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Crueldad laboral (las kellys)

Rafael Torres Rafael Torres
jueves, 8 de marzo de 2018, 08:00 h (CET)
MADRID, 7 (OTR/PRESS) Buena parte de las 200.000 camareras de piso que hay en España tienen que drogarse cada mañana para ir a trabajar. Sometidas a un régimen de explotación extremo, la dureza de su trabajo, las jornadas interminables, los productos tóxicos de limpieza que utilizan, la precariedad de sus contratos y la paga de hambre, unos dos o tres euros por habitación, destrozan sus huesos, sus articulaciones y su moral, de suerte que necesitan atiborrarse de medicamentos para conseguir llegar al trabajo para inmolar, allí, los restos de su salud, de su vigor, de su vida, en el insaciable altar de las codicia de sus explotadores.

De sus explotadores, y de los legisladores y gobernantes que las desamparan, privándoles de los derechos más elementales de los trabajadores y de la protección frente a los abusos de hoteleros y subcontratistas. Por eso, porque tanta responsabilidad en esa suerte de lento feminicidio recae sobre éstos como sobre el poder político, Mariano Rajoy dijo sentirse "impactado" al escuchar el relato de los sufrimientos de éstas mujeres en la última sesión de control en el Senado, de labios de María José López Santana, senadora de Nueva Canarias e hija de gobernanta, esto es, de camarera de piso que lleva muchos años deslomándose y medicándose para poderse seguir deslomando.

Rajoy dijo sentirse impactado ante el relato, y por su expresión y su tono en la respuesta, es muy probable que, en efecto, lo estuviera. No era para menos. Incluso alguien que, como él, vive en una burbuja material confortable y muelle, tiene que impactarse ante una relación de sevicias y calamidades como la que hizo, con íntimo conocimiento de causa, la joven senadora canaria, que resumió su intervención con dos palabras acusatorias: Crueldad laboral. Las Kellys, voz que deriva de "las que limpian", como se las conoce, son las parias entre las parias del llamado "mercado laboral", pero la senadora no buscaba el impacto de Rajoy, sino las soluciones a semejante atropello de la dignidad humana que Rajoy, como presidente del gobierno que ha consentido, si no facilitado, ese estado de cosas, puede y debe arbitrar.

Impactado, y algo avergonzado seguramente, Rajoy se comprometió a socorrer a las Kellys, pero, entre tanto, antiinflamatorios, opiáceos y ansiolíticos seguirán constituyendo el amargo desayuno, cada mañana, de éstas eméritas mujeres.

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