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Opinión
Etiquetas:   Disyuntiva  

Júbilos diferenciados

Rafael Pérez Ortolá
viernes, 22 de diciembre de 2017, 06:49 h (CET)

Contra los empeñados en la descripción de igualdades, las diferencias imponen sus reales en los ámbitos existenciales. Las realidades mundanas son cambiantes, las percepciones contradictorias y las sensaciones dispares. La modificación de las vivencias depende de minúsculas conexiones, indetectables en su mayoría e imprecisas en general. Así ocurre con el amor, los odios, la inquina, la amistad, la tristeza o las alegrías. Forjamos expresiones indeterminadas, dado que abusamos de las palabras, hacemos caso omiso de sus significados. El DESINTERÉS demostrado hasta el momento de cara a estas distinciones no presagia mayores precisiones, ni criterios sustentadores de proyectos ilusionantes.


Hay motivos para que prestemos un poco más de atención a las maneras de manifestarnos en torno a la alegría. Empezando, porque también en esto se infiltran las falsificaciones, adscritas a los engaños o por interpretaciones erráticas; la ponzoña penetra con gran facilidad. Pongamos el punto de partida en las propiedades de los sentidos corporales como receptores de estímulos foráneos. Captan sensaciones placenteras, lo agradable, GOZOSO, en sintonía con sus rasgos constitutivos; aún sin demasiadas reflexiones, en plan de supervivencia, según sean o no impresiones concordantes con sus rasgos. Desde los primeros contactos, las apariencias tienen varios fondos que dificultan su valoración.


Más allá de los sentidos, o más acá, según las dimensiones atribuidas a la mente humana, tienen lugar nuevas calibraciones en el entronque de las vías nerviosas con el complejo campo de los pensamientos. En esas interioridades, se cotejan las percepciones sensitivas con los rasgos de la propia personalidad, quedando el sujeto protagonista triste o alegre por las peripecias en las que se vió envuelto. El contento manifestado a través de la ALEGRÍA origina numerosas modulaciones particulares intransferibles. A uno le producen alegría las cuestiones que entristecen a otros, va por barrios. Por lo realizado o por los proyectos, la bondad/maldad circula por trayectos diferentes. Habrá confluencias irregulares e incluso contradictorias.


Cuando a uno le complace cuanto acontece en el entorno, porque está de acuerdo, le aporta beneficios, o simplemente, no le perjudica, entramos en las vivencias de la SATISFACCIÓN en sus diversos grados o debida a motivaciones complejas. También arrostran un cierto carácter de ambigüedad, porque cada quisque persigue sus apetencias. La catalogación de esas querencias admite muchos parámetros para su valoración, utilidad, perjudicados, méritos, de las circunstancias consideradas. En la vertiente desoladora destacan los sujetos orgullosos de sus actuaciones degradantes, incluso aplaudidos por amplios sectores, como muestra de los claroscuros convivenciales.


La celebración jubilosa supera incluso los acontecimientos, no siempre depende de cómo hayan ido las cosas, del cariz de lo acontecido. Hablo del carácter previo, iniciático, presente en la constitución de ciertas personas. Hay gente que por su condicón natural propende a la alegría, mientras los hay predispuestos a la tristeza de base. A la primera, podemos denominarla alegría ESPONTÁNEA, que afrontará hechos controvertidos. Podrá ser vapuleada, quedar agotada o perder el norte de su sentido, ni es omnipotente ni infinita. Dicho lo anterior, no será óbice para la realidad de ese carácter afín a la alegría, en cierto modo contagioso; testigo fidedigno de una postura positiva de cara a la experiencia cotidiana.


Pienso que ante la gran difusión de las malas artes, la provocación inclemente de los sufrimientos, falseamientos impertinentes, abulia y tristeza; cobra especial relevancia el mantenimiento de la alegría sana, del júbilo bien enfocado, para que sirvan de CONTRASTE clarificador y estimulante. Convendremos en la necesidad imperiosa de su impulso, por que corremos serio peligro de debatirnos en una gresca goyesca, en el barro, a garrotazos. Para que la distinción sea efectiva se requieren criterios convincentes, difíciles de concretar en plena frivolidad ambiental. Precisaríamos de un cultivo esmerado, no se alcanzan estas cualidades, ni mucho menos se mantienen, por casualidad


.Tropezamos con realidades acuciantes contrarias a la tranquilidad. La situación vital angustiosa se acentúa en cada movimiento. En torno a la inestabilidad del empleo, la salud frágil, los cambios imprevistos, o los abusos, el miedo nos atenaza. Tampoco el trato personal pasa por sus mejores momentos, como consecuencia recelamos unos de otros y la desconfianza es habitual. El antídoto ideal es la alegría INCONFORMISTA de una rebeldía liberadora, la alegría de recuperar las mejores cualidades para afrontar las dificultades reales. No son cualidades ocultas, cualquiera las tiene bien presentes; ahora bien, hace falta dar el paso de reivindicarlas con su presencia activa dentro de la comunidad.


Muy al contrario de la referida actitud liberadora, de la cual se beneficiaría todo el mundo, observamos un sinfín de actitudes jubilosas de carácter confuso, basadas en el FINGIMIENTO. Están organizadas de cara a las apariencias, muy asociadas a la actividad propagandística, individual, gregaria e incluso populista. Limitadas a sus protagonistas serían menos criticables, pero repercuten sobre los demás, por engaños, equívocos o simple enajenación, en un falseamiento progresivo de consecuencias imprevistas. Conducida de esta guisa, la alegría es un instrumento potente. El contento pasa a ser un factor agresivo desestabilizador, sometido de lleno a las hipocresías.


.Nadie pondría en duda la existencia de gente muy contenta, hastiada incluso de tanto gozo, posesos de su alegrón petulante. El fondo trágico del asunto radica en la humillación de grandes sectores de la población con las estrategias más variadas. Contemplamos ejercicios con algunas alegrías MALÉFICAS, bien notorias en las versiones políticas, dinerarias, ideológicas, acompañadas de un lamentable desdém hacia las consecuencias derivadas de sus posicionamientos. Lo curioso es, parafraseando a Brecht, que cuando llega la lluvia, con goterones de esas alegrías intempestivas, nadie grita ¡Alto! Por otra parte, cómo hacerlo si los criterios y las palabras fueron desvalijados.


Aunque el bien común devenga en un arte minoritario, es uno de los pilares insustituibles de la sana alegría. La celebración jubilosa que no cuente con él, empieza a transformarse de cualidad en defecto. El requisito de la franqueza mental en el proceso es primordial, los recovecos enturbian las maniobras. Completa el trípode la acción creativa. Kant lo entrevió, sentimos más alegría por lo hecho que por lo pensado. Nos va mucho en el envite. Por lo que resulta extraño el manejo frívolo de estos términos; por otra parte, muy extendido. Deslices que nos abocan a la confusión del sentimiento jubiloso, sustituido por un jolgorio de poca chicha, que en sus devaneos degrada a los propios actuantes que hacen de pasmarotes y comparsas; con risotadas, pero sin la ALEGRÍA GRATIFICANTE.

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