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El abanico

El muerto goza de buena salud

Rosa Villacastín Rosa Villacastín
viernes, 12 de enero de 2018, 08:00 h (CET)
MADRID, 11 (OTR/PRESS) Cualquiera que haya leído las informaciones sobre la "muerte" de Gonzalo Montoya, el preso asturiano que resucitó cuando le iban a hacer la autopsia, pensaría que se trataba de una inocentada. No, no lo era, por más que parezca el guión de una de esas series que suelo ver en televisión cuando tengo insomnio y no hay manera de pegar ojo.

Tres médicos, tres, certificaron su defunción, de manera que los encargados de la funeraria le llevaron de la prisión donde se encontraba al hospital más cercano. Allí le metieron en un frigorífico, en espera de que llegase el forense de turno. Cuando este ya lo tenía todo preparado para abrirle en canal y hacerle la autopsia, escuchó unos gruñidos que salían de la bolsa negra donde estaba Gonzalo.

Su sorpresa fue mayúscula cuando al deshacer el nudo, el hombre que estaba dentro empezó a chillar e intentar salir de aquel lugar oscuro donde había permanecido desde que los funcionarios de prisiones de la cárcel de Villabona, en Asturias, le encontraron tirado sobre el camastro de su celda.

No quiero imaginar ni por un instante lo que pudo sentir, pensar, este pobre hombre desde que se despertó hasta que vio la luz. Una verdadera pesadilla.

Las preguntas que hoy nos hacemos cualquiera que haya seguido este suceso es: ¿cómo es posible que ninguno de los tres médicos que certificaron su muerte no se dieran cuenta de que latía su corazón?

La explicación que han dado es que Gonzalo se había intentado suicidar tomándose un buen número de pastillas -no era la primera vez-, porque estaba angustiado al ver que algunos de sus compañeros salían en libertad mientras él se quedaba solo con sus recuerdos. Bueno solo no, le acompañaba la imagen de sus cinco hijos, de Catia, su mujer, de sus padres, de sus hermanos, pero sobre todo le angustiaba lo que se iba a encontrar cuando obtuviera la libertad después de tres años en prisión. Una larga condena que nunca asumió por más que confesara que había sido el autor del robo de chatarra. Tres años pueden parecer poco pero es una eternidad para un joven sin perspectivas de futuro y con una gran carga familiar a sus espaldas.

La situación en la que ha quedado Gonzalo es muy delicada, tanto físicamente -el tiempo que estuvo en el congelador no solo le ha dañado un riñón, también tiene neumonía y liquido en la espalda-, como a nivel emocional, de ahí la desesperación de su familia que no entienden cómo con los adelantos que hay pueden pasar todavía estas cosas.

Pues pasan, lo que hay que pedir ahora es que se esclarezcan los hechos y que se le indemnice por el infierno que ha pasado. El padre pide que le indulten por los seis meses que le quedan por cumplir. Ningún ser humano se merece lo que este chico ha sufrido por la mala praxis de unos funcionarios públicos.

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