Pedir medida en un país tan tradicionalmente desmesurado puede resultar ocioso, pero peor es renunciar, por impotencia, a ello, sobre todo si la desmesura cae a chorros, en catarata amenazadora, desde lo alto. La desproporcionada celebración del septuagésimo cumpleaños del rey, recargada hasta el paroxismo de toda suerte de cimborrios no ya apologéticos, sino hasta hagiográficos, ha conseguido, como todo exceso, transmitir la impresión contraria que el mundo cortesano (fuertemente apoyado en ésta ocasión por el PSOE y por el gobierno) pretendía, una impresión de debilidad tan grande que ni siquiera se corresponde con la evidente debilidad actual de la monarquía.
Cuando un Presidente o un Jefe de Estado cumplen años, lo cual le sucede por suerte y por desgracia a todo el mundo, se le felicita y asunto concluido, que ya se encargarán sus allegados, parientes y amigos de regalarle corbatas, petacas forradas de cuero, pitilleras de plata o lo que estimen conveniente, pero cuando se aprovecha la ocasión para lanzar toda una campaña de publicidad y mercadotecnia para ensalzar su figura elevándola sobre la del resto de los mortales, elevándola hasta rebasar la línea del cielo que delimita los predios del santoral, entonces es que algo no funciona, cuando menos el decoro cívico que ha de presidir la relación de los gobernantes con los gobernados. Cuando además, cual ha sucedido en las últimas semanas, se usa la aparente afección al monarca y al régimen que representa para adjudicarle las heroicidades, las virtudes y los triunfos que pertenecen al común, y se usa encima como desagravio y como trompetería amenazante contra los que disienten razonada y razonablemente de la forma de Estado que encarna, entonces la desmesura se instala más allá de lo pueril, en los confines de la burla a la inteligencia de los ciudadanos. Los Reyes Magos le han traído al rey, al parecer, el carbón de los aduladores.
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Publicado el lunes 7 de enero de 2008 a las 16:05 horas.
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