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Etiquetas:   Cine   -   Sección:   Cine

Sitges 2005: Una de cal y otra de arena

Redacción
viernes, 14 de octubre de 2005, 01:51 h (CET)
Este año, los programadores del Festival de Sitges han pergeñado una parrilla de proyecciones realmente excepcional. Para quienes nos dedicamos a esto del periodismo cinematográfico desde la heterodoxia, decantarse entre una película u otra está cada vez más difícil, sobre todo cuando el tiempo, esa maldita constante relativa, se empeña en pasar a toda pastilla.

Gonzalo G. Velasco / Enviado especial Festival de Sitges
De modo que en el día de hoy, cuarta jornada de festival, he tenido que jugarme la selección de películas a cara o cruz. Las descartadas han sido Sympathy por Lady Vengeance, última parte de la trilogía vengativa de Park Chan-wook, y El Sabor de la Sandía, una coproducción franco-taiwanesa dirigida por Tsai Ming-Lian que viene precedida por el premio a la mejor contribución artística en la pasada Berlinale. Las afortunadas, La Moustache, delirio kafkiano de Emmanuel Carrère acerca de un tipo que se afeita el bigote y termina enloqueciendo porque nadie parece darse cuenta de ello, y Tempesta, adaptación cinematográfica de la novela de Juán Manuel de Prada, ganadora del Premio Planeta, La Tempestad. Una de cal y otra de arena.

La Moustache se me antoja la película más redonda de cuantas he visto en el festival hasta el momento. No sólo por su atractiva premisa argumental, digna de un sketch de Faemino y Cansado, sino por el modo en que Carrère ha desarrollado una idea tan ingeniosa como tendente, por su propia naturaleza, a progresar hacia la endeblez narrativa a medida que la sorpresa se disipa. No estamos ante un film-anécdota basado en lo que los americanos denominan una High Idea. La Moustache tiene mucha más sustancia, y en lugar de limitarse a jugar la baza de su originalidad como núcleo aglutinador del conjunto de la función, consigue reducirla a un mero punto de partida desde el cual explorar temas tan interesantes y universales como la fragilidad de la identidad, la incomunicación o la dependencia emocional. En definitiva, teatro del absurdo hecho cine para recordarnos, por medio de un simple bigote y una puesta en escena no menos simple (en su inteligente complejidad), el absoluto vacío existencial en el que todos nos encontramos inmersos.

Tempesta opta por el camino contrario. No cuenta nada interesante pero despliega para contarlo todos los excesos cinematográficos habidos y por haber hasta el punto de granjearse por saturación el desinterés del espectador.

Teóricamente, la película es una trama llena de enigmas a lo Código da Vinci con el marco de la decadente ciudad de Venecia, territorio pasto de poetas pasados de rosca y realizadores que hiperbolizan el valor de la forma, como telón de fondo. El problema es que la decadencia hay que saber filmarla y, desde luego, el director Tim Story no le llega ni a la suela del zapato al Visconti de Muerte en Venecia. Con un estilo narrativo sustentado sobre encadenados de duración exacerbada, bruscos fogonazos de imágenes, luz videoclipera y músicas electrónicas machaconas, difícilmente se puede transmitir otra decadencia que no sea la del propio cine.

Y aquí es donde entra en juego la principal influencia de la película que, ¡no se lo pierdan!, se encuentra en la serie CSI . Tanto en la forma como en el contenido, pues la trama se nutre con avidez de los esquemas narrativos de la serie de Grissom y compañía, si bien pasados por el tamiz de las convenciones de los Best Sellers literarios de última generación. No falta ni un tópico, desde la femme fatale devoradora de hombres, a los personajes bisagra que sólo sirven para evitar que el relato se encalle, o los giros de guión supuestamente epatantes que en realidad refulgen desde los minutos iniciales. Con sólo ver las tres primeras escenas, uno ya puede hacerse un croquis mental de todo lo que va a pasar . Salvo tal vez dos cosas: una, que el autor va a aprovechar sus noventa minutos de gloria para espetarnos un par de videos promocionales de la ciudad de Venecia sin rubor alguno, y dos, que con la interpretación de Natalia Verbeke sí que no habrá giros de guión y seguirá actuando de manera tan lastimera como al principio del film.

Por todo ello, no me queda otra que lamentar lo desafortunado de mi elección. Tempesta es una mancha negra en el programa de Sitges 2005 y, exceptuando la abyecta Princesas, probablemente la peor película de lo que va de temporada. Si fuera bigote, nadie notaría su desaparición.

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