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Etiquetas:   Caballo de Troya   -   Sección:   Opinión

¡La lejana Cachemira!

Vicente Sancho
Redacción
sábado, 15 de octubre de 2005, 22:01 h (CET)
Sábado, 8 de Octubre. A los pies del Himalaya. En pleno corazón de Cachemira. Es temprano. Pero los niños ya están en las escuelas. Todo el mundo se halla ocupado. De pronto se oye un rugido. Un trueno. El mundo se hunde. Cae roto sobre un suelo que tiembla. Es un seísmo. Es la guadaña de una muerte que se llevará cuarenta mil vidas humanas. La tragedia se gesta en unos pocos segundos. No hay tiempo ni para exhalar un quejido. Escombro sobre escombro y muerte sobre muerte. Las madres buscarán a sus hijos. Los hijos llamarán a sus madres. Los hombres correrán hacia las ruinas, crispando sus puños, lanzando gruesas imprecaciones. Aún hay quien oye las voces de los escolares entonando el himno de la nación. Pero todos saben que sobre esas voces blancas han caído toneladas de ladrillos y que esos ladrillos les impiden seguir cantando. Pero qué importa lo que saben. En esos momentos, el rescate es lo único que importa. Los niños, la vida que empieza, la savia que ha de continuar en un futuro nutriendo a la sociedad, se hallan aplastados bajo la zarpa de la Naturaleza. Con las manos como únicas herramientas, con las uñas -a pesar de que pronto les sangrarán- comienzan a separar piedras. Los supervivientes comienzan a quitar cascotes, hierros, maderas... De cuando en cuando detienen su febril búsqueda. Creen oír un sollozo, un lamento, una súplica que se cuelan a través de las rendijas. El silencio les responde con una voz tétrica. Y siguen, y siguen hasta que las fuerzas los abandonan. Entonces se retiran. Descansan sólo lo justo, se curan las heridas que tiñen de rojo sus nudillos y de nuevo se lanzan a la tarea. Obsesivamente. Se aplican obsesivamente a escarbar, a retirar barreras en su desesperada lucha por salvar las vidas que no se ha llevado consigo la rugiente, la despiadada Naturaleza que tan traidoramente se ha manifestado aquella mañana.

Dos horas después, España se despereza. La noche ha cedido el paso a las luces del alba. Los desayunos crean un pequeño estrépito en la casa. El tiempo se llena como se puede. Es sábado y no hay obligaciones laborales. La familia, con el tazón de leche en las manos, se agrupa en torno a la tele. Dibujos animados. Noticias. En Cachemira, un terrible seísmo ha provocado miles de muertos... ¿En Cachemira...? ¿Miles de...? El patriarca de la familia, ligeramente conturbado, se encara con los niños, ya un tanto creciditos: Cachemira... ,¿no estará Cachemira en Europa o en Estados Unidos, digo yo? Los niños se miran entre sí y sonríen benévolamente: No, papá, no. Cachemira está en Asia, entre la India y Pakistán. El patriarca nota cómo el corazón se le desacelera. Ah, bueno, responde, en Asia... Menudo susto me he llevado. Y con un gesto elegante oprime el botón del telemando que cierra la tele.

¿En qué oquedad, en que cueva de impenetrables resonancias nos hemos instalado los hombres de hoy para haber sido capaces de extirpar de nosotros la capacidad de sentir como propio el dolor y las angustias de los demás? ¿Podremos aún retornar sobre nuestros pasos y alcanzar ese grato estado de sensibilidad que nos permita integrarnos en la cadena de los demás seres vivos sin prepotencias ni fríos distanciamientos?

Es triste acomodarse a un género de vida que no vibra con lo que ocurre un palmo más allá de donde llega la propia nariz.

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