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Oiga, ¿y qué?

Isaías Lafuente Isaías Lafuente
domingo, 19 de marzo de 2017, 08:00 h (CET)
MADRID, (OTR/PRESS)Escribo desde Vitoria, donde coincido con la celebración del congreso del Partido Popular Vasco. Mucho se había especulado con un presunto almuerzo, este sábado en la capital vasca, de Mariano Rajoy con el lehendakari Iñigo Urkullu, tal vez en Ajuria Enea. No hubo tal almuerzo ni, parece, encuentro alguno, aunque quién sabe en estos tiempos en los que cualquiera te puede sorprender contándote una charla sorpresa entre el presidente del Gobierno central y, por ejemplo, el actual y no por mucho tiempo inquilino de la Generalitat catalana, pongamos por caso.

Lo cierto y verdad es que la presencia de Rajoy en Alava coincidió con los titulares que hablaban del anuncio por parte de ETA de que procederá a su efectivo desarme dentro de tres semanas, y tanto Rajoy desde sus atriles como Urkullu desde los suyos coincidieron en aceptar con normalidad algo que parece que conocían con antelación: a saber cuántas reuniones y charlas telefónicas han mantenido ambos, a saber qué pactos bajo el tapete -y no, no es una crítica_ se han producido entre Madrid y Vitoria para llegar a un anuncio de apoyo a los Presupuestos y dentro de poco, sin duda, a otro anuncio de acercamiento de presos de la ya casi ex banda terrorista al País Vasco.

Porque los presos en las cárceles y, mucho más que eso, el dolor imborrable de las víctimas del terror que esos reclusos produjeron, es ya lo único que nos queda de esa pesadilla que durante cuarenta años nos afligió a tantos españoles. Hoy, bajo la gobernación del peneuvista Iñigo Urkullu, el País Vasco es un remanso de paz donde no caben más turistas, y los más jóvenes ya casi ni recuerdan la época, demasiado larga, en la que unos salvajes fanatizados mataban, por nada, a gentes inocentes, a buenas gentes que acaso aún sigan sin recibir el reconocimiento social debido. Pero eso, una deuda aún pendiente, es, ya digo, lo que resta del mal sueño de cuatro décadas. Eso y que siguen pudriéndose tras los barrotes quienes derramaron sangre e hicieron derramar tantas lágrimas. ¿Que ahora podrán aproximarse a prisiones en el entorno de Euskadi esos reclusos, ya sin ideología ni esperanzas, como tan bien refleja Aramburu en su inolvidable novela 'Patria'? Pues que se aproximen, como, por otra parte, manda la Constitución. ¿Y qué? Si ya los hemos vencido y nada les hemos dado a cambio...

Y todo ello, sin alharacas. Que ni Urkullu ni Rajoy, que ya vemos que no está tan inactivo, son gentes de grandes griteríos ni aspavientos. Cada uno a su manera -más, creo, el lehendakari_ reflejan una cierta estabilidad que sus oponentes políticos no logran darse a sí mismos en sus respectivas formaciones: mire usted la que se está organizando a cuenta de las finanzas de los candidatos socialistas a las primarias, por ejemplo. O lo de la política catalana, a la que tanta falta le haría un Urkullu que impusiese un poco de serenidad callada y laboriosa a la inmensa algarabía que ya nadie entiende.

Ya sé que Rajoy, que está viendo pasar gloriosamente 'sus' congresos regionales, que, dice él por lo bajini, muestran la fortaleza del PP, ha pasado unas horas malas a cuenta de la derrota en el Parlamento de un decreto-ley sobre la estiba. Oiga, repito: ¿y qué? Ese decreto, de una u otra forma, acabará aprobándose, porque fue una necedad echarlo abajo. Y los Presupuestos de 2017, terminarán aprobándose -ya veremos los del 18, que eso será otra cosa-.

No entiendo para qué se tiraron a la calle el jueves desde La Moncloa profetas del Apocalipsis amenazando con un anticipo de las elecciones generales, ahora que se acerca el movido mes de mayo, rasgándose las vestiduras porque "así, no hay quien gobierne". Han tenido que recoger velas el viernes, asegurando que nada más lejos de las intenciones del flemático Rajoy que disolver ahora las cámaras legislativas, que tampoco se le muestran tan, tan hostiles. Y si se le muestran, ¿qué? Pues eso: que Rajoy se fuma un puro -metafóricamente: ya sé que ahora oficialmente ya no fuma_ con todo eso, se alza de hombros, pone gesto galaico y pregunta: ¿Y qué?

Así que eso es lo bueno del personaje. Y lo malo. Porque si todo va bien y nunca pasa nada; si todo estaba previsto, como lo de ETA; si en Cataluña va a ser imposible la independencia, diga lo que diga el saliente Puigdemont; si, gane a o no gane las primarias de su partido, Pedro Sánchez va a ser un juguete de los vientos morados, ¿para qué cambiar algo? Y de esta manera se va cimentando el Rajoy inmovilista -que no inactivo, ojo-, que sabe que, pase lo que pase, nunca pasa nada: ¿para qué, entonces, andarse con líos de cumplimiento de esos ciento cincuenta compromisos con Ciudadanos, por ejemplo, con lo trabajoso que sería ponerlos en marcha? Nada, nada, quedémonos tranquilos y reposados, que nunca pasa nada. Hasta que pase, claro. Pero, mientras, los 'tempos rajoyanos' son los que aquí se imponen, faltaría más. ¿Y qué?. Y punto.

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