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Etiquetas:   Cartas al director   -   Sección:   Opinión

¡Cataluña, mon amour!

V. Abelenda, Girona
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@DiarioSigloXXI
jueves, 25 de enero de 2018, 06:42 h (CET)
Ahora, vista en perspectiva nuevamente la realidad, todos constatamos que en Cataluña se están perdiendo estupendas energías en defender lo que no es prioritario para la gente de la calle; a la vez que se manipula, especialmente a los más jóvenes, con un sentimentalismo político que lo empapa y lo confunde todo.

Digo esto por el evidente apasionamiento -ínfulas de los mass-media- y el pensamiento único que ya no es disimulable: ocurre ahora especialmente en el “cuarto poder” catalán y entre autoridades y personas significadas que van por Cataluña como por su cortijo particular.

Se ven personajes e instituciones subvencionadas que buscan obligar a la gente, para eso no existen los territorios, a vivir en una sociedad donde el bienestar suplante al bien común; donde los particularismos se recluyan, absortos, sesgados, dando pie a un individualismo hedonista que no ve más allá de sus propias narices, que campa, anacrónico, a sus anchas.

Pero no es demasiado tarde, nos queda la ley de la razón y la razón de la ley; y, siempre, siempre, siempre, más comprensión y cintura para andar los caminos dentro de “los zapatos de los demás”. En concreto, los catalanes hemos de conllevarnos con los demás españoles y al revés: eso solo será posible desde una actitud de generosidad, cosa que en tiempos de vacas flacas siempre fue más difícil.
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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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