No son fáciles de entender ni los silencios ni las palabras de la Conferencia Episcopal. Cuando los tiempos duros de Setién -duros tantas veces hasta la exageración- nunca hubo un reproche serio, formal, colegiado de la diplomática institución. Tampoco lo hubo con su sucesor, el más templado, aunque igual de injusto, Monseñor Uriarte. Ahora le toca el turno a Munilla, recién nombrado, y contra el que valen todas las insidias, todas las calumnias y todas las presiones. La Conferencia Episcopal no dice nada: califican la campaña protagonizada por la inmensa mayoría de los párrocos guipuzcoanos como un "asunto parroquial", cosa menor en la que no va a entrar tan alta institución; ni el Nuncio, embajador del quién nombró a Munilla, el mismísimo Papa; ni, por supuesto, el Vaticano. ¿Es realmente católica esta iglesia o sólo se considera universal para lo que le conviene?
Estremece escuchar a Monseñor Camino amenazando nada menos que con excomuniones y negando la posibilidad de la eucaristía a quienes hayan votado la nueva Ley del aborto. Estremecen las manifestaciones que montaron contra una asignatura llamada Educación para la Ciudadanía. Y estremece, contemplando la Historia reciente, que defiendan la enseñanza obligatoria del Religión. ¿De qué religión hablamos, señores obispos? Porque resulta que las tesis que mantienen los párrocos vascos en su operación de acoso y derribo a Munilla, son las mismas que ha practicado la iglesia en dictaduras tan repugnantes como las de Pinochet o la Junta Militar argentina por no hablar, una vez más, del papelón de esta misma Iglesia española en el franquismo.
Acomodar los nombramientos a la singularidad de los territorios, es lo que pide el PNV y sus párrocos en una pirueta lingüística que no engaña a nadie. Quieren obispos nacionalistas lo mismo que Franco quería obispos franquistas y la jerarquía argentina y chilena no se ruborizaban en dar la paz -y la comunión- a Videla o Pinochet. Naturalmente que en esos dos países hubo heroicos religiosos que se opusieron a estos manejos; faltaría más no reconocerlo. Aquí también tuvimos "curas rojos" en el franquismo y, en la extraña democracia vasca, párrocos como Beristain -vetado- o Larrínaga exiliado de su tierra. No me refiero a personas sino que trato sobre la institución, esa Conferencia Episcopal que tantos frentes abre -y con razón muchas veces- y que tanto calla, esconde o entierra sin que muchos católicos de buena fe entiendan semejante silencio.
Creo sinceramente que la presidencia del Rouco Varela ha sido y sigue siendo más perjudicial que beneficiosa. Pero si se asume una posición, si se influye en un nombramiento, si se condena el terrorismo, habrá que ser consecuentes hasta el final y ver si en el ojo propio hay paja o vigas. Lo que no es de recibo, ni en la Iglesia Católica, es nombrar mártires por decreto y desentenderse después de su martirio. Espero que Monseñor Camino defienda públicamente a Munilla y sea tan enérgico como lo es para otras cosas a la hora de condenar la rebelión de las sotanas.