El Príncipe Felipe de Borbón, futuro Felipe VI, ha protagonizado estos días muchas portadas al actuar como anfitrión del heredero de la Corona británica, Carlos de Inglaterra, y su esposa. Las fotografías del futuro jefe del Estado español y doña Letizia junto al Príncipe de Gales y la Duquesa de Cornualles parecen un augurio de continuidad institucional. Y que don Felipe abordase, con suma prudencia, pero al fin y al cabo sacó el tema, el contencioso de Gibraltar en la cena de gala ofrecida a sus invitados en el Palacio de Oriente ha provocado, me parece, general satisfacción en la opinión pública: puede que por primera vez, el heredero de la Corona de España ha abandonado su papel estrictamente institucional y siempre demasiado rígido en política exterior para adentrarse en una cuestión "de sustancia".
Para mí, que me confieso monárquico y, aunque muy seguidor de don Juan Carlos, mucho más admirador de don Felipe de Borbón que de otras figuras de esa Casa, supuso una sorpresa que sacase a relucir, sin citar expresamente la palabra "Gibraltar", el tema del Peñón. No recuerdo que el Rey lo haya hecho nunca en presencia de su "prima Lilibeth": razones de prudencia acaso excesiva lo aconsejaban, como parecen haber aconsejado al actual Gobierno de España no zarandear excesivamente esa espina que nuestro país tiene clavada al sur.
Tras Franco, que agitaba el Peñón para mantener a los ciudadanos -entonces súbditos- ajenos a otros problemas, creo que los sucesivos gobiernos españoles han cometido errores de bulto al enfocar la "cuestión" de Gibraltar. Desde el optimismo excesivo del entonces ministro de Exteriores de Aznar, Josep Piqué -para quien recuperar la soberanía del Peñón era cuestión de meses_, hasta el entreguismo inexplicable del Ejecutivo de Zapatero, considerando al primer ministro gibraltareño interlocutor al mismo nivel que los gobiernos español y británico, todo han sido dislates. Hábilmente aprovechados, por cierto, por los gibraltareños, para extender su influencia sobre aguas, tierras, aire, bufetes de escasa probidad ética y maniobras oscuras en general. Hoy, el Gibraltar que han estado a punto de visitar los Príncipes Charles y Camilla -menos mal que pudo impedirse tal bofetón diplomático_ es no sólo un residuo de un pasado colonial intolerable, sino un enclave donde no poca delincuencia internacional tiene su asiento.
En este contexto, si tengo algo que reprochar a las palabras del Príncipe en el Palacio de Oriente es que acaso fueron demasiado tímidas. Pero es cierto que se trata de un primer paso en el camino: ni Felipe VI podrá reinar como su padre, Juan Carlos I, ni Carlos de Inglaterra -si es que llega a ser él quien ocupe el trono_ podrá hacerlo como su madre, Elizabeth. Ni, desde luego, en la nueva era que se abre en Europa y en el mundo, Gibraltar podrá seguir siendo una vergüenza para los españoles y un baldón difícil de conciliar con los principios de la UE. Por eso fue tan importante este cauteloso brindis del Príncipe de Asturias en el Palacio de Oriente, que tanta Historia, tanto pasado, atesora y apresa entre sus muros.
Comentarios
Teatro, puro teatro, y muy caras las localidades
01/abr/11 10:31 h.
Lo que haya hablado Juan Carlos de Gibraltar no lo sabemos. En cambio, ahora con esta política "cascante" de Felipe el Impaciente, "cascante" de "cascar" ("ahora vas y lo cascas") nos enteramos hasta de los vómitos… y los cuescos. Resultados son lo que cuenta, y no los hay. ¿Qué hay de todos esos inversores y de todas esas inversiones que los viajes "de trabajo" de Felipe proporcionaban? ¡Y ahora es "el estadista de Gibraltar"! ¿Es que también los periodistas nos toman por tontos a los ciudadanos, además de toda esta gente subida al carro de las irregularidades democráticas, usurpando nuestra representación (cuando no nos representan en absolutamente nada) y viviendo a nuestra costa? Bien pueda usted y todos sus colegas tomarnos por tontos y por lo que quiera, por mi parte sencillamente le hago presente que no lo somos. Todo esto es teatro, puro teatro, y estamos pagando muy caras las localidades
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