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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

La astracanada de los premios Gaudí. La comedia continúa

“Cuanto más se desvíe la sociedad de la verdad, más odiará a aquellos que la proclaman” George Orwell
Miguel Massanet
martes, 30 de enero de 2018, 07:03 h (CET)

Cuesta pensar que toda una nación como la española, un país cuya historia está llena de hechos notables, de conquistas, de descubrimientos, de gestas heroicas y de relatos maravillosos, haya llegado a un momento en el que por la estulticia del Gobierno, el egoísmo partidista de las agrupaciones políticas, el desconcierto de una parte de la ciudadanía, el rencor y la pasión destructiva de otro sector de la misma y la inacción culpable de aquellos cuyo ruindad les hace cómplices, por su pasividad y tolerancia, hacia quienes pretenden con sus acciones y objetivos espurios, acabar con una sociedad que durante años ha sido capaz de vivir en paz, convivir en armonía y resolver sus problemas dentro de un orden, el respeto por las leyes y la tolerancia hacia el resto de sus conciudadanos. Es inadmisible que un problema, como el que hoy en día nos está impidiendo seguir el camino que nos conducía, claramente, hacia una recuperación económica; superando los siete años de crisis que, en su momento, amenazaron con llevarnos a todo el país a la banca rota y a vernos obligados a aceptar que Europa, a través de sus “hombres de negro”, nos hubiera impuesto a todos los españoles las graves medidas de austeridad, los recortes y las limitaciones con las que intervino en las economías de países como Grecia, Portugal, Irlanda y todos aquellos a los que la crisis empujó a situaciones insostenibles, que tuvieron que claudicar ante las exigencias draconianas que les fueron impuestas por la UE; se haya convertido en el tema central, el problema más grave, la preocupación que más influye en los españoles y una de las causas por las que muchos inversores, que proyectaban invertir en nuestro país, siguen dudando en hacerlo a causa de la inquietud que viene causándoles el comportamiento, claramente revolucionario, de una parte del pueblo catalán y sus dirigentes.


Por mucho que intentemos salirnos de la rutina en la que se ha convertido el hablar del problema catalán, la misma inercia que nos ha hecho referirnos repetidamente al mismo es la que hoy, de nuevo, nos vemos obligados a seguir para denunciar la indemnidad con la que, a pesar de estar sujetos a la intervención del 155, muchos rebeldes separatistas se pueden permitir seguir actuando sin que las autoridades, los fiscales, los representantes del Gobierno, la policía o la Guardia Civil, impidan que, una y otra vez, se vayan cometiendo hechos, en lugares públicos, que siguen con la línea adoptada por los seguidores del señor Puigdemont y los que le apoyan, para insultar, ofender, descalificar, desobedecer y pasarse por el arco del triunfo todas las leyes españolas que nos dimos todos a través de la Constitución de 1978.


En esta ocasión han sido otros, que también forman parte de todos estas entidades civiles que, siguiendo la línea de la ANC o el Omnium Cultural, aprovechan cualquier ocasión que se les presenta para abogar por la causa independentista sin que parezca que les preocupe, poco o mucho, lo que les pueda venir por parte de las autoridades españolas, la fiscalía o los tribunales encargados de que, en España, se respeten las leyes y se castiguen los delitos. La pomposa “Academia del Cine Catalán”, una más de estas asociaciones que han copiado de los EE.UU, a pesar de que no desaprovechan ocasión de criticar el sistema político y las costumbres de aquella nación, ha celebrado la gala de entrega de los “Premios Gaudí” que se otorgan anualmente para colaborar a la parafernalia que tienen montada alrededor de unos pocos directores, a los que se trata de ensalzar para que sus nombres, desconocidos generalmente en el resto de la nación española y aún menos fuera de España, se conozcan y, a la vez, contribuir a saciar el ego de los actores catalanes que saben que, en Cataluña, no tienen competencia ya que sólo se habla del cine catalán y, en consecuencia, de unos pocos títulos entre los que se disputan, actores y directores, las “glorias” de su cine autóctono. Esta institución forma parte de este estado paralelo, juntamente con la CAC (Consell Audiovisual de Cataluña), con el que los catalanes, gracias a destinar parte del dinero de la financiación autonómica y del que reciben a través del FLA a sus proyectos separatistas, intentan poner en marcha las infraestructuras de su utópico estado catalán; por lo que nadie puede extrañarse de que su directora, la señora Isona Passola, sea una productora que, aparte de defensora de la independencia de Cataluña, recibe ¡Admírense ustedes!, grandes subvenciones del Ministerio de Cultura y RTVE.


En ocasiones nos preguntamos hasta dónde ha llegado el grado de estupidez de nuestros gobernantes o el de sumisión a los catalanes, pretendiendo comprar, con el dinero del resto de los españoles, a la Generalitat y sus compinches para que no se soliviantaran y empezaran a crear problemas, con sus reclamaciones nacionalistas, que pudieran complicarles la gobernación del país. En realidad, como se ha visto, no han servido para nada todas estas cesiones que se les hicieron a los revolucionarios catalanes, cuando ha llegado el momento en el que han creído que la debilidad del Gobierno, después de siete años de crisis y de recortes, les permitía lanzar su órdago a la democracia española, para intentar ponerle las cosas difíciles al Estado español.


Hay que decir que, en la entrega de los Gaudí, trasmitidos por TV3 (una cadena televisiva que sigue abiertamente con sus ataques al gobierno y apoyo a la sedición), se entró a fondo en el tema separatista, de tal manera que un observador imparcial hubiera pensado que, más que un reconocimiento a los artistas y directores que fueron premiados, se trataba de un acto de apoyo y ensalzamiento del señor Puigdemont. No faltó el consabido coro infantil que cantaron una canción que pretendía ser una parodia de la “acusación de adoctrinamiento” que, y no es broma, se lleva a cabo con el lavado sistemático y deleznable de los educandos, a los que se les imbuye el odio a España, tergiversando la Historia a su conveniencia. “Somos niños de Cataluña, el futuro y la semilla de la esperanza del país, de la patria catalana los salvadores y no nos adoctrinan” ¡Simplemente vomitivo! Como era de esperar, de entre todo el elenco de “viejas glorias” de las pantallas catalanas, algunas, no sabemos si para que se volviera a hablar de ellas después de años de olvido, como la señora Carulla, se prestaron al contubernio nacionalista repitiendo lo que hace años se ha convertido en el estribillo de los nacionalistas “Somos una nación y queremos tener un Estado. Libertad para los compañeros en prisión y los refugiados”. Una pena, porque para que se cumplan sus deseos haría falta que el resto de España se volviera loco, que los que siguen al frente de esta locura comprendieran que no iban a estar en Europa y que, como deuda basura, como la vienen calificando las tres principales agencias de rating del mundo, no habría quién quisiera invertir ni un solo centavo en esta aventura condenada al más absoluto fracaso.


Claro que también hubo sus momentos de victimismo, de lamentaciones de la propia señora Passola quien, por lo visto, se tuvo que hacer eco de los problemas de la TV3 que, a pesar de su actitud pro separatista (o quizá, precisamente por eso) se ha creído que podía seguir sin pagar el IVA que le corresponde y, en consecuencia, su deuda por este concepto asciende a la friolera de 176 millones de euros ( no sabemos si, como algunos sabemos por experiencia, en los mismos están incluidos los intereses de demora, las multas y demás recargos que, fácilmente, llegan a duplicar el importe si llevan tiempo sin pagar). No nos podemos olvidar de mencionar algunas de las autoridades que acudieron como invitados a la gala y que, con su presencia, certificaron quiénes eran los que partían el bacalao en aquella reunión que bien se podría calificar de separatistas acérrimos a pesar de que, la señora Colau, la alcaldesa de Barcelona, ha aprendido, suponemos que de sus tiempos de activista antisistema, a navegar entre dos aguas: nacionalista cuando cree que es lo que le conviene y comunista en las ocasiones en las que le interesa que no la consideren una colaboradora necesaria con los que se juegan el puesto defendiendo la secesión de España. También se dice que asistió el flamante nuevo presidente del Parlament Catalá, aunque probablemente estuviera más atento al “marrón” que tiene que solucionar, que a lo que se decía en aquella asamblea de militantes convencidos. No le arrendamos la ganancia si convoca la asamblea prevista para mañana y, tampoco, si no la convoca y se ve en la necesidad de volver a acudir al voto popular en unas nuevas elecciones en Cataluña. En todo caso, se lo ha buscado y tendrá que apechugar con las consecuencias de sus actos.


O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, tenemos la impresión de que hemos entrado en una etapa en la que todo lo que suceda no va a hacer más que liar la situación, enturbiar el horizonte y provocar decisiones que, con toda probabilidad van a hacer ingobernable una Cataluña que ya viene tocada desde la aplicación del 155 y que, por mucho que los medios de comunicación catalanes, la prensa y las TV se empeñen en vendernos que nada ha cambiado y que la economía catalana sigue boyante, las declaraciones de los distintos representantes de los gremios del comercio, el turismo y la restauración vienen advirtiendo de que, el último trimestre del año 2017, ha sido una calamidad y que, todo lo relacionado con el tema del separatismo ha influido de una manera decisiva, aparte de en que3200 empresas hayan trasladado su domicilio social fuera de la comunidad catalana, en los resultados económicos de las empresas motivado por la cancelación de reservas, la disminución de visitantes de los restaurantes y la reducción de las ventas en relación a los trimestres anteriores y a las mismas fechas del año anterior. La farsa sigue, los protagonistas se han encasillado en sus respectivos roles y España ¡pobre España! intenta sobrevivir a pesar de los esfuerzos que los españoles, o los que reniegan de serlo, hacen para conseguir acabar con ella. Luego vendrá el llanto y el crujir de dientes.

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