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Columna de opinión
Cumbres borrascosas
 
Andrés Aberasturi
 



No son buenos tiempos para el optimismo; tal vez nunca lo han sido y la Historia del hombre siempre ha resultado, al final, poco edificante. Pero no es este ni el momento ni el lugar más adecuado para hacer antropología social. Fijémonos pues en lo inmediato, en lo que ocurre aquí y ahora y llegaremos a la conclusión de que la botella está casi vacía.

Cada vez que se reúnen los capitostes de lo que sea -en el fondo siempre son los mismos con distintos trajes y bajo distintas siglas- los resultados son positivos si lo que hay en juego es negocio para la mayoría o para los más poderosos y negativo si de lo que se trata es de renunciar a algo, de sacrificar algo, de tomar iniciativas que supongan más gastos que ingresos a corto plazo. No es que se haya perdido por completo la utopía, ojalá sólo fuera eso; es que no existe el menor interés en solucionar ciertas cosas ni por un mínimo de decencia moral y ni siquiera por egoísmo aunque el peligro se reconozca y se acepte.

Desde hace años venimos asistiendo a dos grandes cumbres -siempre borrascosas- que ponen los pelos como escarpias: la del hambre y la del cambio climático. Pues no hay forma. Eso si: se tambalea el sistema financiero mundial por la avaricia de unos pocos desalmados y en dos semanas sale el dinero de debajo de las piedras para restablecer el orden. Que cada minuto mueran en el mundo no sé cuantos niños de hambre pura y dura, eso ya es otra historia, una historia que ha los más poderosos, a los que se reúnen bajos distintas siglas y con distintos trajes, no les pilla demasiado cerca ni las madres de esos niños van a votar en sus elecciones. Desayunan tranquilos mientras ponen plazos -que ni siquiera cumplen- para ver si a mediados de siglo logramos con un poco de buena voluntad disminuir al menos el número de niños muertos por la hambruna; en todo caso, convocamos otra cumbre para dentro de un par de años y vemos como sigue todo.

Con el clima pasa lo mismo con la agravante de que aquí si hay un presión social creciente y un reconocimiento de así no vamos a ninguna parte. Se reúnen y como las manifas están fuera -que eso no pasa en el hambre- se sienten al menos en la obligación de dejar buenas palabras, vagas generalidades y frases para la historia. Dice Obama que no ha ido a Compenhague solo para hablar sino para actuar. Vale, pero deja claro que no aumentara su compromiso de reducción de emisiones. Y llega ZP en plan casi Dylan y asegura que la tierra no es de nadie sino del viento, que suena bien y, además, hacemos propaganda a nuestra industria eólica. Pero aunque haya que reconoces que Europa está mas concienciada que el resto del mundo, de la esta cumbre no saldrá nada porque aquí lo que se pide a los del traje y las siglas es sacrificios y no están por la labor.

Se me dirá que al menos hay cumbres, que al menos ahora se plantean estos problemas y es verdad. Pero no me consuela. Si el mundo puede esperar tranquilamente cruzado de brazos mientras un niño muere de hambre, ese no puede ser mi mundo y yo no debería vivir en paz.

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Publicado el viernes 18 de diciembre de 2009 a las 16:43 horas.
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