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Etiquetas:   La Cosa Pública   -   Sección:   Opinión

Y ahora toca la educación

Ekain Rico
Álvaro Peña
domingo, 9 de octubre de 2005, 23:54 h (CET)
¡Que dios nos pille confesados! –como diría aquél–. El PP ha decidido jugar, él sólo, al bueno, al feo y al malo con todos y cada unos de los proyectos legislativos del partido del gobierno.

¿Dónde queda esa oposición constructiva siempre anunciada y que, hasta hoy, aún no hemos visto por ninguna parte?

Decíamos –en artículos anteriores–, que este otoño apuntaba maneras para ser uno de los más calentitos de los últimos tiempos. Ahora, esto es indudable. Mucho más, cuando es el propio Mariano Rajoy quien se ocupa de alimentar, día sí y día también, esa particular hoguera de las necedades en la que, él mismo, ha querido convertir su porfiado intento por llegar a la Moncloa.

¡Y nada es bueno según los populares! Como poseedores de una verdad absoluta –que no es malo recordar que no existe–, se pasean, de una cadena de televisión a otra, enunciando a modo de tesis, los desaciertos de un gobierno de izquierdas a ojos de un espectador de derechas. A saber: todos.

¡Y nada hay que salvaguardar de la lucha partidista! Ya se sabe que el interés general sólo es respetable, si coincide con el interés particular de los líderes del PP. Lo demás, Aznar dixit, no será sino ladrar sus rencores por las esquinas.

Cuando en un país como el nuestro, la oposición es capaz de utilizar la lucha contra el terrorismo como arma arrojadiza, sólo toca esperar tiempos convulsos en los que, a toque de arrebato, derecha política y mediática sean uno en los ataques al adversario común: el gobierno socialista.

¡Y ahora toca la educación…! O, al menos, eso nos dice un Rajoy embebido en sí mismo que, mezclando churras con meninas –o si se quiere, peras con manzanas–, intenta vincular la reforma educativa al proyecto de Estatuto catalán.

¿Alguien entiende algo? Yo hace tiempo que soy incapaz de comprender los "argumentos" –siendo generosos– de los portavoces del PP.

Ahora bien, ¿se han dado ustedes cuenta de que, el grupo parlamentario popular, todo lo arregla con una enmienda a la totalidad? O, lo que es lo mismo, con decir No, porque no.

Oponerse a algo, por definición, significa proponer una acción alternativa a aquella a la que uno se opone. Pero ¿se acuerdan de una sola contrapropuesta del PP, en todo lo que llevamos sufriéndoles de oposición?

No todo vale en política y, ni siquiera, cuando se está en la oposición.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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