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A vueltas con la Constitución

Isaías Lafuente Isaías Lafuente
jueves, 7 de diciembre de 2017, 08:00 h (CET)
MADRID, (OTR/PRESS)La Constitución Española cumple 39 años, exactamente los mismos que cumplió el dictador golpista en el poder. Atravesamos así un ecuador histórico inmersos en el debate que año tras año se repite, como el día de la marmota, sobre si la ley fundamental debe o no ser reformada. La Constitución del 78 se escribió en quince meses y llevamos más de una década planteándonos su reforma. Unos la defienden con la actitud de un Moisés protegiendo las Tablas de la Ley. Otros, para reclamar su modificación, la desprecian como si de un mal apaño se tratase. Y seguramente el primer paso para emprender su reforma se dará cuando entre ambas fuerzas se produzca un reconocimiento mutuo.

Porque podremos discutir si nuestra democracia es o no perfecta, pero es imposible negar que la Constitución en que se sustenta permitió que nuestro país transitara de una dictadura a un sistema de libertades homologable con cualquier democracia del mundo. Es más, repasando su articulado, resulta sorprendente cómo las leyes posteriores han podido exprimirla para llevarla más allá de lo que los constituyentes previeron. Porque es impensable que cuando consagraron que "el hombre y la mujer tienen derecho a contraer matrimonio con plena igualdad jurídica" contemplasen la posibilidad del matrimonio homosexual. Sin embargo, ha sido posible.

Es sólo un ejemplo que demuestra, en sentido contrario, que algunas de las carencias que hoy tiene nuestra democracia no son culpa de una Constitución pretendidamente precaria sino de políticos a los que les ha faltado la audacia o la valentía suficientes como para llevarla hasta sus últimos extremos. Dicho lo cual, la Constitución necesita ser reformada. Al menos para consagrar derechos que las leyes han ido reconociendo en las últimas décadas, para reconocer realidades que un mundo que evoluciona a velocidad de vértigo va generando, para adecuarla al marco de la Unión Europea en el que aún no estábamos cuando se redactó, para cerrar definitivamente nuestra estructura territorial que, en su texto, era poco más que un manual de instrucciones y, por qué no, para flexibilizar los procedimientos de futuras reformas para que el abismo de la parálisis no paralice a legisladores futuros. La única duda es si las actuales fuerzas políticas serán capaces de llegar a acuerdos y de asumir renuncias como los que se produjeron en el 78. Es más, podríamos preguntarnos si las actuales fuerzas políticas, hace 40 años, hubieran sido capaces de elaborar una Constitución como la que hoy disfrutamos y, algunos, celebramos.

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