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La hez vacacional

Rafael Torres Rafael Torres
jueves, 9 de agosto de 2018, 08:00 h (CET)
MADRID, (OTR/PRESS)Puede que con la forzada devolución del turismo que teníamos de prestado, esto es, con la recuperación de los destinos de sol y playa que en el pasado nos hicieron competencia, se precipite el proceso de degradación al que desde hace tiempo venimos asistiendo, cuando no propiciando.

Esos destinos turísticos decaídos en los últimos años por la inestabilidad política y por los zarpazos del terror yihadista, particularmente los del norte de África y del Asia Menor, podrían, revividos, dejarnos con la hez vacacional con que empresarios sin escrúpulos y políticos incompetentes o venales han ido llenando los veranos de las costas españolas, insulares y peninsulares, pues en esos países (Túnez, Argelia, Egipto, Turquía, Jordania...) ni se fundamenta ni se fundamentará en el alcohol, en las curdas masivas y en el vandalismo asociado, la industria turística, en tanto que aquí, cada vez más y en más sitios, sí.

Los de quedarnos para nosotros solos con los borrachos británicos, bien que reforzados por el elemento nacional e internacional afín, no pinta como una posibilidad apasionante, y no sólo en estragados y dantescos emporios como Magaluf, donde cada noche se salda con peleas, precipitaciones a toda clase de vacíos, comas etílicos y más de media tonelada de basura, sino también en las grandes ciudades que, convertidas en moteles gigantescos donde todo vale, no van siendo capaces de imbuir en los forasteros, a menudo encuadrados en esa demencia hortera de las despedidas de soltero/a o en la no menos demente de beber por beber, el menor concepto de civilidad.

La codicia sin límite ni freno de los ordeñadores del turismo infame, de aquél que encuentra en España lo que podría encontrar en cualquier otro sitio donde le dieran el alcohol barato y no hubiera que cumplir las más elementales normas cívicas, como las que prohíben hacer aguas mayores y menores en la vía pública o pasearse en pelotas por la calle, esa codicia, digo, y la sospechosa o directamente corrupta dejación de tantas autoridades, está ultimando el diseño de nuestro turismo futuro, casi presente ya.

España no es un descampado, ni un botellón, ni una megadiscoteca, ni mucho menos un "after" por el que deambulan, estólidas y erráticas, criaturas de mirada vidriosa e hígado en acelerada descomposición. Es otra cosa, muchas otras cosas, la mayoría fascinantes para el viajero o el turista con ganas de disfrutar, pero la codicia, desde la del dueño de grandes cadenas a la del particular que especula sin tasa con los apartamentos turísticos, la va dejando, en verano, en mero y mugroso reducto de la hez vacacional.

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