Trillo calla.
Había prisa, al parecer, por repatriar los cadáveres de los soldados españoles fallecidos en el accidente aéreo del Yak-42, pero toda vez que cuando morimos lo hace con nosotros la impaciencia, y ya no hay urgencia ni ansiedad ningunas, cabe colegir que quien tenía prisa, mucha prisa, en traer a España los restos de nuestros soldados eran los vivos, concretamente los vivos del ministerio de Defensa, y que la tenían no tanto por dar digna y pronta sepultura a las víctimas en sus ciudades y en sus aldeas, acompañados de los suyos en el tránsito simbólico hacia el viaje postrero (pues, como se sabe, no se molestaron en identificar como es debido los cuerpos por las prisas precisamente) como por organizar las grandes exequias patrióticas y castrenses que organizaron con asistencia de las más altas jerarquías. Pero nuestros soldados no habían muerto defendiendo a la patria de una invasión extranjera, ni protegiendo en tierras lejanas a la población civil de las sevicias de bandas asesinas, sino en un avión algo cascado, conducido por una tripulación cansada, que trataba de orientarse entre la niebla.
El juicio que se sigue para esclarecer aquellos hechos, y en el que van deponiendo militares que o no sabían nada u obedecían órdenes, ha eludido hasta ahora extender su radio hacia los responsables políticos del ministerio de Defensa en ese tiempo, es decir, hacia los responsables, pero la citación a declarar del "número tres" del departamento dirigido entonces por Trillo parece un signo de que, si se quiere dilucidad la verdad o algo de ella, y depurar las responsabilidades pertinentes, habría de terminar compareciendo éste. Pero Trillo, que por el cargo que ocupaba debería ofrecerse voluntariamente al tribunal para contribuir al esclarecimiento, calla. Cosa extraña en un hombre de suyo tan dicharachero.