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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¿Estamos en condiciones de volver a la normalidad?

En alguna ocasión llegamos a sentirnos como aquel personaje, Jack Nicholson, protagonista de "Alguien voló sobre el nido del cuco”
Miguel Massanet
viernes, 5 de enero de 2018, 08:54 h (CET)

Un delincuente es internado en un psiquiátrico y se encuentra sometido a la inflexible disciplina de aquel centro, que contrasta con su espíritu libre y su tendencia al desorden. La influencia del personaje, Randle McMurphy, sobre el resto de internados llega a provocar una guerra entre el personal del hospital y los enfermos internados en el mismo. En realidad, si alguien hace apenas ocho años nos hubiera predicado en qué situación estaría España en este año del Señor de 2018, todos, sin duda, lo hubiéramos tachado de loco, merecedor de ser internado en un nosocomio para que lo sometiesen a una terapia contra la esquizofrenia. No obstante, por mucho que nos cueste admitirlo, el pueblo español se ha dejado atacar por el virus de la irresponsabilidad, la autodestrucción, el enfrentamiento y la enajenación, capaz de conducirnos a todos a la situación más caótica que nunca pudimos imaginarnos. Hubo un tiempo en el que se afirmaba que un arácnido, el escorpión, en situaciones límite era capaz de suicidarse clavándose su propio aguijón. Hoy en día, como ha ocurrido con tantas leyendas fundadas en observaciones incorrectas, se ha averiguado que lo que ocurre es que estos bichos tienen poca resistencia al fuego y cuando se encuentran en un lugar en el que la temperatura es superior a la que son capaces de resistir, se arrugan y se mueren, sencillamente a causa su incapacidad para soportar temperaturas elevadas.


Cuando los ciudadanos de a pie, los que no alcanzamos a encontrar una explicación razonable a lo que está sucediendo en nuestro país, nos vemos inmersos en una situación capaz de superar nuestra capacidad de asombro; de traspasar, aniquilándolo, nuestro sentido de lo correcto y justo o de atentar contra todo aquello que considerábamos que formaba una parte inherente a nuestra naturaleza humana, que estaba integrado en nuestra cultura y que procedía de la herencia ancestral romano-cristiana; nos vemos obligados a observar, entre escandalizados e impotentes, la destrucción de los valores en los que nos hemos apoyado durante toda nuestra existencia; la desfachatez con la que los que han decidido abjurar de nuestras tradiciones o desprenderse del peso de la moral y la ética, para dar prioridad a sus impulsos primarios, renegando de sus propios familiares, de quienes intentan convencerles de su equivocación y de aquellas instituciones públicas encargadas de mantener la democracia en la que nos instalamos voluntariamente, precisamente para huir de franco tiradores de la política anarquista y de sus consecuencias letales. En definitiva, como el escorpión, sentimos que nos arrugamos y perdemos nuestra fe en la humanidad.


Si los propios clérigos de la iglesia catalana no tienen inconveniente en declararse separatistas, sin importarles colaborar en actos ilícitos, como fue el recuento de las papeletas del 1O mientras se celebraba una ceremonia religiosa ¿qué podemos esperar de los feligreses que acuden a semejantes actos de enfrentamiento directo al Estado de Derecho? O ¡qué me dirán de aquellos ciudadanos que, aun sabiendo que los revolucionarios que se levantaron contra el Estado, incurriendo en graves responsabilidades penales, ahora, estando sometidos a procedimiento penal por sus supuestos delitos, son los mismo que pretenden (con el apoyo de una parte importante de los ciudadanos catalanes), a volver a los puestos de los que fueron desposeídos por su traición a la patria! Por mucho que pueda extrañarles esto sucede porque nuestras leyes garantistas lo permiten y, aunque a todos nos parezca una pifia, van a tener derecho a volver a ocupar los escaños que perdieron en el Parlamento catalán o sus cargos en el gobierno de la Generalitat, de los que fueron expulsados.


¿Pueden ustedes llegarse a imaginar una situación más rocambolesca que aquella en la que se ha situado el señor Puigdemont, prófugo de la Justicia española, acogido en un país que está integrado en la CE que, no obstante, se aviene a apoyar a un sedicioso, que utiliza la inmunidad de la que goza para insultar a España, a su legítimo gobierno y a los países de toda la UE que se han manifestado en contra de la revolución catalana? Y este sujeto, señores, sabedor de que si vuelve a España va a ser detenido e ingresado en una cárcel, pretende, con toda la cara, incluso poder gobernar y tomar posesión de presidente de la Generalitat, si acabasen nombrándolo, a través de un “mandatario” que haría las veces de “corre, ve y dile”, del gran pachá que dirigiría Cataluña desde su residencia belga. Y, este elemento, está dispuesto a gastarse la pasta de los contribuyentes en técnicas visuales que le permitan comunicarse por videoconferencias a distancia y, si no se acaba con ello, hasta presentarse en forma de holograma para tomar posesión de su cargo.


Este es el caradura que pretende ponerse a la misma altura que el gobierno de España, al pedir un “pacto político” que le permita eludir la acción de la justicia por los delitos cometidos y, por si fuera poco, llevarse en la cartera un plan que le permita llevar a cabo sus pretensiones de independizar Cataluña del resto de la nación española. Este ha sido el culpable de que Cataluña lleve años despreocupándose de los verdaderos problemas de sus ciudadanos; también es el causante del gran endeudamiento en el que se ha situado la comunidad catalana, con sus despilfarros para ir subvencionando a todos aquellos que se han encargado de mantener viva la idea independentista, como Omnium C. o la ANC, aparte de los euros desviados para ir creando instituciones paralelas, como la Hacienda Catalana, para la que, incluso, ya tenían contratados a especialistas. Un lector de La Vanguardia se preocupaba por el gasto que suponía traer barcos en los que alojar a los policías precisos para la aplicación del 155, sin que, al parecer, cuente los millones que le viene costando a Cataluña este intento fracasado de independizarse de España, si es que se toman en cuenta las 2300 empresas que han cambiado de sede; la disminución de las inversiones registras en estos últimos meses y la caída de la demanda turística, aparte del posible bloqueo que se haya producido respecto a los productos catalanes, que todavía no ha sido cuantificado. Y lo peor está por venir según sea el gobierno de la Generalitat que salga elegido o el Parlamento que vaya a salir de la confabulación entre ERC y la PDEcat, si es que consiguen ponerse de acuerdo y superan sus egoísmos partidistas; algo que, de confirmarse la predicciones que se hacen, con toda seguridad va a provocar otra huida masiva de sociedades ante la posibilidad de caer en manos de gobiernos de izquierdas, cuyos fines van a consistir en aumentar la carga fiscal para poder atender a sus proyectos, como sería el establecimiento de una renta básica, algo de lo que se ha hablado insistentemente sin que, por lo visto, nadie se haya molestado en averiguar el coste de semejante y descabellada idea reportaría para las, ya exhaustas arcas, de la comunidad catalana (endeudada en 80.000 millones de euros.)


Y me voy a permitir recoger una idea de un columnista de La Vanguardia, que me ha llamado la atención: “…mientras la política catalana esté atrapada en los ideales, más allá de la ideología, mucho más allá de la realidad, difícilmente se podrá gobernar para restablecer las instituciones y la normalidad”. Esto, que debía de haber hecho meditar a los dirigentes de la Generalitat y del Parlament Catalá, antes de lanzarse al vacío con aquella ridícula seudo-declaración de independencia, que apenas duró unos instantes, para después declararla suspendida; no parece que, visto lo visto y, con toda seguridad, dependiendo de lo que decidan los magistrados respecto a la posible excarcelación de Junqueras, tenga visos de tener una fácil solución.


Para finalizar, un dato preocupante que debiera alertar al Gobierno de España y recordarle lo que sucedió en día 1 O cuando la policía autonómica se negó a cumplir con las órdenes emitidas por la Audiencia y que permitió, cuando no colaboró, en la instalación de las urnas en los colegios electorales en los que no debían haberse constituido las mesas electorales. Ahora, un sector de los Mossos d’Esquadra se ha declarado disconforme con las nuevas disposiciones por las que se rige el cuerpo después del 155 de la Constitución y parece que se han organizado “para resistir el 155”, difundiendo consignas en contra del Estado y su nuevo jefe, Ferrán López. Si algunos ya están acusados por los hechos del 1O, deberemos esperar que, ante una provocación semejante y actitud de rebeldía como la que parece que han adoptado estos mossos, deberemos esperar que, por parte del Gobierno, se tomen las medidas disciplinarias pertinentes y se formulen las correspondientes denuncias, ante los tribunales correspondientes, para que sean investigados por los presuntos delitos cometidos.


O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, no nos queda más remedio que expresar, ante todos los políticos que dicen representarnos, nuestra disconformidad con sus actuaciones, nuestra desconfianza de que sean capaces de sacar a esta España en la que nos ha tocado vivir, de esta encrucijada en la que todos los partidos del vigente arco parlamentario nos han colocado; con el evidente peligro de que, de no producirse un entendimiento, de no olvidarse todos ellos de sus políticas partidistas en orden a establecer un acuerdo común que nos saque del estancamiento en el que nos han estado metiendo; no hay duda de que el futuro que se presenta para nuestra nación dependiente, en muchos aspectos, de las directrices europeas, está en peligro de que: a una situación interior de gran penuria para el pueblo español, se le añada otra externa derivada del rechazo de Europa a admitir a una España que no sepa cumplir con los condicionamientos de la política de la CE. No perdamos de vista al comunismo que sigue agazapado esperando su oportunidad.

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