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Etiquetas:   Al aire libre   -   Sección:   Opinión

Barcelona, villa y corte

Pascual Falces
Pascual Falces
martes, 18 de octubre de 2005, 22:31 h (CET)
No cuesta mucho esfuerzo pensar, con imaginación, en el hecho de que Barcelona llegara a ser la capital de España. Por el momento, las habladurías entorno de la dicharachera “movida” de Maragall para rehacer su equipo de manejo de la Generalidad, ya recuerda a las que hacen que Madrid apeste por el tufo de tanto mediocre intentando despuntar a bordo de la próxima crisis. Madrid, desarrollado cuando los Austrias se trasladaron desde Valladolid a un “poblachón” manchego, arrastró su mal precisamente por ser la sede de la Corte. Claro que esto es una apreciación particular y muy negativa. En Madrid se afincaron gentes de todas las tierras de España, que conviven en armonía entre apreturas y atascos, y sólo llegaron a las manos en el año 36, pero no como consecuencia de sus distintas ascendencias regionales.

Salvador de Madariaga (1886-1978) entresaca de su extenso conocimiento de la Historia, dos enormes errores cometidos en la España de siglo XVI: la expulsión de los judíos, y la ocasión perdida por Felipe II, que era el Rey de las dos naciones ibéricas, por no haber trasladado la Corte y Gobierno a Lisboa. Es fácil deducir una de las consecuencias inmediatas: la incomparable mayor gobernabilidad de los nuevos territorios americanos desde el estuario del Tajo, y no como se hizo, desde la estrecha senda navegable del Guadalquivir. Aplicando en el sentido más extenso, estas dos ocasiones perdidas, se puede colegir, que, con trasladar la capitalidad a Barcelona, en nuestros días, al menos, se dejaría de marear al desorientado personal con el “Estatut”; entonces estaría rodeada de una nación, auténtica, cuajada de historia y rebosante de cultura, y con un idioma entre los primeros del mundo. ¿Quién puede pedir más?

Claro, que, es de sentir por Barcelona; la “feria de las vanidades” se incrustaría en su estructura, y una vez recobrados de tal borrachera, en la resaca, apreciarían el desbordamiento de la mediocridad y el imperio de los “charnegos”. Esta columna, que no dedica espacio a la ficción, se siente intimada por las crecientes aguas que amenazan con inundaciones majaderas que sorben y anulan el seso de cuantos hablan en voz alta o escriben en los “papeles” en este país, y que la publicidad sostiene generosamente por aquello de cuanto más disparates se digan, mejor; hay que reclamar la atención del público.

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