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Etiquetas:   Caballo de Troya   -   Sección:   Opinión

El desgarro de occidente

Vicente Sancho
Redacción
domingo, 9 de octubre de 2005, 07:21 h (CET)
En las vallas desgarran sus cuerpos. Son oleadas humanas que se lanzan casi suicidamente contra unas alambradas asesinas que esperan afilando sus dientes a que llegue la noche. Muerden carne negra con furia xenófoba. La sangre resbala entre los hierros, empapa un suelo yermo y cambia su color del marrón al rojo. A las tres de la madrugada. Es entonces cuando suenan en tierras marroquíes los clarines que empujan a hombres venidos de lejos a encaramarse a toscas e inestables escaleras desde las que vislumbran la Tierra Prometida, repleta de manás y de promesas.

Pero cuando están en lo alto de esas inhóspitas verjas, a sus pies gruñen los perros, se levantan voces destempladas, se les muestra el vergajo que les va a zurrar e incluso se les dispara desde el fondo negro de alguna arma desalmada.

Ellos mueren a puñados, desgarran sus cuerpos en su frenético empuje contra las vallas... Pero no cesan en su empeño. Saben que su destino marca esa senda. Lo contrario es la muerte; no sólo la suya; también la de todos aquellos que dependen de ellos, de todos aquellos que tienen sus ojos puestos en ellos. Atrás sobrevive el hambre, la guerra, la miseria, la persecución; tal vez, y, en definitiva, la muerte. Nadie abandona el suelo en el que está arraigado por puro placer. Lo empuja un imperativo absoluto como es la supervivencia. Y no sólo la propia, que uno por sí mismo tal vez ni lucharía. Las más de las veces es una mujer, unos hijos, unos padres ancianos, indefensos todos ellos frente a la brutal embestida del hambre, de la sed, de las terribles pandemias que tantas vidas sesgan.

Por ellos, sobre todo, se ofrecen estos hombres que se lanzan contra las barreras que colocan los países opulentos. El no pasarán de frenéticas resonancias liberadoras se utiliza en estos tiempos para impedir que algunos seres humanos tomen entre sus dedos un mísero pedazo de pan. Es lo único que ellos reclaman. A nadie vienen a disputarle su puesto de trabajo, a arrojarle de su hogar, a arrebatarle de sus manos el fuego sagrado de sus más queridos ancestros. Vienen en busca de un trozo de vida, de una pequeña porción de esperanza que les permita seguir creyendo que el sol sale cada mañana para alumbrar a todos los hombres por igual.

Hubo un tiempo, no demasiado lejano para que haya muerto en la memoria de la Humanidad, en que a estos habitantes subsaharianos se les perseguía por las extensas llanuras de sus países, se les daba caza, se les encajonaba y se les trasladaba a lugares lejanos para servir al prepotente hombre blanco. Era la esclavitud del hombre negro. La vida de éste no contaba para nada.

El mundo se halla de tal manera organizado, que hoy en día la caza en tierras africanas se realiza mediante control remoto. Occidente realiza un gesto y a su conjuro decenas de miles de hombres de color brotan de la desesperación y se colocan las argollas de un nuevo tipo de esclavitud. Cabizbajos, sometidos, lastimosamente humildes, se ofrecen para desempeñar los trabajos más bajos, los peor remunerados, aquellos que no gozan de cobertura social. Es una esclavitud consentida, deseada; casi, casi soñada. Pero ante tanta obsequiosidad por parte del africano, Occidente muestra cierta ofensa. Desea... un poco... de estilo. Se encuentra un tanto avasallada por quienes se ofrecen a convertirse en vasallos suyos.

Y les opone barreras, y les desgarra sus carnes, y los devuelve allá de donde han partido, sin más contemplaciones. A estos hombres de tez morena nunca les ha ido bien en su relación con el hombre blanco.

Hay quien piensa que el grado de civilización que alcance la humanidad permitirá algún día una justa distribución de la riqueza mundial. Cada ser humano dispondrá de lo necesario sin necesidad de abandonar su lugar de origen y sin tener que mendigar por ello. Las sociedades así constituidas tenderán a una convivencia intercultural porque el intercambio entre los individuos se producirá sobre las bases de una igualdad extrema. ¡Qué bien suenan todas estas palabras! Cuando Ulises se determinó a oír el canto de las sirenas, se hizo atar al mástil más seguro y más fuerte de su embarcación. En caso contrario hubiera sucumbido víctima de su propia ingenuidad. ¿Nos va a servir de algo a nosotros conocer la gesta del divino Ulises?

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