiempo a quienes gobiernan a los españoles de que, con razón o sin ella, el 'tema Cataluña' debería ser tratado con mucho más cuidado de lo que lo hizo primero el dictador Franco y después los varios presidentes del Gobierno de la democracia, Adolfo Suárez --que firmó un duradero pacto con Tarradellas-- quizá excluido. El periodista Luis Martínez de Galinsoga, nombrado director de La Vanguardia por el franquismo --entonces pasaban esas cosas con la casi totalidad de los medios-- se indignó ante el hecho de que el sacerdote que pronunciaba la homilía en la iglesia de San Ildefonso, en Barcelona, aquel 21 de junio de 1959, lo hiciese en catalán; así que se levantó y, con voz airada, dijo aquello de que "todos los catalanes son una mierda", frase que ha pasado a la historia casi como un récord Guinness a las proclamas desafortunadas.

Ni qué decir tiene que la sociedad catalana, en su casi totalidad, se indignó con el comportamiento del muy 'ultra' director del principal periódico de la ciudad y de Cataluña. El propio Jordi Pujol, que entonces lideraba un grupo de jóvenes católicos, organizó, junto con otras entidades, una campaña contra La Vanguardia, que obligó a los dueños del periódico a exigir al director que rectificara, lo que hizo, proclamándose "amigo de Cambó"; no sirvió de nada y el gran periódico perdió miles de suscriptores en pocos días. Así que, a petición del propio conde de Godó, el Consejo de Ministros destituyó a Galinsoga, sustituyéndolo por un periodista de indudable raza, Manuel Aznar, abuelo, por cierto, del que con el mismo apellido fue presidente del Gobierno de España y, a su manera, 'aliado' de Jordi Pujol.

Desde entonces, en Cataluña se ha venido organizando, no pocas veces con falsificaciones de la Historia incluidas, la respuesta a algunos errores --o no-- procedentes 'de Madrit'. No reconocer esos errores sería tan grave como que incluso quienes se sienten independentistas 'moderados' --que son la mayor parte de ese sector, según las encuestas-- no reconociesen que la actual deriva que Puigdemont y Torra quieren imprimir a la sociedad catalana raya en el fanatismo supremacista.

Y, así, el choque de trenes está tan asegurado como cuando Companys se atrevió a retar al Estado republicano, en 1934, con una unilateral declaración de 'Estat catalá'. Que era, por cierto, bastante menos rupturista que la DUI de Puigdemont y compañía el pasado mes de octubre, cuando se precipitó la catástrofe porque los políticos de acá y de allá --más, a mi entender, los de allá, sin que eso signifique que aplauda la inoperatividad de Rajoy y su mala aplicación del artículo 155-- no supieron estar a la altura de Suárez y de Tarradellas.

Desde luego, me siento incapaz, tras haber intentado --no es fácil-- hablar con unos y con otros, de adivinar qué ocurrirá en los dos meses cruciales que tenemos ante nosotros. El reto al Estado lanzado por Torra cuando, en la tarde del viernes, acudió a homenajear a los políticos presos en la cárcel de Lledoners, su patente mala educación esa misma mañana con el Rey en la plaza de Catalunya, no permiten hacerse demasiadas ilusiones. Tampoco fue buena señal que, al menos que se sepa, el presidente Pedro Sánchez, que acompañaba al jefe del Estado en este homenaje a las víctimas del atentado yihadista de hace un año, no fuese capaz de establecer un nuevo contacto con Torra antes de que la Diada precipite, de nuevo, semanas de agitación y de pérdida de credibilidad exterior para Cataluña y, de paso, para el resto de España.

Pienso que tanto la ministra 'para Cataluña', Meritxell Batet, como la delegada del Gobierno, Teresa Cunillera, saben lo que se hacen. Creo que me consta que ambas se sienten incómodas por la pervivencia de la prisión provisional para algunos de los que, hará en octubre un año, intentaron el golpe secesionista. Pienso que mientras los lazos amarillos tengan un significado nefasto para una importante porción de los catalanes que se sienten identificados con esos reclusos, la solución dialogada va a ser muy difícil, y la verdad es que no imagino otra.

Claro que será preciso encontrar una interlocución del lado de allá del Ebro. Me cuesta creer que Torra y su mentor en Waterloo, lanzados sin más a la carrera desenfrenada hacia ese nuevo choque de trenes, puedan ser esos interlocutores. Lo peor es que no parece haber más, porque con quien aún se podría negociar sigue en prisión, cauto, a la espera de un futuro que él, creyente como se proclama tantas veces, sabe que llegará, como sabe que la independencia de Cataluña es, simplemente, imposible. Por mucho que la 'Diada de los lazos amarillos y las camisetas color coral a 15 euros' se desgaste en 'vivas a la República' estelada y en los gritos contra el Gobierno central, olvidando que hace mucho que todos abandonamos los tiempos del salvaje Galinsoga, aunque aún queden demasiados rescoldos intransigentes a ambos lados del Ebro.

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