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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

'A history of violence', de David Cronenberg

Gonzalo G. Velasco
Gonzalo G. Velasco
lunes, 9 de enero de 2006, 15:39 h (CET)
Si hay algún director aficionado a las historias de mutaciones en todas sus múltiples y variadas acepciones, desde la más literales a las más metafóricas, ese es David Cronenberg. En su última obra, la simplísima A History of Violence, el realizador canadiense muta él mismo hasta casi diluir sus rasgos de estilo en una película más bien sosa que nos transmite una sensación extraña de deja vu.

Según el propio director, A History of Violence, film muy apreciado en el último festival de Cannes e incluso en el recién clausurado de Sitges, parte de lo específico para diseccionar una constante universal. Lo específico es un pequeño pueblo de Estados Unidos donde todo parece asquerosamente perfecto, y la constante universal (de gran calado en el cine de Cronenberg) es la violencia. El creador de Existenz, Rabia, o Spider, se aproxima de un modo ambivalente a este eterno tema, planteando, en última instancia, dos comprometidas preguntas al espectador. ¿Es la violencia algo inevitable, connatural a la naturaleza humana? ¿Hasta que punto resulta legítimo recurrir a ella para proteger lo que más queremos? El que busque respuestas a tales interrogantes no los encontrará en A History of Violence, ya que Cronenberg opta de manera deliberada por la ambigüedad o, en otras palabras, porque cada uno saque sus propias conclusiones a partir de las imágenes y la historia.

El problema es que tanto las imágenes como la historia se alejan demasiado de las intenciones del director. En parte, debido a que por primera vez en mucho tiempo Cronenberg no parte de un relato propio, sino de una novela gráfica creada por John Wagner y Vincent Locke, y el confeso desapego del cineasta por los aspectos narrativos más prosaicos de dicha obra, se deja notar en el conjunto, tan anodino por momentos que hasta asusta.

Si bien es cierto que en determinadas escenas, como la del coito en las escaleras después de un contenido paroxismo violento, o ese emotivo final rayano en la apología de la violencia como último recurso, puede atisbarse el resoplido dramático característico de Cronenberg, el resto de la película no cuenta más que lo de siempre: la historia de un hombre perseguido por su pasado que se ve obligado a enfrentarse cara a cara con él por amor a los suyos. Sin Perdón y un Hombre Tranquilo revolotean, entre otros fantasmas, a lo largo del escaso metraje del film.

En suma, un Cronenberg descafeinado, lánguido, carente del punch de sus últimas obras que, con la excusa secundada por todos sus fundamentalistas seguidores acerca de que una aparente sencillez encierra la mayor de las seguridades, intenta vendernos una moto ya vista demasiadas veces en las pantallas de nuestros cines...

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