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Valencia arde

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
domingo, 9 de octubre de 2005, 23:54 h (CET)
No, no estamos en Fallas pero la ciudad de Valencia entre ayer sábado y hoy domingo arde en fiestas y jolgorio por todas partes. Los valencianos celebramos hoy nuestro día nacional, el evento se corresponde con la fecha en que las tropas cristianas de Jaime I El Conquistador entraron en la ciudad reconquistándola e integrando el Reino de Valencia en el mundo occidental. Esta misma mañana las autoridades municipales y autonómicas recorrerán las calles de la ciudad acompañando en procesión cívica a la Senyera para, más tarde, reunirse en un “copetín” al que muchos acuden para figurar y donde todos los años se nota la ausencia de la mayoría de la intelectualidad más crítica con el país y sus actuales dirigentes. Eso si el PP los sustituye con provectos artistas del mundillo de las variedades arrevistadas y con algún que otro paniaguado de estomago agradecido.

Esta procesión cívica lleva muchos años celebrándose. Durante los negros años del franquismo el día no era festivo y eramos muy pocos los que detrás de las cuatro barras del “penó de la conquesta” acompañábamos a la Senyera escoltada por aquellos concejales que provenían de los tercios familiar y sindical y que iban convenientemente disfrazados con su camisa azul mahón de la Falange debajo de sus impolutas chaquetas blancas. Pero con la llegada del régimen autonómico se produce el fenómeno de ver cómo las calles del centro de la ciudad se llenan de valencianos que, a su manera, y por un día reivindican los valores de esta tierra dándose la paradoja de que cuando pasa el día 9 de octubre olvidan toda reivindicación y vuelven a lo de siempre. Continúan hablando castellano, sintiéndose españoles hasta las cachas y odiando todo lo que proceda de más arriba del río Cénia, nuestra frontera natural con Catalunya, sabiamente azuzados por la derecha cerril que nos toca sufrir en estas tierras.

Algunas partes de la ciudad han dado un cambio notable en los últimos tiempos. El viejo cauce del Turia es ahora un inmenso jardín y en su tramo final, cerca de la vieja desembocadura ha nacido una nueva Valencia, allá se ha instalado La Ciudad de las Ciencias, formada por el Hemisferic, el Oceanográfic, el Museu de les Ciencies y ahora, desde ayer el Palau de les Arts, edificio diseñado, como el resto, por Santiago Calatrava y que está llamado a ser una de las diez maravillas del mundo. Somos un país donde los músicos crecen como las setas en otoño. En cada pueblo hay una o dos bandas de música y es fácil encontrar músicos valencianos en cualquier lugar del mundo. Este edificio que ha tardado más de siete años en construirse y con un coste de 265 millones de euros está destinado a que, por fin, los valencianos podamos acudir a escuchar los más bellos montajes de opera que se producen en el mundo.

Pero todo esto no quiere decir que debamos ser acriticos con esta nueva Valencia. La ciudad también arde por otras partes y no sólo en sentido figurado. Hace un par de días los niños de un colegio, público por supuesto, tuvieron que ser desalojados ya que dos edificios abandonados situados a pocos metros estaban ardiendo. Otros niños han vuelto a comenzar el curso en barracones cuya provisionalidad comienza a hacerse eterna mientras la enseñanza en centros religiosos o del Opus ve crecer la subvención. Cada día más terrenos de nuestra famosa huerta son pasto de la especulación y el pelotazo inmobiliario al que tan dadas son nuestras autoridades. Los excrementos caninos adornan muchas de las aceras de la ciudad. El 60 % de las familias valencianas tienen dificultades para llegar a fin de mes mientras la deuda autonómica sube y sube al ritmo de la megalomanía antes de Zaplana y ahora del Presidente Camps que han dejado endeudados hasta las cejas a futuros gobiernos. Pero muchos de mis conciudadanos sacan pecho orgullosamente ante estos logros de escaparate presumiendo de unas instalaciones en las que nunca podrán entrar. Unamuno en una de sus visitas a Valencia nos dijo aquello de “levantinos, os ahoga la estética”. Por aquí de todo este modo de presumir decimos “bufar en caldo gelat”, es decir soplar en caldo frío Y en el País Valenciano nos quieren seguir haciendo soplar el caldo frío de nuestra desnaturalización como pueblo mientras unos pocos viven de la sopa boba de la especulación con una política que para la inmensa mayoría de los valencianos es pan para hoy y hambre para mañana. Y la izquierda de estas tierras sigue en vacaciones perpetuas.

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