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Al margen
Náufragos de carretera.


Rafael Torres


Rafael Torres Rafael Torres
lunes, 21 de diciembre de 2009, 13:10
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No, los náufragos de carretera no son los ciudadanos de éstos días que se quedan varados en la nieve a bordo de sus automóviles, sino aquellos que aún pueblan, por miles, las cunetas. Así los llamó el poeta Luis Pimentel, náufragos de carretera, pues en ellas encontraron, con la piedra de los disparos atada al cuello, su fondo del mar, el fondo abisal y oscuro del que ya va siendo tan imposible rescatarlos. Aquellos muertos no exactamente de la Guerra de España, sino de la inconcebible carnicería que los hampones que venían a salvar la patria desataron sobre sus hijos, ha sido sepultados, además de por las someras frazadas de tierra que echaron sobre ellos sus matadores y por el olvido, por una variada cosmogonía de asfalto, chalets, arcenes, restaurantes y gasolineras.

Las cunetas de entonces, que fueron sudario de tantos miles de inocentes cazados como conejos, ya no existen, pero los muertos sí, bien que ahora en un profundo y remoto estrato de la tierra. Federico García Lorca, por ejemplo, podría ser uno de esos náufragos, toda vez que la tímida búsqueda de sus restos por los viejos olivares donde se les suponía, no ha dado, al parecer, resultado.

A los delitos de asesinato e inhumación ilegal habría que añadir, en la imputación a los autores de su muerte, el de exhumación ilegal si, como algunos sospechan, el cadáver del poeta republicano fue desenterrado y conducido subrepticiamente, como tantos otros, al Valle de los Caídos, ese descomunal ultraje a los caídos, a todos los caídos, y a la belleza de la Sierra de Guadarrama. Más probable es, sin embargo, que no se haya buscado bien, en el sitio preciso, o que el cuerpo del pobre Federico fuera arrojado a la fosa donde yacen más de tres mil paisanos bárbaramente asesinados, como él, en aquellos días para el recuerdo y para el olvido, por éste orden. O puede que fuera uno de esos náufragos de carretera a los que cantó su colega y amigo Pimentel, y que la cuneta donde se le sepultó desarticulado y mudo para siempre ya no exista.

Al ensanchar las carreteras, particularmente las del olvido, las viejas cunetas desaparecen, y ya sólo queda el fondo del mar en las impenetrables entrañas de la tierra.

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