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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Los pretextos del rector

Pepe López
Redacción
domingo, 23 de octubre de 2005, 06:18 h (CET)
Flaco favor el que le ha hecho a Carrillo el Rector de la Universidad Autónoma de Madrid al otorgarle el Doctorado honoris causa, a despecho del repudio de dos Facultades de dicha Universidad y de muchos de sus claustrales.

Como único motivo para otorgar el Doctorado, el Rector ha destacado el afán de reconciliación de Carrillo y su contribución a la transición democrática, gracias a la cual la transición no fue otra guerra civil.

No eran estos los propósitos de Carrillo, cuando el día 10 de Octubre de 1975, encontrándose Franco gravemente enfermo y con muy pocas esperanzas de que pudiera sobrevivir, con lo que la tranquilidad del “Doctor” era total, fue entrevistado por Oriana Fallaci para el periódico El Europeo y manifestó:

“Yo no condeno la violencia. La acepto cuando es necesaria. Y, si la revolución va a tener necesidad de la violencia, estaré pronto para ejercitarla. Es una pena que Franco muera en la cama. La condena a muerte a Franco la firmaría. Pienso cogerle antes de que muera”.

Este era el verdadero pensamiento y el siniestro propósito que tenía Carrillo un mes antes de la muerte de Franco. Parece que esperaba otra revolución al acabarse el franquismo.

Si la transición no fue traumática, no se debe a Carrillo ni al partido socialista que pretendían hacer borrón y cuenta nueva, sino a la cobardía de muchos de aquellos Procuradores que sólo procuraron ser “fieles a Franco” hasta que lo vieron en la tumba del Valle de los Caídos y a la actitud valiente y clara del Ejército de entonces, a cuyos Generales traicionó Suárez legalizando el Partido Comunista.

Carrillo no tiene mérito alguno para haber obtenido el Doctorado.

La decisión del Rector no ha servido para otra cosa que para avivar el recuerdo de los crímenes de Paracuellos que pasarán a la Historia como obra de Carrillo. Y para atizar más la discordia nacional en que ahora nos debatimos.

No pido para Carrillo una condena por genocidio, que acaso merecía, contra la opinión del Juez Garzón, sino desear para él y para tantos traidores que aún viven, aquello que Azaña supo pedir pero no practicar: ¡Paz, piedad, perdón!

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