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Etiquetas:   Novela por entregas   -   Sección:   Libros

Soberano don Nadie (II)

Juan Pablo Mañueco
Redacción
jueves, 17 de noviembre de 2005, 00:56 h (CET)






Soberano don Nadie en el país de
los poderes políticos verticales

Don Quijote y Pero Grullo en acción


Resumen del capítulo anterior


En los pasillos de un juzgado de Madrid, el ciudadano Soberano don Nadie y su esposa, doña Soberanía Ninguneada, esperan a ser recibidos por el Tribunal que lleva su caso. Les acompaña un hombrecillo menudo que atiende por Pero Grullo, que despierta la curiosidad de otro de los concurrentes, don Alonso Quijano. En esos momentos, otros dos justiciables exponen en voz alta los pormenores de su caso.

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Capítulo I (continuación)

Por su parte, la pareja de cándidos justiciables proseguía con sus temerarias y bienintencionadas aseveraciones, sin atender las llamadas al sosiego que les dirigían sus valedores legales, que tampoco juzgaban aquel marco el más idóneo para emprender cánticos entusiastas hacia la Administración de Justicia, en ninguno de sus estamentos, providencias ni instancias:

–No es preciso detallar ahora la innumerable munición argumental que nos sobra para justificar nuestro caso –proseguía el uno, impertérrito–, sino que la aportaremos cuando debamos ofrecerla al docto Tribunal jurídico que entienda de nuestros derechos, perfectamente demostrables.

–En cambio, no alcanza a comprenderlas aún buena parte de la sociedad, la más retrógrada, sin duda –declamaba el otro–. Pero en virtud de la legislación vigente, nuestros derechos serán respetados, en cuanto podamos exponerlos ante la autoridad judicial competente. ¡Nadie podrá discriminar ya a nadie por razón de su sexo ni por cualquier otro motivo, toda vez que ello violaría la igualdad ante la ley, como está al alcance de la comprensión intelectual de un infante medio, incluido el ya mencionado Pero Grullo –y volvió a señalarle en aquel preciso instante, aumentando su habitual y notorio azaramiento y sentido de la vergüenza–.
Soberano don Nadie, que vio la congoja por la que atravesaba su amigo, intentó consolarle diciéndole en voz baja:

–Hay gente verdaderamente contumaz en pertenecer al género de los indocumentados... Se empeñan en ignorar que los jueces dominan las sastrerías legales como peritos seculares en el oficio de servir diligentemente al dueño político que les encarga el traje. Y que cualquier zurcido formal, que presente los sellos y los conjuros de la Verdad Oficial, dictamina más que un sinfín de códigos y decretos, que no se declararán procedentes, llegado el caso, sino exactamente la jurisprudencia contraria, la cual también estará a la disposición abundante del enhebrador que maneje los hilos y las tijeras del sumario.

–Se ve que estos dos siguen impracticables para la inteligencia –remachó el consuelo doña Soberanía–... No como tú, Pero Grullo, que siempre aciertas.

–Y encima esos incautos van a entrar en la jurisdicción de un Juzgado de Familia –añadió Soberano don Nadie–, en donde, si nada funciona debidamente en la Administración de Justicia española, las cosas funcionan menos todavía... ¡Y hablan de justicia, de leyes y de argumentos! ¡Pobres infelices, lo que les aguarda en cuanto se les franqueen las puertas de este Templo de lo Inicuo!, ¡en cuanto se les entreabran las cortinas detrás de la cuales dicen que habita la justicia...! ¡Claro está que también puede sonreírles la fortuna, según la importancia de lo que reclamen y según el albur del tribunal que les toque y el día que tenga el juez que les eche las cartas en esta timba...!

–Afortunadamente, nuestro caso camina ya por otros derroteros –se consoló a sí misma doña Soberanía–. Pero compadezco a esos infelices, no quisiera estar en su piel cuando comiencen a descubrir las marrullerías y las tretas que les aguardan. O algo peor: que las sentencias finales que consigan en su beneficio serán ineficaces, si el Organismo Público que deba reconocerles el derecho que exhiban no quiere hacerlo, sino parapetarse tras ejércitos de abogados y asesores jurídicos, que pagarán ellos mismos, con sus impuestos... Dentro de algunos años, cuando se hayan cansado de recorrer una y otra vez pasillos similares a éste, no se mostrarán tan joviales.

–¿No crees que para entonces quizá se haya arreglado el despropósito de la Justicia o piensas que, oscura y alevosa, el caos de su funcionamiento responde al plan premeditado por alguien? –era más bien una aseveración que una pregunta de Soberano don Nadie, por lo que su esposa, sonriéndole, ni siquiera se molestó en contestarle–.

Había quedado sorprendido don Quijote, mientras tanto, de la armonía, asentimiento y proporción con que se expresaban las dos personas que exponían su caso en el centro de la rebosante antesala judicial, mayores sin duda que las de muchos matrimonios tradicionales, que con más frecuencia de la debida entran en una guerra abierta y despiadada por la defensa de no siempre nobles intereses. Con todo, su primer motivo de atención radicaba en aquel hombrecillo menudo y apocado que habían tenido la indelicadeza de citar ambos pleiteantes y que venía observando la escena desde lejos. Gris, inseguro, medroso, irrelevante; sin embargo, en aquellos momentos sonreía. Don Quijote se encaminó hacia él, quería decirle algo.

Capítulo II

Donde Pero Grullo comienza a juzgar la inicua posición de las piezas en el tablero de la justicia

Cualquier juzgador racional que enjuiciase para sus adentros el variopinto tropel de piezas que concurrían hasta aquel destartalado y peligroso corredor, donde se hacinaba durante horas la plebe soberana para dirimir sus disputas ante sus señorías judiciales, en la fecha, plazo y hora que éstas hubiesen marcado previamente, sin que ninguno de esos tres mandamientos iniciales acostumbraran a ser cumplidos generalmente por las propias autoridades, podía barruntarse ya que los acontecimientos posteriores tampoco iban a ser arquetipos de equidad, habida cuenta de la distinta actitud, compostura y atributos entre la plebe soberana y sus representantes.

Pero Grullo estaba juzgando mentalmente el promisorio Derecho y el palmario Revés que comenzaba a apretujarse entre los pasillos por los que se distribuía la marea de Humanidad dolorida que había acudido esa mañana, con la esperanza de dilucidar sus conflictos ante los diferentes juzgados del imponente edificio del Palacio de Justicia.

De un lado, la soberanía-cascarón del pueblo. Sus Majestades-infantiles, la Plebe, ajena por entero a aquel tinglado judicial... Ni había elegido a los jueces que iban juzgarles señorialmente, ni tampoco a los fiscales que iban a velar por el interés público, pero sin el pueblo, naturalmente.

Los justiciables ni siquiera podrían hacer uso de la palabra cuando se abrieran las puertas del Templo de los Justos, porque en los sagrados tabernáculos donde se celebran los misterios del poder, el pueblo no debía ensuciar la liturgia de los sacerdotes con la tosquedad de sus palabras. La libertad de expresión, pensaba Pero Grullo, era una cosa muy hermosa: servía para engalanar los frontispicios de las leyes y los mitos que se declaraban en las Constituciones, pero a la hora de la verdad, en el Templo de las Leyes, libertad de expresión, ninguna: allí donde más necesaria sería para poder defenderse, allí donde verdaderamente resultaba imprescindible, era proscrita de antemano... Ni siquiera la posibilidad de expresarse una sola vez, con su propia y libre voz, aunque no se les concediera mejor expresión de soberanía en todo aquel recinto, supuestamente equitativo.

La infancia soberana, por otro nombre “la ciudadanía”, era tutelada imperiosamente por el sistema, para que careciese de la opción de intervenir, en la composición de los tribunales, en la elección de los fiscales, en la defensa de sus propios intereses. Para ello estaban los ayos perpetuos de los infantiles súbditos, los abogados... Éstos sí provistos del don de la palabra ante el sistema, desde que el Viejo Régimen determinara amordazar a los interesados en el pleito, para sustituirles por tales representadores incontrolables por el pleitista, exaltados a un escalón superior al de los enmudecidos seres que iban a ser justiciados, pasivamente.

“Todo está atado y bien atado”, se dijo para sí Pero Grullo. “Y bastante más y mejor de lo que piensan los ingenuos que dan en creer que algo esencial ha sido desatado por el poder alguna vez, en algún tiempo cualquiera”.

Desde antes de que se abran las puertas de este Tabernáculo de la Politiley, la suerte del pueblo ya está echada en un politijuicio como éste: todos los estamentos abusarán del tiempo y de la hacienda del único que está indefenso ante las prerrogativas absolutas de los poderosos... Pero quién soy yo, pobre y nesciente Pero Grullo, para explicarles a cuantos deben deponer y deponen su Razón antes de acceder al Palacio de los Señores de la Ley que vamos a asistir a un juicio político, porque todo enjuiciamiento sobre leyes políticas lo es, y que, además, se trata de un emplazamiento inicuo, donde unos tienen todo el poder y otros simplemente la inercia de ser conducidos adonde al poder le convenga.

Afortunadamente, el juicio racional es otra cosa, bien distinta, y éste no podrán quitármelo... No, no huelga en absoluto denominar politileyes a las leyes políticas; al menos, para distinguirlas de las otras leyes, de las verdaderas e inmutables normas de la naturaleza y de la Lógica, que tan poco predicamento tuvieron siempre entre los fabuladores de la política, en cada uno de sus estratos.

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Próxima entrega de la novela: sábado, 22 de octubre.

'Soberano don Nadie'. de Juan Pablo Mañueco. Egartorre Libros. 190 páginas. Madrid, 2005. 14 euros.

Puede adquirir el libro en librerías o realizando un pedido online.

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