La ley del talión esa que dice "ojo por ojo" se ha aplicado literalmente en Teherán a un joven de 27 años que será cegado con 20 gotas de ácido, lo mismo que él hizo con la mujer a la que dejó ciega, rociándole con ácido la cara, por un ataque de celos cuando le rechazó en matrimonio. No resulta extraño conocer un caso más de barbarie en Irán, donde la vulneración de los Derechos Humanos es moneda corriente. Hace pocos días fue ejecutado un joven de 19 años por un asesinato que había cometido a los 15 y la pena capital se aplica a delitos como el tráfico de drogas o el robo a mano armada.
Desde una mentalidad occidental es muy difícil de entender que en el siglo XXI haya lugares del mundo que no han superado los tiempos oscuros y la brutalidad de la Edad Media, donde las leyes permiten "la quisa" o lo que es lo mismo, la justa venganza. Ojo por ojo, diente por diente, es lo que reclamó la joven Amina Bahrami contra su agresor, un compañero de Universidad llamado Majid que le pidió matrimonio, cosa que ella rechazó. "Cuando le pedí la mano me dijo que se iba a casar con otra persona y en un ataque de locura le arrojé ácido a la cara para que su novio la repudiase", dijo en su defensa el acusado.
Su arrepentimiento por los hechos no ha sido argumento suficiente para que se le imponga una cruel ley, la Sharia o ley islámica, que permite repetir con el acusado el mismo castigo que él infringió a su víctima, aunque en algunos delitos como el asesinato la familia del agredido puede optar por cambiar la ejecución por una indemnización económica. Esta Ley primaria, cruel, injusta, premite a cualquier víctima tener la sensación de que se toma la Justicia por su mano y prima más el deseo de venganza que de Justicia.
Sabemos que rociar a las mujeres con ácido o combustible para desfigurar su rostro -práctica que se está extendiendo en los países musulmanes- es no sólo un delito atroz, sino un acto de machismo en su más cruda consecuencia. El maltratador cambia el "la cambie porque era mía" por "su belleza o mía o de nadie", pero su fin último es la dominación de todas las formas posibles. En Afganistán, los taliban queman el rostro a niñas indefensas porque quieren ir a la escuela; en Bangladesh porque se niegan a aceptar matrimonios de conveniencia y en otros lugares por venganzas familiares. La "casa sin espejos" le llaman en la India a los centros especializados en estas quemaduras, porque ellas mismas no resisten ver su estado y prefieren recordarse como eran. Esta práctica de violencia es intolerable, pero la Ley del Talión no lo es menos.