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Etiquetas:   Cine   -   Sección:   Cine

Sitges 2005: Lluvia de mamporros constantes

Redacción
lunes, 17 de octubre de 2005, 02:11 h (CET)
La lluvia sigue cayendo de forma inclemente sobre Sitges para disgusto de los turistas y alborozo de los cinéfilos más estetas, seres estos últimos, siempre conscientes de que cualquier cosa gana en peliculerismo con una atmósfera tempestuosa, incluidos los festivales de cine.

Gonzalo G. Velasco / Enviado especial al Festival de Sitges
Precisamente del poder estilístico de la lluvia sabe mucho Kim-Jee Woon, director de la última perla que he tenido el placer de visionar en Sitges 2005, A Bittersweet Life. El realizador coreano, autor de títulos de considerable éxito internacional como Dos Hermanas o The Quiet Family, se pasa con su nueva película al subgénero de mafiosos ultraviolentos tan apreciado por los aficionados a los certámenes de cine fantástico. Para ello, recoge buena parte de la imaginería gangsteril de occidente, (Cosas que Hacer en Denver Cuando Estás Muerto, Camino a la Perdición, uno de los Nuestros...), y la adapta con un estilo muy depurado en la forma al espíritu desinhibido, cruel, irónico y brioso de los taquillazos asiáticos sobre yakuzas.

En a Bittersweet Life, la violencia descarnada convive con un sentido del humor extraño e impredecible y con una progresiva vehemencia en la puesta escena que conduce al espectador a auténticos momentos de paroxismo visual a la par que emotivo. Eso sí, la historia no es que tenga mucha miga. Se trata simplemente del relato de una venganza sanguinolenta con algún que otro toque de romanticismo perturbador. O sea, de una pieza a lo Kill Bill sólo que bien hecha.

La clave del éxito de Jee-Woon radica en que se toma en serio la película que tiene entre manos (y lo de tomarse en serio la propia obra no tiene nada que ver con la condición más o menos humorística o paródica del producto, sino con el rigor con el que éste es tratado), de tal forma que en ningún momento del metraje de A Bittersweet Life se tiene la sensación de que el director esté tratando de dárnosla con queso ofreciéndonos mascado lo que a priori buscamos. Muy al contrario, existe un altísimo grado de preocupación por todo cuánto aparece en pantalla y fuera de ella, un respeto casi reverencial hacia el espectador que, en última instancia, se revela como la mejor de las peanas para levantar un monumento contudente y enérgico al moderno cine de hampones.

A Bittersweet life comienza de manera muy calmada, casi rayana en la parsimonia, pero a medida que el personaje interpretado por Lee Byeong-heon se adentra en su personal laberinto de pasiones, la historia se convulsiona poco a poco hasta el punto de que le empiezan a salir sarpullidos de violencia por todas partes, escenas de acción que Jee Woon filma con un ímpetu entre brutal y poético realmente digno de elogio. Si Tarantino todavía sigue por Sitges, seguro que le han salido los colores de pura vergüenza.

El lado amargo del día nos lo deja una película que pocos comprenden cómo ha podido infiltrarse en la selección oficial a concurso. Hablo de Oculto, del autor de Lisboa y En la Ciudad sin Límites, Antonio Hernández. No me extenderé demasiado, porque la mediocridad general del film, fruto de sus pretenciosos excesos en lo referente a guión, de unas torpes y sonrojantes escenas oníricas, y de un buen número interpretaciones más que lastimeras, se basta por si sola para desacreditar el conjunto. De cualquier modo, si a alguien le queda alguna duda de lo bochornoso del espectáculo, les diré que Oculto incluye un homenaje explícito a 2001, una Odisea del Espacio, con monolito incluido, capaz de provocarle una urticaria apocalíptica al pobre Stanley Kubrick en caso de que se levantara de la tumba para verlo.

Pensarán que soy poco patriota y que no apoyo nuestro cine con la deferencia debida, pero es que la película de Antonio Hernández, que se ha nutrido de numerosas ayudas y subvenciones, deja mucho que desear. Sobre todo cuando uno la ve justo antes de otra obra española como Zulo, donde sin subvenciones de ningún tipo, tres personajes, una localización, y mucho, mucho, talento, el cortometrajista y documentalista onubense Carlos Martín Ferrera, consigue en ochenta minutos raspados armar una metáfora sobre la degradación personal a la altura de los grandes maestros. Con ello demuestra que en nuestro país, aunque parezca mentira, existe vida más allá de cineastas acartonados en su propio éxito tipo Amenábar o Fernando León.

Los productores patrios deberían tomar nota y dejarse contagiar mínimamente por el encomiable sentido del riesgo de Martín Ferrera. Tal vez entonces, la lluvia peliculera de Sitges terminaría transformándose en una lluvia de premios y espectadores, y el cine español lograría salir al fin de su zulo, ese triste agujero vigilado por Torrente en el cual, tanto Oculto como Somne, dos de las películas autóctonas presentadas este año en el festival catalán, han ingresado sin boleto de regreso por sus propios méritos.

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