El chiringuito de Rajoy.
Popular y populista no son, como se sabe, la misma cosa: lo popular, lo verdaderamente popular, es el dominio y el disfrute de la playa por el pueblo, dejándola intacta para las generaciones futuras; lo populista, por el contrario, es eso a lo que se abona Mariano Rajoy para arañar votos no importa cómo: ¡Viva el chiringuito! Este Rajoy cuyo partido de popular no parece tener más que el nombre, pues de común defiende intereses ajenos o contrarios al pueblo, ya utilizó el populismo en su versión más agropecuaria cuando los poderosos bodegueros se juramentaron contra la hoy ministra de Economía y entonces de Sanidad: "¡Viva el vino!", gritó entonces. Elena Salgado pretendía sacar adelante una tímida ley anti-botellón para limitar los devastadores efectos que sobre los niños y adolescentes provoca la ingesta de alcohol, pero la hoy vicepresidenta, atemorizada al comprobar que los del bebercio no son tan mansos como los fumadores, se envainó la ley. Al frente de las huestes alcohólicas, que argüían que trasegar era cultura de la buena y una cosa españolísima a más no poder, estaba el oportunista Rajoy con su "¡Viva el vino!" ¿Iba a dejar ahora pasar la ocasión de vitorear los chiringuitos que invaden, cuando no asolan, las playas de la nación?.
Claro que mola, en la muelle galbana playera, no tener sino que hacer un gesto desmayado para que le pongan a uno una caña, unas sardinitas al espeto, una paellla o un cubata, pero la obligación de Rajoy sería coadyudar a la pedagogía y convenir en que la playa, que es de todos y es tan frágil, no puede convertirse en una de esas plazas y calles invadidas por los veladores y las terrazas de las cafeterías. Hay que cumplir la ley, y los ayuntamientos, por mucho que se lucren con la desmesura, deben hacerlo. Viva el vino, el chiringuito y todo lo habido y por haber. Pero antes, vivamos las personas, y, preferiblemente, como personas.