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Etiquetas:   Política   Opiniones   -   Sección:   Opinión

¿Libertad de opinión o censura para ciertos temas tabús?

¿Libertad de opinión o censura para ciertos temas tabús? “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo” Voltaire
Miguel Massanet
sábado, 27 de enero de 2018, 11:51 h (CET)

Como siempre, las izquierdas y quienes siguen sus consignas, tienen un doble rasero para calibrar las opiniones propias y las de quienes opinan diametralmente lo contrario. Toda la tolerancia, el apoyo, la defensa e imaginación que ponen en disculpar a quienes defienden absurdos tan grandes como el derecho al aborto; la igualdad de las personas a pesar de sus evidentes diferencias físicas, intelectuales y morales; el empeño en desterrar del lenguaje expresiones que, su exceso de sensibilidad, les hace considerarlas una humillación para las mujeres, cuando de lo que se trata es de hacer más fácil y comprensible el idioma utilizado en la vida cotidiana; el apoyo incondicional a doctrinas anticapitalistas que se ha demostrado, a través de los años, que cuando se han aplicado lo único que han conseguido ha sido llevar al pueblo a la pobreza, la miseria, la depresión económica y el empobrecimiento de aquellas naciones que se han dejado llevar por el anticapitalismo acérrimo, el anarquismo y el comunismo frente populista y totalitario.


Estos colectivos de gays y lesbianas no se conforman con que se les haya admitido como una clase de “familia” equiparable a la formada por heterosexuales, sino que sigue empeñados en cambiar a la sociedad, intentando demostrar que la relación homosexual puede equipararse e incluso superar a la que tradicionalmente, desde el Derecho Romano hasta hace unos pocos años, se vino considerando como la única forma admisible y tolerable de formar una familia. De unos años a esta parte, con la colaboración de organismos internaciones, que se han tomado muy a pecho la defensa de estas personas que han decidido extender la pasión sexual a seres del mismo sexo, a los que han decidido otorgarles los mismos derechos que a los matrimonios tradicionales; se viene produciendo un fenómeno que se pudiera presentar como una superprotección, un plus de legitimidad, una defensa rayana en la intolerancia hacia aquellos ciudadanos que opinamos, con todo el derecho que la Constitución nos otorga, que esta clase de uniones, precisamente por darse entre personas del mismo sexo y sin posibilidad alguna ni órganos adecuados para práctica un sexo higiénico y sano, como el que la naturaleza ha instaurado para todas las especies, si salvamos a determinadas especies en las que, por su especial constitución y su simpleza anatómica, tienen la consideración de seres hermafroditas.


Hoy mismo, en la prensa ha salido un artículo en el que se comentaba el nombramiento de una juez española para formar parte del tribunal de Estrasburgo. La Vanguardia titula un extenso artículo sobre el tema, “¿Homofobia en Estrasburgo?”, que se hace reflejo de un ataque del colectivo LGTBI y los partidos de izquierdas de la oposición contra la recién designada jueza, María Elósegui, porque esta señora ha dejado caer que “ve la transexualidad como una patología”. Una demostración de la intolerancia hacia opiniones contrarias que, según este colectivo, en el que se entremezclan quienes han cambiado de género, aquellos que son homosexuales y las lesbianas, y aquella amplia congregación de los que tanto aceptan y practican una cosa como la otra o sea: que no le hacen ascos a cualquier mejunje de géneros en cuanto a la promiscuidad intersexual. Según estos colectivos, incluidos en la LGTBI, el hecho de que la señora Elósegui piense estos de estos grupos “distintos” o” rarillos”, la incapacitan para ejercer su labor de jueza en el tribunal al que ha sido designada.


Siguiendo esta teoría cualquier médico que estuviera en contra del derecho del aborto, concedido a las mujeres, quedaría inhabilitado para seguir ejerciendo de médico; cualquier magistrado que tuviera ideas anticapitalistas debería ser recusado para que no pudiera juzgar casos en los que un capitalista estuviera involucrado o cualquier abogado que no estuviera de acuerdo con los delitos de sus clientes no estaría en condiciones de defender al violador o al asesino en serie al que le tocara representar. Somos muchos, incluso profesionales, que compartimos la idea de que existen algunas alteraciones somáticas o psíquicas que hacen que, en cierto punto, determinados individuos desde un aspecto médico, se puedan considerar que tienen una cierta anormalidad respecto a quienes no están afectados por tal desequilibrio. Cuando estos impulsos se potencian o se fomentan, puede ser que la feminización o masculinización del sujeto se imponga al sexo que la naturaleza le dio. Entonces es cuando surge el problema.


Y aquí estamos ante una cuestión que, a nuestro criterio, tiene una especial importancia. ¿Existe un intento, por determinados sectores de la sociedad – integrados por izquierdas extremas o por todos los que forman estos colectivos que han conseguido ser reconocidos por las leyes españolas y a quienes, incluso, se les ha posibilitado para que tengan hijos por fecundación artificial o puedan adoptarlos , precisamente en una nación en la que, esto de adoptar un menor, se ha convertido en una aventura casi imposible, debido a las garantías de toda índole que se les exigen a quienes aspiren a tomarlo en adopción de forma que son muchos los que prefieren buscar en otro país conseguir adoptar a un menor, algo que les resulta más fácil que conseguirlo en España – para impedir, satanizar, coaccionar, chantajear o desanimar el que, personas que tienen opiniones que no coinciden con las suyas, puedan expresarse libremente, tanto en privado como en público, para debatir, refutar, opinar o, incluso, rebatir ideas que, no por haberse legislado sobre ellas en un determinado sentido, los ciudadanos no se hallen facultados para poder diferir de ellas. Acatarlas, por supuesto, pero discutirlas, rechazarlas, argumentar y distanciarse de ellas para intentar que, en un futuro, sean derogadas, por supuesto que es un derecho constitucional que nos ampara a todos los ciudadanos españoles y que podemos ejercer sin tener que temer que, a algunos que se creen que están por encima de la Constitución, les dé la idea de pretender privarnos de nuestros derechos.


Es curioso cómo, estas izquierdas que se llevan las manos a la cabeza cuando alguien intenta objetar contra estos recientemente reconocidos derechos a homosexuales, transexuales o lesbianas, siendo capaces de negar que pueda haber personas, que no salen a las calles a manifestarse, que no queman contenedores ni rompen escaparates, que no amenazan ni pretenden que la voz de la calle ( siempre, por numerosos que sean los manifestantes, siguen siendo minoría ante los ciudadanos que acuden a las urnas a exponer, con su voto, su opinión y preferencias sobre quienes han de dirigir la nación) se imponga a la del pueblo que ha acudido a las urnas; que tienen perfecto derecho a diferir de sus gobernantes, de algunas leyes o de comportamientos que, precisamente por ir en contra de las normas éticas y morales por las que nos venimos rigiendo, deben ser denunciados, criticados y rechazados públicamente, para que todos aquellos que puedan coincidir con los críticos, tengan ocasión para adherirse a la causa y hacer fuerza para que aquellas normas que no sean justas, razonables, defendibles o totalitarias, mediante la denuncia y la crítica constructiva, puedan ser refutadas y anuladas.


Por desgracia estamos en unos tiempos en los que el pueblo le está dando poco valor a las leyes y no es raro que así ocurra cuando aquellos políticos que debieran dar ejemplo, cumpliéndolas y respetándolas, no tienen empacho alguno en desentenderse de ellas, incumplirlas y hasta jactarse de estar por encima de ellas, como ha sucedido con todos estos políticos encausados que no han querido cumplir con sus deberes, que han rechazado cumplir con su obligación como autoridades autonómicas y que siguen creando problemas, precisamente porque, en su momento, no se les cortó de raíz cuando empezaron a intentar salirse con la suya enfrentándose al Estado. Es muy probable que estos políticos, que han querido revolucionar al pueblo catalán, no se estén dando cuenta de que, con su conducta alocada, han sembrado las simientes de lo que sucedería si Cataluña consiguiese, es una mera utopía, su objetivo de independizarse del resto de España. Se pusieron muy nerviosos cuando alguien, medio en serio medio en broma, habló de una posible escisión de parte del territorio de la autonomía catalana, que ellos denominaron como Tabarnia, que se basaba en los mismos argumentos que los separatistas catalanes esgrimen para justificar su actitud levantisca. Barcelona y Tarragona son, sin duda, las dos regiones más desarrolladas, más ricas, con mejor nivel de vida y, por añadidura, las dos en las que Ciudadanos ganó en las pasadas elecciones autonómicas. Podría muy bien ocurrir que, si el problema catalán sigue sin resolverse y la cuestión económica, como ya ha empezado a suceder, se va agravando en esta comunidad; las dos regiones más adelantadas decidan proponer que se las deje fuera de esta parte más radical y menos amiga de quedar dentro de España, para que se las compusieran solos y sufrieran los efectos evidentes de su desconexión de España.


O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, reivindicamos que se mantenga el derecho a la libertad de opinión, para poder seguir expresando con entera libertad y sin que la censura estatal o de los partidos políticos puedan coartar ilegalmente y con pretensiones totalitarias, las voces de aquellos que intentan hacerse oír y ser escuchados, en defensa de aquellas causas que se estiman merecen ser protegidas, aunque, en definitiva, en muchas ocasiones son sólo intenciones, buenas intenciones, que se pierden en el desierto de la indiferencia de unas mayorías domesticadas. 

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