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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   Ejército   -   Sección:   Opinión

¿Queremos un Ejército efectivo o una ONG?

¿Militares para defensa de la patria o pacifistas con galones?
Miguel Massanet
jueves, 21 de diciembre de 2017, 00:00 h (CET)

Puede que se nos considere anticuados, que mucha gente no comparta nuestra forma de pensar o que las nuevas generaciones, estas que no saben en qué consiste el Servicio militar obligatorio, que ignoran el espíritu de la milicia y que consideran pasado de moda este sentimiento que algunos todavía guardamos en lo hondo de nuestro corazón, de amor a la patria, de hermanamiento con los españoles del resto de la España y de respeto por aquellos símbolos, tradiciones, hechos históricos e idioma que nos unen en una patria común. No importa, porque ya tenemos suficientes años para no preocuparnos por semejantes nimiedades y para saber que, cuando se abandonan los principios morales, la ética, los valores heredados de nuestros mayores y las tradiciones cristianas, lo único que queda es esta falsa filosofía relativista, egoísta, insolidaria y libertaria, que parece que se ha convertido en el único ideal de una parte importante de nuestros descendientes, decididos a sacar el máximo provecho de una vida de la que sólo les preocupa el divertirse, el goce, la independencia, la falta de ataduras morales y de responsabilidades sociales.


Cuando, en el llamado Siglo de la Razón, s. XVIII, un personaje tan descreído como fue Voltaire, convencido de que el hombre era normalmente estúpido (un pensamiento que no me queda más remedio que compartir), no dudó en afirmar que “Si Dios no existiera había que inventarlo”. No obstante, su evidente anticlericalismo, es obvio que Françoise Marie Arouet era un hombre práctico y conocedor de la naturaleza humana, que sabía que los vicios de la humanidad, el egoísmo y la fragilidad de la voluntad humana precisaba que hubiera algo, llamémosle dios o freno ético o moral, que sirviera para evitar que la humanidad se entregase a su propia destrucción, indefensa en manos del libertinaje, la depravación o la incontinencia de sus pasiones, imposibles de vencer sin la existencia de un freno moral o religioso que les pusiera límite. ,


Desde hace unos años parece que el sentimiento nacional en España ha ido sufriendo una lenta pero progresiva degradación. Aquel espíritu de “unidad en los destinos de la patria”, que tantas cuchufletas ha merecido de aquellos que no creen en ello y que se atribuye, sin ninguna razón, a sistemas fascistas; era aceptado por la mayoría del pueblo español. El respeto por nuestro himno nacional, por la bandera, por nuestras FF.AA, por la religión católica y por las tradiciones comunes, algo que era compartido por la mayoría de españoles de distintos idearios políticos; hoy en día parece que ya no existe. Hay una tendencia general a considerar algo superficial, sin importancia y hasta ridículo el patriotismo. La bandera, para muchos, no es más que un pedazo de tela y el nacionalismo, curiosamente, ha dejado de aplicarse a todos los pueblos que forman la nación española, para referirse a las aspiraciones de algunos sectores de la sociedad, de grupos que buscan, en la desmembración de España, su propia identidad nacionalista o de otros, de tendencias comunistas, que pretenden llegar al caos político para aprovecharse de él con el fin de hacerse con el poder con la intención de implantar lo que se conoce como “ dictadura del proletariado”.


Sin embargo, existe una institución que todavía merece el respeto de una parte mayoritaria de los españoles. Una institución militar que tiene por jefe supremo al Jefe del Estado, el Rey. Una institución que, no obstante, ha sido objeto de toda clase de cambios, destituciones, limitaciones, reducciones, transformaciones y, con la supresión del Servicio militar obligatorio y la sustitución de los soldados de reemplazo por voluntarios, un cambio de orientación en la defensa de la patria debido a que, los nuevos soldados al mando de los oficiales y suboficiales de academia, no son más que personas que buscan en la milicia un modo de ganarse la vida, de aprender un oficio, de obtener alojamiento, ropa y comida gratis; a los que, lo máximo que se les puede pedir es que cumplan, que se enfrenten al enemigo con profesionalidad o que aprendan a manejar las armas con soltura y habilidad.


Soldados venidos de la América latina, de otras naciones europeas o procedentes de la inmigración indiscriminada que está llegando a España, difícilmente pueden sentirse como españoles, jugarse la vida con su mismo coraje, cuando es preciso, o llevar a cabo actos de heroísmo como los que tuvieron lugar, en las dos partes enfrentadas, en tiempos de la Guerra Civil española. Aun así, siempre hemos esperado de una oficialidad perfectamente preparada, educada según las normas de la milicia, entregada al cumplimiento de su deber y sabiendo que su vida está al servicio de la patria; que sea capaz de formar debidamente a la tropa, supliendo lo que les pudiera faltar de patriotismo o interés por la causa que se les ha encomendado¸ con una preparación profesional y un sentido del deber que pudiera suplir, en su momento, sus carencias respeto al espíritu de cualquier soldado español al que se le encomendara defender a su patria. Hablamos de antes, ya que ahora, visto lo visto, no estamos muy seguros de que este supuesto patriotismo siguiera vigente en nuestra juventud.


Lo que nos sorprende es que haya una parte de la población española que pretenda que el Ejército tenga funciones de una mera ONG y que sólo se dedique a misiones muy nobles, por supuesto, de apagado de fuegos, ayuda en casos de fenómenos naturales, salvamento de inmigrantes y demás trabajos más propios de las ONG, tan numerosas en España, que de una milicia. Entre otras razones porque existe en los PGE una partida (ahora muy reducida) dedicada a la defensa nacional, para invertir en armamento de distintas categorías, construcción de barcos de guerra, compra de aviones de combate o pertrechos militares necesarios para la defensa de nuestra nación en el caso de una posible invasión, por parte de potencias extranjeras (pensemos en la frontera sur de España y de las aspiraciones de los yihadistas de ocupar el antiguo Al Andalus). Todo este presupuesto no tendría razón alguna de existir si no se pensara que, el Ejército español, tiene una misión más importante que la de dedicarse a meras labores humanitarias, por muy necesarias que fueren y por muy eficientes que sean nuestros soldados en su desempeño.


Pero cuando vemos como, en la última página de La Vanguardia de los Godó, lugar preferentemente reservado a los independentistas, izquierdas o simpatizantes de ellos, aparece un coronel del Ejército, con muchos títulos y merecimientos, que se manifiesta abiertamente pacifista, contrario a las guerras, opinando sobre cuestiones políticas y criticando la organización de otros países extranjeros como los EE.UU de América; tenemos que reconocer que se nos remueven las entrañas y sentimos la nostalgia por aquellos generales aguerridos, capaces de todas las heroicidades imaginables, que sabían dirigir con mano firme y acierto a sus tropas sin que el miedo, consideraciones políticas ni escrúpulos pacifistas, que nada tienen que ver con la función del Ejército español y que no son propios de un militar de alta graduación y, especialmente, en unos tiempos en los que, la unidad de España, pudiera exigir que, en un momento determinado y en aplicación del Artº 8 de la Constitución, tuvieran necesidad de mostrar ante los que pretenden desunirla, que con la unidad de nuestra nación no valen jueguecitos de politicastros.


Sin duda, nos encontramos ante uno de los desafíos mayores a los que se enfrenta la nación española. Estamos en vísperas de unas votaciones en Cataluña en las que existen grandes posibilidades de que, de las urnas en las que se depositarán las papeletas de hasta cinco millones de catalanes, salgan unos resultados que, en lugar de servir para solucionar la situación planteada por los que piden la independencia, se produzca el caso contrario, en cuanto a que el resultado pudiera ser favorable a los partidario de la secesión. Es evidente que, tratándose de unas elecciones celebradas con todas las condiciones de legitimidad, nadie podría poner pegas a que los vencedores fueran, precisamente los mismo que fueron destituidos en virtud de la aplicación del Artº 155 de la Constitución española. Es de esperar que, de producirse semejante resultado, los separatistas tendrían una plataforma de lanzamiento espectacular en cuanto a reclamar, incluso ante Europa, lo que han venido insistiendo en pedir durante los últimos años: su independencia.


O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadanos de a pie, nos sentimos decepcionados cada vez que un militar, especialmente si es de alta graduación, como fue el caso del general de aviación y jefe del Estado Mayor del Ejército, J.J. Rodríguez Fernández, que renunció a su cargo para pasarse a las filas de Podemos, los comunistas de bolivarianos que llegaron de Venezuela para acabar con la unidad de España, aquella patria a la que juró defender juntamente con su Constitución. El coronel Pedro Baños no debió caer en la trampa de un periódico separatista, como es La Vanguardia, para hablar de temas de los que un militar español es mejor que no se pronuncie. Lo menos que se le puede atribuir a este militar es haber actuado con suma imprudencia e inoportunidad. Dios quiera que sus palabras no tengan consecuencias mayores. En todo caso esta es nuestra opinión.

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