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Al margen
Cotilleo y espionaje.


Rafael Torres


Rafael Torres Rafael Torres
viernes, 3 de julio de 2009, 15:05
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Que se hable mucho de un espía no es lo más conveniente. Que el espía en cuestión hable demasiado, menos. Y que, cuando habla, diga tonterías, nada. Nada conveniente. Sin embargo, el caso de Saiz, el dimitido jefe del CNI que aseguró haberse enterado de los vuelos de la CIA por la prensa, se enmarca en una deficiencia que muy bien pudiera ser congénita del carácter nacional, si es que existe un carácter nacional: la del espionaje profesional y organizado. nuestros espías, magistralmente parodiados por Miguel Gila en sus monólogos surrealistas sobre la guerra (al propio Gila, en la nuestra, le fusilaron mal y sobrevivió), nuestros espías, digo, no le llegan a la suela del zapato a cualquiera de esas paisanas, y paisanos, cuyo máximo objetivo en la vida no es otro que meter sus hediondas narices en la de sus semejantes. Tras los espesos visillos, por las mirillas de las puertas o por las ranuras de las persianas, no digamos en las colas de las tiendas, en las sillas de skay de las peluquerías o blandiendo el teléfono, esas criaturas averiguan sobre sus semejantes lo que ningún espía del CNI, incluidos los que le han hecho la cama a su ex jefe, descubrirían jamás.

A los espías profesionales les falta lo que a los espías aficionados les sobra: imaginación. Y fantasía. En el fondo, lo que les sobra a los espías profesionales es profesionalidad, o cuando menos a los españoles, por mucho que confundan la profesión con las marrullerías funcionariales para medrar. Saiz, que no era espía profesional cuando Bono lo colocó en el CNI, podía haber hecho carrera como cotilla, que en España es un rango superior en la jerarquía del medio inventarse las cosas detectadas con disimulo, pero ya hemos visto que en el CNI el cotilleo es puramente interno, endogámico, y ahí no ha tenido nada que hacer. Para ser un buen espía, como las señoras, y los señores, que pueblan la vida ordinaria del país, se necesita imaginación, y éste Saiz gris a lo más que llegó, en ese terreno, fue a suponer que los animales del mar están ahí para morder su depredador anzuelo.

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